
El Curso de Lingüística General de Ferdinand de Saussure se dictó en Ginebra en tres ocasiones entre 1906 y 1911. Fue abrumadoramente revolucionario: significó, ni más ni menos, el nacimiento del estudio de la semiología y la lingüística como ciencias. Saussure cristalizó en las conciencias de las audiencias privilegiadas que asistieron a sus clases, la noción de “signo”, compuesto por el significado, es decir, el concepto, y el significante, la imagen acústica que representa a aquel significado. Digamos: la idea “perro” y la palabra “perro”. Las mentes volaron, según cuentan.
Ahora, el problema consistió en que Saussure no escribió sus clases. Y se vino a morir en 1913. El Curso de Lingüística General, entonces, fue redactado por dos de sus discípulos basados en las notas tomadas por varios asistentes a los tres seminarios. Fue un aporte fundamental al desarrollo del estructuralismo, el psicoanálisis, la lingüística, la comunicación y los estudios literarios y, por lo menos, tuvo este origen accidentado. Gracias a los cielos que existieron esos alumnos poco vagos tomando notitas en sus libretas porque, de no haber sido por ellos, el Curso casi se nos pierde.
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Ocurre lo mismo con una obra filológica que desde hace 24 años se escribe en la residencia en la punta de un cerro debido al empeño y a la pluma de un solitario estudioso de los caminos del lenguaje, a los que atribuye –tal como señaló William Burroughs, su inspirador– las características de un virus. Para quienes no quieran dejar que se pierda un aporte necesario y de muchísimas (pero muchísimas) páginas a la cultura, deben ver la obra La lengua es un músculo, pero el lenguaje es un virus, escrita por Gabriel Wolf y Diego Carreño y protagonizada, en forma de unipersonal, por Carreño mismo, en compañía de un loro.
Sí, toda una obra que se sospecha cambiará la forma de pensar la lingüística enteramente realizada durante 24 años por un filólogo y su interlocutor, el loro. El público que asiste a la obra es testigo de los últimos arreglos antes de que la magna tesis se mande a la academia.

Bien. La obra es desopilante, quedan advertidos, pero también debe destacarse que se trata de una verdadera lección de retórica, con los elementos dramatúrgicos que ello implica. El filólogo cuenta cómo es que llegó a la punta del cerro para encerrarse a escribir su obra consagratoria luego de que, de un modo o de otro, sus padres lo fueran apartando poquito a poco del hogar familiar. Es así que luego de ser enviado a pasar una temporada en Australia regresa a la Argentina, se enamora, pierde el amor, llega a casa,y es mandado de inmediato a la lejana propiedad familiar.
Los espectadores asisten a la presentación de la tesis que señala cómo las figuras retóricas se introducen en el sistema del lenguaje como un virus que desnaturaliza, causa confusión y termina por establecer el caos propio de las relaciones sociales en nuestra época. Todo esto, claro, al ritmo maravilloso del humor de un guión desaforado y un Carreño que brinda todo el arte actoral y pone el cuerpo para componer a un filólogo al borde de un ataque de semiología salvaje.

Así, metáforas, anagramas, aseveraciones, paradojas (“Si tengo un hijo que se hace cura, ¿le tengo que decir padre?”), paranomasias y más dejan de ser solamente “figuras retóricas” para corporizarse por medio de la acción y la comedia. El unipersonal realizado en el marco de una escenografía sencilla en la que un escritorio, una máquina de escribir (porque ¿en qué instrumento, si no, escribiría su tesis un filólogo?), una pequeña cama y el aro donde se posa el loro –y papeles, papeles, muchos papeles– son suficientes para que el mundo o los mundos del lenguaje sean expuestos.

Sin embargo, se debe advertir, también, que no es aconsejable para un público sensible. Es que la obra revela el significado verdadero y aterrador de la famosa canción: “Hola, Don Pepito”. El descubrimiento podría llevar a reinterpretar las infancias (y las vidas actuales) de muchos espectadores. Hecha la advertencia, sólo queda recomendar la obra, que además de provocar mucha risa, abre la compuerta que conduce a la conciencia de las palabras, tal como hiciera hace más de un siglo Saussure (o, mejor dicho, como hicieran quienes asistieron al unipersonal de Saussure, y tomaron notas).
*Funciones: Viernes 22:00 hs. El Camarín de las Musas. Mario Bravo 960. CABA. Entrada General: $3000 en boletería del teatro o por Alternativa Teatral
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