
En tiempos efímeros y superficiales, la revista Otra Parte celebra 20 años. No es poco: dos décadas de apuesta al pensamiento crítico y al debate plural en el ámbito cultural hispanoparlante. Para la celebración, el archivo completo de los treinta números de la edición impresa publicados entre 2003 y 2014 está disponible de manera gratuita. Y además, hay otro cumpleaños: la edición digital de la revista, Otra Parte Semanal, cumple diez. Por lo tanto, el festejo es doble.
Hasta fines de 2022, la dirección fue compartida por Graciela Speranza, crítica, narradora y guionista, y Marcelo Cohen, escritor, traductor y crítico. Ambos fueron pareja durante treinta años. Con la muerte de Cohen, a los 71 años, Speranza quedó al mando. Con ella conversó Infobae Cultura sobre los inicios de la revista, su potencia intelectual y la necesidad de “seguir pensando el presente y el futuro con toda la energía y la lucidez de la que sea capaz”.
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—¿Cómo surgió la revista Otra Parte?
—Otra Parte nació en 2003, después de la crisis de 2001-2002, con una confianza firme en la potencia del pensamiento crítico y la imaginación artística para darle sentido al presente y anticipar el futuro. Aunque en realidad la idea de la revista apareció mucho antes. Marcelo escribía desde hacía años en la prensa y había sido editor de una gran revista española, El viejo topo, yo llevaba bastante tiempo haciendo crítica en los medios y en la universidad, y aún antes de que Marcelo volviera a la Argentina, imaginamos que juntos podíamos hacer una revista, la revista que queríamos leer. Porque Otra Parte surgió en parte de nuestra insatisfacción frente a la crítica académica y el periodismo cultural, y frente a la crítica en términos generales que se había vuelto burocrática, desapasionada, y en muchos casos, pobremente escrita.
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—¿Cómo fueron esos primeros pasos?
—Reunimos un grupo extraordinario de artistas, escritores y críticos en un Consejo asesor, y a muchos jóvenes críticos, exalumnos y amigos diseñadores que se sumaron a la redacción. Los números eran monográficos y por lo tanto decidíamos los temas, el sumario, a quién encargar los artículos, a quién entrevistar y qué ensayos traducir en discusiones muy numerosas y entusiastas. Fue un gran trabajo del grupo y de todos los colaboradores que se fueron sumando con una dedicación muy generosa, porque las ventas y la módica publicidad de institutos culturales, librerías y sellos independientes apenas alcanzaban para pagar la imprenta. Las discusiones sobre los números eran animadísimas y los cierres eran una especie de fiesta comunitaria de la redacción. Nos distraíamos de la corrección de las pruebas comentando libros, películas, muestras y los vaivenes de la política.
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Y en una especie de rito laico, después de revisar página por página la revista lista para la imprenta frente a la computadora, nos sacábamos una foto, como una celebración de un número más y un testimonio de que seguíamos firmes en Otra Parte. Para Marcelo y para mí, la revista fue desde el comienzo nuestro mayor desafío y nuestro mayor orgullo compartido, no solo por cada número sino también por el grupo extraordinario de gente talentosa y comprometida que habíamos conseguido reunir. Debería nombrar y agradecer a todos los que nos acompañaron durante los diez años de Otra Parte impresa y a todos los que nos siguen acompañando en Otra Parte Semanal. Pero son demasiados y, como dice un anuncio en estos días, para eso hicimos la web.

—¿Qué diferencia a Otra Parte del resto de las revistas? ¿Cuál dirías que es su rasgo distintivo?
—La revista siempre quiso encontrar ese difícil punto medio entre el lenguaje del periodismo cultural y el de la crítica académica, sin el facilismo paternalista de la divulgación ni el “entre nos” de los especialistas. A diferencia de otras revistas no nos propusimos representar una tendencia estética ni tampoco reunir una simple colección de artículos culturales surtidos. Discutimos entre todos los temas –“Antagonismo”, “Primera persona”, “Mundos posibles”, “Cosas”, “Antipatria”, entre muchos otros- y también cómo abordarlos a través de las obras y el pensamiento que convocaban. En términos más generales quisimos crear un lugar alejado de los espacios culturales más institucionalizados y rutinarios, un ámbito de intercambio, un agregado de disidencias, un lugar donde escribir lo que no se escribía en otra parte.
