
“Hay una mujer tirada en el suelo del cuarto de baño. La mujer está inconsciente y el suelo del baño es gris claro. Sus brazos y sus piernas descansan en posturas poco habituales, como una muñeca abandonada sin cuidado porque ya es la hora de la merienda. Las bragas a mitad de los muslos. Los vaqueros en los tobillos. Una gota de orina dorada y brillante al final del caracolillo del pubis, como un último efluvio de vida. Pero hay otra: un reguero de sangre oscura que se extiende lentamente sobre el suelo gris claro. Es el sábado siete de noviembre de dos mil veinte y la mujer que está tirada en el suelo soy yo. El hombre que acaba de abrir la puerta del baño y contempla la escena desde el vano es Juan, mi novio. Me llama para que me despierte. No me despierto".
El relato personal de una experiencia límite se impone en Oxígeno, la nueva novela de Marta Jiménez Serrano, donde la escritora narra la fuga de monóxido de carbono en su hogar de Madrid, un accidente doméstico que estuvo a punto de costarle la vida. A partir de esto, la autora escribió un testimonio que busca abrir el debate público sobre la necesidad de políticas integrales que garanticen una vivienda segura y una atención psicológica accesible para todos.
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La voz de la autora muestra cómo aquel episodio significó un punto de inflexión en su vida personal y creativa. En entrevista con la agencia de noticias EFE, Jiménez Serrano dice que Oxígeno representa un proceso de duelo y reconciliación: “Es duelo por esa niña que creía que no le podía pasar absolutamente nada”. La escritora reconoció que afrontar su vulnerabilidad marcó el tránsito hacia los treinta años y la llevó a reconstruir su relación con el propio cuerpo y con la vida.
Las consecuencias físicas y psicológicas del suceso fueron marcadas. Tras perder el conocimiento y golpearse la cabeza mientras el gas la sumía en la desorientación, apareció un miedo que persistió: “La sensación de estar tumbada y que mi cuerpo no respondiese, la sensación de estar absolutamente despojada de mi cuerpo, sí me ha hecho luego adueñarme más de él”. Desde entonces, la escritora dice sentirse más presente en su cuerpo y en su vida, después de haber percibido la cercanía real de la muerte.
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Responsabilidades
La autora atribuye responsabilidades concretas: asegura que la fuga se debió a que la arrendadora instaló una toma de gas ilegal. Jiménez Serrano insistió ante Europa Press en la importancia de que quienes alquilan una vivienda “tengan conciencia de que lo que están alquilando es un hogar para otra persona”. Según su perspectiva, la crisis habitacional no solo se refleja en la dificultad de acceso, sino también en una falta de controles y mantenimiento que pone en riesgo a los inquilinos.
Durante la pandemia, el espacio privado perdió su carga afectiva, y el miedo persistente al entorno doméstico se convirtió en una huella duradera. Este trauma, lejos de ser individual, aparece en la novela como síntoma de deficiencias estructurales en el acceso a derechos básicos.
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Jiménez Serrano enfatiza con claridad que la terapia psicológica no debería ser privilegio, sino un derecho universal. “No me gusta llamarlas así, pero esas cosas que llamamos lujos porque no tenemos todos acceso a ellas, como la terapia, el poder parar o el poder tener tiempo para procesar algo que te ha ocurrido, deberían ser derechos universales”.
Criticó que el sistema público de salud dé cobertura directa a dolencias físicas, pero no brinde el mismo respaldo a quienes necesitan apoyo psicológico, algo que queda en evidencia, dice, por la dificultad de conseguir cita en plazos razonables.
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El propio proceso de escritura de la novela fue “terapéutico”, según Jiménez Serrano. Aun así, remarcó que la verdadera reconstrucción se debió al acompañamiento profesional. La autora tardó cinco años en convertir el accidente en material literario, ya que se resistió inicialmente a hacerño, hasta que comprendió la necesidad de compartir su vivencia para impactar en el debate público.
La obra contrapone la vida presente de la autora con la de generaciones anteriores. Jiménez Serrano evoca a su abuela Concha, cuya existencia en un pequeño pueblo simboliza otra forma de relación con el hogar y la vulnerabilidad. “Me pone triste entender a la abuela Concha, comprender las muchísimas maneras en las que Dios puede no querer”, se lee en la novela. Para la escritora, la madurez y las experiencias al límite ponen de manifiesto la finitud y alteran la percepción de seguridad: “Cuando vives una experiencia cercana a la muerte, te das cuenta de que no eres inmortal y es una noticia triste”.
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La transición de los veinte a los treinta, un aprendizaje ligado a momentos decisivos, encuentra en Oxígeno una indagación introspectiva sobre el duelo y la pérdida de inocencia, que abarca también la construcción de amistades verdaderas y el sentido profundo de la intimidad.
Uno de los mayores desafíos consistió en hallar un tono propio para narrar un hecho tan íntimo sin caer en el morbo ni en la idealización del dolor. Jiménez Serrano señaló a la agencia de noticias EFE: “Uno de los retos del libro era cómo evitar lo morboso. Hablamos muy mal de la intimidad y creo que es posible hablar de lo íntimo sin ser obscenos y sin ser impúdicos”. El texto persigue la meta de compartir un proceso traumático sin transformarlo en espectáculo, sin ocultar su relevancia emocional.
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La autora reconoce que el dolor es parte de la vida, y que la muerte es “la anestesia”. Volver a casa después del accidente significó enfrentar el miedo a dormir, a la soledad y al propio hogar. Cinco años después, la narración adquiere para la autora un tono luminoso: “Lo raro es vivir o no, estamos vivos aquí todo el tiempo, muchos días, eso es un asombro y una suerte”.
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