
Cumplimos diez ediciones de esta aventura improbable: acercar a William Shakespeare a las aulas argentinas, no como un autor lejano, solemne o inaccesible, sino como un aliado, una brújula en tiempos complejos, un espejo donde los estudiantes puedan verse reflejados. El Festival Shakespeare en la Escuela celebra su décima edición y, con ella, un recorrido colectivo que ha reunido año tras año a miles de alumnos y docentes de escuelas primarias y secundarias de todo el país, un festival único en el mundo.
Una década atrás, me propuse poner en marcha este proyecto, impulsado por una convicción simple pero poderosa: Shakespeare no pertenece a los museos ni a las bibliotecas polvorientas. Su obra —tan vasta, tan humana, tan inquietante— cobra vida cada vez que alguien la pronuncia, cada vez que un actor la encarna, cada vez que un joven espectador se reconoce en el dilema de Hamlet o en la pasión de Julieta. Sentía que si, junto a los docentes, lográbamos que los chicos hicieran propios esos versos antiguos, estaríamos generando algo valioso. Lo que no imaginaba era la profundidad del eco que esa búsqueda iba a despertar ni cómo se multiplicaría con los años.
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En este tiempo, el festival se transformó en un espacio de encuentro, de creación y también de resistencia. Porque sí, hacer teatro en la escuela, hoy más que nunca, es un acto de resistencia. En un mundo que tiende a fragmentar, a simplificar, a silenciar las preguntas, la obra de Shakespeare nos invita a detenernos, a mirar hacia adentro, a reflexionar sobre el poder, el amor, la ambición, la pérdida. Y cuando un grupo de jóvenes ensaya una escena de Macbeth o Sueño de una noche de verano, no están reviviendo un texto antiguo: están interviniendo el presente desde el aula, desde su cuerpo, desde su mirada.
También es resistencia rescatar el valor de la palabra en una época donde la imagen lo invade todo, donde la velocidad de las redes sociales achata el lenguaje y empobrece nuestra forma de expresarnos. Hacer Shakespeare en la escuela es defender la complejidad del pensamiento, la riqueza emocional, la belleza de una metáfora dicha con verdad. Es volver a creer que las palabras tienen peso, historia, textura. Y que, en la voz de un adolescente, pueden adquirir una fuerza conmovedora. Cuando un alumno se enfrenta a un monólogo y consigue decir algo propio a través de él —algo que le duele, que lo ilusiona— no sólo está haciendo teatro: está ejerciendo su humanidad.
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El Festival Shakespeare en la Escuela les ofrece a los chicos una forma de vincularse con sus emociones y darles voz. En el trabajo colectivo —ya sea al ensayar una escena, componer una canción o filmar un corto— no sólo aprenden a expresarse, sino también a mirar al otro, a escucharlo con atención, a ponerse en su lugar. El festival, entonces, se transforma en un espacio de encuentro y contención, un lugar donde compartir lo que sienten, explorar lo que los inquieta y dar sus primeros pasos en el arte, acompañados y en comunidad.

Porque Shakespeare también es, en algún punto, un manual de autoayuda para la vida. No uno de esos que prometen felicidad en cinco pasos, sino uno que describe, con una precisión feroz, cómo somos los seres humanos cuando amamos, cuando envidiamos, cuando nos equivocamos, cuando perdemos. Sus personajes no son sólo parte de una historia: son señales. Si uno ha visto a Yago manipular a Otelo, es más fácil detectar a un manipulador real. Si entendiste el ansia de poder de Ricardo III o la hipocresía de Claudio en Medida por medida, desarrollás un radar que te permite leer el mundo con mayor claridad.
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Y cuanto antes se activa ese radar, mejor. Tener esas referencias de joven —no para imitarlas, sino para reconocerlas— es una herramienta enorme. Les da criterio, memoria emocional, una forma de leer entre líneas. Shakespeare les da lenguaje para cosas que, muchas veces, no sabemos cómo nombrar. Y eso, hoy, en un contexto dominado por lo inmediato y lo superficial, es casi un superpoder.

El festival también es sinónimo de inclusión, en el sentido más amplio y profundo. No se trata sólo de actuar una obra: el universo de Shakespeare se despliega para que cada estudiante pueda abordarlo desde su propio lenguaje y sensibilidad. Las propuestas son múltiples —teatro, música, cortometraje, poesía, plástica, diseño gráfico— y eso permite que todos encuentren una forma de expresarse, un canal propio. Participan escuelas primarias y secundarias, con trabajos tanto en castellano como en inglés, lo que amplía el intercambio y rompe barreras. Acá no importa el punto de partida, ni si alguien tiene experiencia previa o no; lo que importa es tener algo que decir. Y el festival está para escucharlo.
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“Sabemos lo que somos, pero no lo que podemos ser”, dice Ofelia en Hamlet, y esa frase funciona casi como un lema no dicho del festival. Porque el trabajo que hacemos junto a la Fundación Romeo parte de una convicción profunda: el talento está distribuido de manera pareja en el mundo, lo que falta muchas veces es la oportunidad. Cada año, cuando vemos a chicos y chicas subirse a un escenario, mostrar una ilustración, tocar una canción o proyectar un cortometraje, lo que aparece es justamente eso: un potencial que estaba ahí, esperando ser visto, escuchado, alentado.
Shakespeare no viene a imponer una vara de exigencia, sino a ofrecer una llave. Y el festival, a abrir la puerta. Cuando se crea un espacio donde todos pueden explorar, expresarse y brillar, lo que somos empieza a transformarse en lo que podemos ser.
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