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Como decimos en la presentación de los treinta números ahora digitalizados, Otra Parte siempre creyó en el arte y la literatura como una fuente de reflexión sobre el significado del presente y las opciones al fatalismo. Queríamos leer lo que dicen las formas artísticas en el medio que fuera y es ahí donde tratamos de encontrar lo que otros discursos y otros lenguajes todavía no pueden formular. No hay principios inamovibles, pero no nos interesan esos roles de la crítica que Susan Sontag alguna vez llamó con bastante justicia “vulgares”: el crítico como autoridad, promotor, mandarín, censor, armador de sistemas. La crítica es para nosotros el ejercicio del gusto y, por lo tanto, del entusiasmo bien argumentado. Pensamos en un lector curioso, atento a la vibración del presente de la cultura y el arte, que lee con gusto la crítica bien escrita y bien argumentada, que quiere mirar más allá de su campito y ver qué hay en otra parte para pensar con más aire y ampliar la experiencia del arte.
—¿Cómo fue el proceso de abandonar el papel y pasar al plano digital?
—A partir del número 17, dedicamos uno de cada tres números a reseñas críticas de obras recientes, intentando revitalizar un género noble y muy descuidado, armando colecciones propias de películas, ficción, poesía, ensayo, teatro, arte, comentados en el número. Sostener el costo y la distribución de la revista impresa se nos fue haciendo cada vez más difícil, y surgió entonces la idea de ampliar el espectro y la frecuencia del comentario crítico en un nuevo sitio dedicado totalmente a las reseñas breves de objetos de actualidad y algunas intervenciones más ensayísticas en la sección “Discusión”. En 2013 nació Otra Parte Semanal, una plataforma gratuita más a tono con los tiempos de la web. Armamos un equipo grande de editores de secciones y colaboradores, y nos propusimos ser la primera revista de reseñas virtual-global hecha desde Latinoamérica.
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La web nos permite intervenir semana a semana en la discusión de lo que se está haciendo, ensancharla y darle un aliento otrapartianamente renovado al arte de la reseña, bastante maltrecho por las obligaciones de la prensa y el descuido que prolifera en la red. Casi todo se resuelve ahora virtualmente, pero nos reunimos periódicamente con los editores generales y de tanto en tanto con los muchos editores de secciones, felices de salir de las pantallas y reencontrarnos. Durante diez años, no hemos faltado una sola semana a la cita, con cinco o siete reseñas semanales. Diez más diez, veinte años… una especie de milagro solo posible con la generosidad, el entusiasmo y el talento de nuestros muchos editores y colaboradores. Y de los lectores fieles que nos siguen acompañando. Tampoco es fácil sostenernos y es por eso que, junto con la colección completa de OP impresa de acceso gratuito digitalizada con mucho esfuerzo, lanzamos una campaña online de apoyo voluntario.
—¿Por qué seguir apostando a la cultura escrita y al pensamiento cuando el mundo parece ir hacia otro lado?
—La revista nació en la era de internet pero con una especie de obstinación por la letra escrita y una atención al tiempo propio de la escritura crítica que seguimos respetando. Creemos más en la observación atenta, el respeto a los tiempos del arte y la expresión insatisfecha que en la velocidad, el antagonismo y los exabruptos de la polémica. En un momento como este, en el que hay tanto en juego y tanta inexplicable irracionalidad y desmemoria, la celebración de nuestros veinte años es una módica forma de resistencia y de confianza en la tenacidad del pensamiento crítico independiente. Y sobre todo una prueba de la persistencia de una pequeña comunidad que, frente a la disipación cultural, la pobreza verbal y la parálisis imaginativa, quiere seguir pensando el presente y el futuro con toda la energía y la lucidez de la que sea capaz. “Una zona de tejido sano”, como decía Marcelo.
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[Fotos: Rosana Schoijett, Alejandra López, Télam S. E., Graciela Speranza]
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