En 1899, Henri Matisse, entonces un artista poco conocido de 29 años, quedó fascinado por un retrato de Vincent van Gogh que vio colgado en la galería de Ambroise Vollard en París. El cuadro, titulado L’Arlésienne, mostraba a una mujer de Arlés sobre un fondo rosa. El precio era relativamente bajo: 150 francos, equivalentes a seis libras esterlinas de la época. Pero ni siquiera esa suma modesta era accesible para el joven pintor, que luchaba por subsistir con su arte.
La oportunidad parecía única. Entusiasmado, Matisse le escribió a su hermano menor, Auguste, proponiéndole que invirtiera sus ahorros en una obra que describió como “espectacular” y “muy bonita”. La respuesta de Auguste fue categórica: “No puedo, acabo de comprar una Acatène”. La Acatène era una bicicleta de última tecnología, con un costo de alrededor de 500 francos. Mientras Auguste optaba por la modernidad sobre dos ruedas, Henri soñaba con poseer una obra de uno de los pintores más radicales del posimpresionismo.
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Un cuadro que se volvió inalcanzable
Seis semanas después, Matisse logró reunir los 150 francos y regresó a la galería. Pero ya era tarde. Vollard, un comerciante astuto, había triplicado el precio del cuadro a 450 francos. “Un cuadro no tiene un valor fijo”, le explicó a Matisse. “Digamos que tengo un cuadro aquí y normalmente pido 500 francos por él. Alguien como el señor de Camondo llega y se interesa fugazmente por él. Mi cuadro sube inmediatamente de 500 a 5000 francos”.

El primer Van Gogh de Matisse: un regalo inesperado
La historia no terminó allí. Aunque no pudo comprar el retrato de Van Gogh, Matisse ya había entrado en contacto con su obra dos años antes. En el verano de 1897, mientras se alojaba en la isla bretona de Belle-Île, conoció al pintor australiano John Russell, quien había sido amigo de Van Gogh en París una década antes. Russell le mostró una serie de copias en tinta enviadas por el propio Van Gogh. Matisse quedó tan cautivado que Russell le regaló una: Almiares (1888). Más adelante, Matisse sumaría dos dibujos más de Van Gogh a su colección personal: La cosecha y el Retrato de Patience Escalier, ambos de 1888.
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Del coleccionista al discípulo: Van Gogh como faro artístico
Esta admiración temprana fue mucho más que un entusiasmo pasajero. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, Van Gogh y Paul Cézanne se convirtieron en las grandes influencias del joven Matisse. En 1898, pintó su propia versión de Los girasoles, una reinterpretación libre y expresiva del famoso motivo de Van Gogh. En 1901, al visitar la primera retrospectiva del artista holandés organizada por la galería Bernheim Jeune en París, Matisse sintió una conexión aún más profunda. Allí conoció a André Derain y Maurice de Vlaminck, con quienes integraría un grupo que sería llamado Les Fauves (“Las bestias salvajes”) por la crítica.
La huella de Van Gogh se percibe con claridad en uno de los retratos más célebres de Matisse: Retrato de Madame Matisse: La línea verde (1905), donde el uso intenso del color recuerda al Autorretrato con la oreja vendada de Van Gogh, pintado en enero de 1889. La pintura del holandés, tanto en su técnica como en su intensidad emocional, parecía resonar con el enfoque audaz y cromáticamente violento del movimiento fauvista.
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El Van Gogh colgado en la pared del dormitorio
A lo largo de su vida, Matisse mantuvo una relación íntima y continua con la figura de Van Gogh. En una entrevista de 1941, relató nuevamente la anécdota de la bicicleta y reveló que en la pared de su dormitorio tenía dos reproducciones: el Autorretrato con la oreja vendada y una obra de su colega Georges Rouault. Matisse tenía entonces 71 años y seguía conservando cerca de su cama la imagen de Van Gogh, como si fuera un faro persistente de inspiración.
En 1953, un año antes de su muerte, Matisse declaró en una entrevista: “He seguido de cerca a Cézanne y Van Gogh; cada uno de ellos buscaba desesperadamente plasmar su propia visión”. Para entonces, Matisse, postrado casi siempre en cama, había transformado sus métodos creativos y producía sus famosos “recortes”, composiciones abstractas con formas de papel de color. Pero su lealtad al espíritu de Van Gogh nunca se desvaneció.
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Un sueño que nunca se despegó del corazón
La bicicleta de Auguste, símbolo de la vida moderna y el consumo inmediato, contrasta con el arte de Vincent, que Matisse persiguió incansablemente. Lo que en 1899 era un retrato de una mujer provenzal colgado en una galería parisina hoy forma parte del acervo del Museo de Arte de São Paulo. Lo que fue un sueño inalcanzable para Matisse se convirtió en el punto de partida de una de las revoluciones pictóricas más importantes del siglo XX.
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