
Cuando Hanif Kureishi dijo “No sé si podré volver a caminar”, desde un hospital de Roma, todos abrimos grandes los ojos. ¿Qué estábamos viendo? Un escritor que, tras sufrir un grave accidente por una descompensación cardíaca, llevaba la tristeza de una vida incierta a la literatura. Ahora escribe, para pagar su tratamiento médico, un diario en Twitter. Hoy, justamente, dijo: “He perdido completamente el apetito. Mi apetito está muerto”.
“No puedo comer más de dos o tres bocados de melón, o de pain aux raisins. A veces tomo un poco de chocolate o una bebida proteica y todo el día un poco de agua”, explicó desde su cuenta de Twitter el domingo por la tarde el escritor británico-paquistaní que publicará sus memorias en 2024. “He sentido náuseas la mayor parte del tiempo y he vomitado. Toda comida me repugna”, agregó.
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El problema parece ser más grave: “No tengo ningún deseo de ver películas o programas de comedia. Por las noches, antes de que me deje Isabella, siempre me lee del blog de mi amigo David Bromley, y luego varias páginas deliciosas de la autobiografía de Elton John, que siempre me anima ante el largo miedo y la desolación de la noche que tengo para pasar solo. No es sorprendente, dado que estoy tan deprimido y enfermo, que mi libido haya muerto”.

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“Estoy tan deprimido y enfermo, mi libido ha muerto”, sentenció Kureishi, quien descubrió que “una pequeña cantidad de antidepresivos” estaba en su “agenda farmacéutica”, y que desde hace un tiempo “han duplicado la dosis”. Pero esto no lo alarma ya que, “preguntando a mis amigos, resulta que al menos el 50% de ellos han tomado, o están tomando, algún tipo de antidepresivos”.
Al principio se negaba a medicarse ya que confiaba en su terapia de psicoanálisis, pero finalmente decidió aceptar luego del consejo de un amigo que le dijo: “Los antidepresivos te llevan a la fiesta y el psicoanálisis te permite disfrutar de la fiesta una vez que llegas”. “Los evité porque no quería jugar con mi cerebro, que necesito para ser escritor. Pero ahora estoy más allá de eso. Estoy sufriendo más de lo que merezco”, dijo.
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Ahora, internado, con la posibilidad cada vez más cierta de no volver a caminar jamás ni a usar una lapicera, cuenta que lleva tres semanas viviendo en un “pabellón de demencia”. “Es peor que un mal chiste. Los gritos y aullidos son muy perturbadores”, explicó. Además, la ficción le resulta “demasiado artificial frente a este absurdo”. Sin embargo hay optimismo: “Me gusta escuchar a los demás. La generosidad y amabilidad de la gente me ha abrumado”.
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“En circunstancias como esta, realmente descubres quiénes son tus amigos y cuán amorosas pueden ser las personas. Desearía haber sido más amable; y si tengo otra oportunidad, lo seré”, concluyó el escritor.
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