
Ha sido un año de escritores muertos.
Ha sido el año en que nos han dejado Martin Amis, A. S. Byatt, Josep Maria Espinàs, Jorge Edwards, Louise Glück, Milan Kundera, Cormac McCarthy, Michela Murgia, Kenzaburo Oé, Nuccio Ordine, Ignacio Solares, Alexis Ravelo, Charles Simic, Dubravka Ugrešić, Cristina Pacheco o Gianni Vattimo.
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Un año, sobre todo, de hombres muertos.

Y de amigos muertos.
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Ha sido un año terrible de amigos muertos de repente, sin diagnóstico, sin agonía, sin tiempo para una despedida.
El 30 de enero falleció en Cataluña el editor, profesor y cooperante español Paco Robles, que dirigía junto a su compañera de vida, Olga Martínez, la editorial Candaya. Un sello exclusivamente literario, que ha difundido la obra transatlántica tanto de autores consolidados (Victoria de Stefano, Sergio Chefjec, David Toscana) como de nuevas emergencias (Mónica Ojeda, Eduardo Ruiz Sosa, Diego Sánchez Aguilar o Daniela Alcívar Bellolio, que escribió: “el inacabamiento es la más cruel de las desgracias humanas”).
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Si en un catálogo editorial se dibuja el retrato robot de sus creadores, en el de Candaya vemos rasgos apasionados, transparentes, honestos. Pero esas líneas no sólo unen títulos, poéticas y apuestas por el riesgo en el conjunto limitado de dos rostros, también recorren miles de kilómetros por las geografías del mundo. Candaya es famosa por sus rutas por las ciudades y los pueblos de España, para llevar a los escritores hasta sus lectores, existentes o en potencia, y también ha creído siempre en las rutas aéreas, porque sólo viajando se construye realmente un espacio cultural iberoamericano.
También creía en el diálogo entre las dos orillas el periodista, profesor, curador y empresario también español Mario Tascón, por eso el 29 de septiembre falleció en Buenos Aires. Dirigía junto a su compañera de vida, María Moya, la consultora de innovación y comunicación Prodigioso Volcán. Su generosidad era proverbial. Su curiosidad no tenía límites: en los 80 se interesó por el mundo digital hasta convertirse en un pionero del periodismo en línea; y la muerte lo sorprendió en Argentina, porque en los últimos años estaba interesado en la siguiente revolución, la de la inteligencia artificial.
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Antes que Mario y Paco, el primero que murió fue el escritor y traductor argentino Marcelo Cohen: como era escritor de ciencia ficción, experto en viajes en el tiempo y topografías imaginadas, no me extraña que se adelantara a la cronología arbitraria de los 365 días repartidos en doce meses exactos.
Se nos fue el 17 de diciembre de 2022, también de pronto, sin aviso para prepararnos. Lo hemos seguido extrañando, doliendo durante todo 2023, no sólo porque su inteligencia y su calidez continúan resonando a nuestro alrededor, también porque la revista Otra parte ha cumplido ahora su veinte aniversario.
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El proyecto nació en 2003, justo después de la crisis argentina de principios de siglo, liderado por Cohen y su compañera de vida, Graciela Speranza, con la convicción de que ejercer la crítica consiste en argumentar con rigor el entusiasmo. Hace exactamente diez años se mudó del papel a una web, en la que con puntualidad religiosa cada semana se cuelgan nuevas reseñas de libros, películas, series o exposiciones. Pero no se olvidó el origen analógico, sino que se le rindió tributo con la digitalización de todas aquellas páginas históricas para que estuvieran a un solo clic en un archivo ordenado.

También Candaya nació en 2003, tampoco Paco ha podido celebrar su veinte aniversario.
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Queremos creer en la vida como continuidad, pero siempre están al acecho las interrupciones.
Ha sido un año de amigos muertos, pero de amigos muertos en el siglo XXI.
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Puedo seguir viéndolos en YouTube; puedo seguir leyéndolos en internet; no están sólo en el recuerdo. Es raro. No tiene nada que ver con tenerlos realmente cerca. Pero la tecnología, para eso la creamos, consuela algo.

En las fotos y los vídeos, Paco, Mario y Marcelo a menudo aparecen junto a Olga, María o Graciela.
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La vida no tiene sentido sin las compañías de vida.
Las voces de los amigos muertos nos siguen acompañando en la vida, aunque sus cuerpos se hayan ido. No pronuncian palabras ni oraciones concretas, ya no pueden sugerir o aconsejar como hicieron tantas veces en vida, pero su tono está ahí, como una vibración hermana, en los lóbulos temporales del cerebro donde la corteza auditiva descifra el sonido.
Sus voces se han vuelto ecos vibrátiles, que reconozco con los ojos cerrados.
Los tres ecos son tranquilos y sabios.
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