
El proceso de gestación de Frankenstein se vio marcado por una serie de circunstancias personales y literarias que influyeron decisivamente en su autora, Mary Shelley, durante el otoño de 1816, cuando residía en la ciudad inglesa de Bath. Lejos de la imagen bucólica que suele asociarse a este enclave, la autora, con apenas diecinueve años, transformó una simple propuesta de relato de fantasmas en una de las obras más influyentes de la literatura moderna. Tan así que ha tenido múltiples versiones; la última es la producción de Guillermo De Toro que se estrenará en Netflix el próximo 7 de noviembre.

Frankenstein
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El origen de la novela se remonta a los meses previos, cuando Mary Wollstonecraft Godwin, su pareja Percy Bysshe Shelley y su hermanastra Claire Clairmont —embarazada de Lord Byron— se instalaron en la Maison Chapuis, junto al lago de Ginebra. Allí, el círculo se amplió con la llegada de Byron y su médico personal, John Polidori. En ese ambiente, las conversaciones giraban en torno a los avances médicos y la posibilidad de crear vida sin intervención divina, un tema que capturó la imaginación de los presentes.
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Durante una de las veladas, tras la lectura colectiva de relatos fantásticos alemanes, Byron propuso que cada uno escribiera su propia historia de terror. Este desafío, en el contexto de un verano oscurecido por la erupción del Monte Tambora —que inspiró el poema Darkness de Byron—, sentó las bases para la creación de Frankenstein. Según el relato privado que Mary Shelley compartió con Thomas Moore en 1828, la idea germinó en ese ambiente de competencia creativa, aunque en 1831 la autora ofreció una versión distinta, describiendo una especie de ensoñación en la que visualizó a Victor Frankenstein junto a su criatura en el momento de su despertar.
La desaparición del diario que Mary Shelley llevó durante aquel verano ha desconcertado a los estudiosos, quienes especulan si la autora lo extravió deliberadamente por motivos económicos, dado que en 1831 necesitaba dramatizar el origen de su novela para una nueva edición. Lo que sí se conserva es el cuaderno siguiente, iniciado con una detallada descripción de una excursión alpina, cuya cuarta entrada, fechada el 24 de julio de 1816, contiene la orden: “Escribe mi historia”. Aunque no es posible determinar si ese fue el momento exacto en que la novela comenzó a tomar forma en el papel, se sabe que la travesía por Chamonix y la Mer de Glace inspiró la escena del primer encuentro entre Victor Frankenstein y su criatura, escrita durante la estancia en Bath.
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La recopilación Mary Shelley in Bath permite observar cómo, bajo el estímulo de Percy Shelley, el relato inicial evolucionó hasta convertirse en una novela de tres volúmenes. Tras regresar a Inglaterra en septiembre de 1816, Mary Shelley se instaló en Bath junto a su hijo y la niñera, mientras Claire Clairmont buscaba discreción para dar a luz al hijo de Byron. El plan familiar era ambiguo: Mary Shelley contemplaba la posibilidad de acoger a su media hermana Fanny Imlay, pero rechazaba la presencia de Claire en el hogar, mientras que Percy Shelley fantaseaba con una convivencia aún más amplia, incluyendo a su esposa legal, Harriet Westbrook.
En Bath, Mary Shelley se alojó cerca del Pump Room, en una casa propiedad del editor de The Bath Herald, mientras Claire residía en una dirección menos distinguida. Para distraer a su hermanastra, Mary alquiló un piano, consciente de su afición por la música. La elección de Bath como refugio resultó paradójica, ya que la ciudad era un centro social y matrimonial, como satirizó Jane Austen en La abadía de Northanger y Persuasión. Hoy, el visitante interesado en el contexto de Frankenstein encontrará más información en el Jane Austen Centre que en la casa-museo dedicada a Mary Shelley, que apuesta por experiencias sensoriales y salas de escape temáticas.
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Uno de los aspectos más debatidos es la influencia de Percy Shelley en la redacción de la novela. Los manuscritos conservados evidencian que su aportación directa abarca unas 4.000 de las 72.000 palabras de la primera edición de 1818. Mary Shelley escribía con una caligrafía amplia y tinta marrón, mientras que las intervenciones de Percy Shelley, en tinta negra o lápiz, tendían a sofisticar el lenguaje. En ocasiones, sus sugerencias enriquecieron el texto, como cuando propuso que la criatura, aludiendo a Milton, declarara: “el mal se convirtió en mi bien”. No obstante, su papel predominante fue el de editor empático, reforzando el mensaje de compasión y tolerancia que atraviesa la obra.

