
Cuando Sophie Gilbert presentó Chica contra chica [Girl on Girl] a las editoriales, le pidieron que profundizara en su experiencia personal; ella rechazó esa invitación y explicó que la escritura confesional le generaba conflicto. Esa decisión la llevó a limitar la expresión de su indignación, y aunque deja claro que no busca avergonzar las prácticas de kink y no se declara en contra de la pornografía, identifica la industria pornográfica como fuente inevitable de daño para las mujeres.
Tampoco se detiene a analizar bajo qué condiciones la pornografía podría favorecer a las mujeres, punto relevante para decidir cuándo asumir el rol de “aguafiestas feminista”, esa figura que, según la académica Sara Ahmed, denuncia las injusticias y se opone a ellas. La lectura del libro impresiona por la destreza organizativa y el estilo elegante de Gilbert, aunque deja al lector esperando una declaración más rotunda respecto de dónde reside el conflicto central y qué acciones serían pertinentes.
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La conclusión de Gilbert explora de manera tentativa el amor romántico como posible refugio ante la deshumanización femenina, pues plantea que podría constituir un espacio de igualdad y respeto de género, aunque su argumento pierde solidez y se diluye en el cierre.
Además del examen crítico hacia la cultura pop, el libro rinde tributo a textos feministas precedentes, como The Beauty Myth, de Naomi Wolf; Backlash, de Susan Faludi; Female Chauvinist Pigs, de Ariel Levy; Trick Mirror, de Jia Tolentino, y The Right to Sex, de Amia Srinivasan, todos ampliamente citados. Pese al peso de la denuncia, también hay una celebración a voces resistentes, como Madonna, Rachel Cusk, Sheila Heti y Chris Kraus: un aspecto que, de habérsele concedido mayor espacio, habría fortalecido aún más la obra.
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Según Gilbert, la cultura popular ha estado permanentemente ajustada a los deseos masculinos, y ha propiciado “crueldad y desprecio” hacia la mitad femenina de la humanidad, en especial si no es blanca. A las mujeres se les recalca su insuficiencia, pero se les ofrece una solución mercantilizada: productos para el cuerpo, cirugías y dietas prometen un ideal imposible de alcanzar, aunque la compra ahora se realice por medio de un clic.
La supervivencia femenina en la era posfeminista exige no tomar demasiado en serio la música, el arte o la televisión de corte misógino; mientras que la explotación, la ridiculización y la violencia están a la vista de todos, como corroboró tarde el movimiento #MeToo. Cuando la pornografía impregna incluso los dispositivos de niños de primaria, resulta comprensible que un 38% de las mujeres en el Reino Unido informe haber sufrido bofetadas, estrangulaciones, amordazamientos o escupitajos no consentidos durante el sexo.
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La “ironía como defensa”, una estrategia típicamente masculina, invita a las mujeres a reírse de sí mismas mediante la negación del impacto de productos culturales sexistas y racistas y su influencia social.

Al analizar el pasado reciente, Gilbert sostiene que las promesas de la tercera ola del feminismo quedaron “embotadas por la cultura de masas”, la cual disuadió a las mujeres de ser ruidosas, puritanas o envejecer visiblemente. El posfeminismo, lejos de cuestionar estas presiones, fue absorbido por el capitalismo oportunista y la pornografía, factores agudizados por posturas como las promovidas por Sheryl Sandberg y el lema #LeanIn desde 2013.
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El relato abarca la caída de Britney Spears, la exposición de las Kardashian y la explotación de íconos como Kate Moss, siempre en sincronía con la evolución de la música, la prensa del corazón, los realities, el arte, los despachos de agencias de publicidad y la cultura de redes sociales. El análisis sostiene que, entre tanto, las mujeres han sido enfrentadas unas a otras, diluyendo así la fuerza transformadora del feminismo.

Nacida en los años 80, Gilbert se propuso desentrañar el entorno que marcó su infancia y las pautas de sexualización que las mujeres aprendieron a observar y a replicar. Las propuestas de rebeldía de Madonna o las riot grrrl cedieron ante grupos femeninos gobernados por hombres, desplazando el enfoque de la injusticia social hacia representaciones convencionales de “poder femenino”.
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Chica contra chica también juega, desde el título, con un aparente “guiño irónico” al porno lésbico, lo que podría sugerir que Gilbert culpa a las mujeres, aunque en realidad dirige su crítica al patriarcado.
Cuando la periodista y crítica nominada al Pulitzer se encontraba escribiendo este libro, la presidencia de Donald Trump era solo una posibilidad. Ahora, ese temor se concretó: Trump obtuvo un segundo mandato, se negó el acceso de una mujer a la presidencia en Estados Unidos y millones de mujeres sintieron temor. A esas alturas, ni la respuesta pública de Taylor Swift a las descalificaciones de JD Vance —posando orgullosa con su gato en Instagram tras el insulto de “mujeres gatas sin hijos”— logró detener el clima de misoginia y corrupción.
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