La colaboración entre ambos se extendió al ámbito intelectual. Durante su estancia en Bath, leyeron juntos obras como Émile de Rousseau, que consolidó su convicción sobre la importancia de la educación y la virtud innata. Más adelante, compartieron la lectura de El paraíso perdido y Vidas paralelas de Plutarco, textos que influyeron en la caracterización de la criatura, quien aprende a valorar la virtud y se identifica con el Satanás exiliado de Milton. En una carta de 1838 a Leigh Hunt, Mary Shelley reconoció que la colaboración aportaba “entusiasmo y vitalidad” a cualquier proyecto. Sin embargo, en el prefacio de 1831, la autora subrayó su autoría exclusiva: “Ciertamente no debo a mi esposo la sugerencia de ningún incidente, ni apenas de una línea de sentimiento”.
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El entorno de Bath también facilitó el acceso a fuentes científicas y literarias. La vivienda de Mary Shelley albergaba una biblioteca pública, donde consultó obras como A Discourse, Introductory to a Course of Lectures on Chemistry de Humphry Davy, que le sirvió para describir la fascinación de Victor Frankenstein por la ciencia. Para documentar la expedición ártica de Robert Walton, recurrió a relatos de exploradores en busca del paso del noroeste y rindió homenaje a Coleridge mediante referencias a La balada del viejo marinero.
El proceso creativo de Frankenstein coincidió con dos tragedias personales que dejaron una huella en la autora y su entorno. La relación con su media hermana Fanny Imlay se deterioró durante el verano de 1816, cuando Fanny, aislada en Londres, se sintió marginada. Tras una serie de cartas tensas, Fanny viajó hacia el oeste y, el 12 de octubre, fue hallada muerta en una posada de Swansea, tras ingerir láudano. Dejó una nota en la que explicaba su decisión de poner fin a la vida de “un ser cuyo nacimiento fue desafortunado”. Mary Shelley, siguiendo las instrucciones de su padre William Godwin, no acudió a Swansea y la familia mantuvo la discreción sobre las circunstancias de la muerte.
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Dos meses después, se identificó el cuerpo de Harriet Westbrook, quien se había ahogado en el Serpentine estando embarazada. Percy Shelley responsabilizó a la hermana de Harriet y viajó a Londres para reclamar a sus hijos, aunque finalmente quedaron bajo la tutela de Eliza Westbrook. La secuencia de suicidios no se refleja de forma explícita en Frankenstein, pero el sentimiento de culpa y exclusión impregnó a sus creadores. En una carta de diciembre de 1816 a Leigh Hunt, Percy Shelley se describió como “un paria de la sociedad humana”, mientras que Mary Shelley reconoció en 1839 que atribuía muchas de sus penas a la muerte de Harriet: “A la triste suerte de Harriet atribuyo muchas de mis propias pesadas penas, como la expiación que el destino reclama por su muerte”.
La prudencia habitual de Mary Shelley se puso a prueba cuando Claire Clairmont dio a luz en Bath el 12 de enero de 1817. En su diario, la autora apenas consignó “cuatro días de inactividad”. Poco después, el 26 de enero, regresó a Londres y, tras una breve estancia en Hampstead, se instaló en Marlow junto a Percy Shelley y su hijo. En mayo, tras añadir el prefacio anónimo de Percy Shelley al manuscrito, Mary Shelley escribió un “Finis” triunfal y comenzó un nuevo proyecto: un libro de viajes basado en cartas enviadas a Fanny Imlay durante el verano de 1816.
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La publicación de Frankenstein en diciembre de 1818, en una edición anónima de quinientos ejemplares, no anticipó el impacto que alcanzaría tras la adaptación teatral de Richard Brinsley Peake en 1823, con T.P. Cooke interpretando a la criatura. El éxito de la obra, representada 330 veces en Londres y París, generó una oleada de versiones escénicas y consolidó la fama de la novela. En 1831, Mary Shelley expresó su deseo de que “mi horrenda progenie salga y prospere”, aludiendo al anhelo de obtener beneficios económicos.
El legado de Frankenstein se ha expandido a más de veinte adaptaciones cinematográficas, desde la versión de 1910 para la Edison Manufacturing Company hasta la interpretación de Boris Karloff y las producciones de Hammer House of Horror.
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En 2025, Guillermo del Toro presenta una nueva versión, con Jacob Elordi como la criatura y Oscar Isaac como Victor Frankenstein.
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