
“El sueño de la razón produce monstruos”. La frase aparece en un grabado de 1799 de la serie Los Caprichos de Francisco de Goya. Alguien, una persona, ¿el propia Goya? parece dormirse sobre el escritorio y detrás y sobre él brotan criaturas: son búhos y lechuzas que a medida que se elevan se van oscureciendo y se vuelven ¿cuervos?, ¿murciélagos? ¿monstruos? Se ha estudiado bastante esta postal. El consenso es esta interpretación: la razón supone monstruosidad.
El monstruo que decora tu pared
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¿Y qué monstruos se han soñado en la historia de la humanidad? Mejor dicho: ¿qué monstruos han plasmado en el lienzo los diferentes artistas, esos que han sabido captar la sensibilidad de su época, los miedos, los temores, los abismos? Empecemos por un clásico de la mitología griega: Medusa, un monstruo ctónico (espíritu del inframundo) femenino, que convertía en piedra a aquellos que la miraban fijamente a los ojos. Fue decapitada por Perseo, el héroe que libertó al mundo.
Muchos artistas han pintado a este horroroso ser en diferentes obras. Una de ellas es La cabeza de Medusa, de Caravaggio, de 1597. En esa época. la del pintor, el rostro de Medusa era utilizado como escudo en los torneos. El uso de Caravaggio fue otro: decoración. Pero, ¿qué clase de persona del siglo XVI quería tener un monstruo en su pared? Es la cabeza recién cortada, con sangre brotando y cabellos de serpientes. En la expresión del rostro, Medusa parece no haber muerto.
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Juntos al cementerio
En 1839, el francés Horace Vernet pintó La balada de Lenore, obra también conocida como Los muertos viajan deprisa, verso citado casi sesenta años después en Drácula de Bram Stoker. La pintura está inspirada en Lenore —de aquí proviene el verso en Drácula—, un poema gótico del autor alemán Gottfried August Bürger escrito en 1773, encuadrado en el género de las baladas góticas del siglo XVIII. El poema es una historia de amor y muerte.
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Lenore es la protagonista, una muchacha que espera a su prometido Wilhelm, un caballero que lucha en la Guerra de los Siete Años. Una de esas noche sen que maldice a Dios y llora, alguien aparece a caballo. Un extraño hombre que dice ser Wilhelm y le pide que lo acompañe a casarse. Ella sube y cabalgan apurados entre los muertos. Llegan al cementerio. Ahí el caballero muestra quién es: un espectro. Los muertos del cementerio se abalanzan sobre ella para asesinarla.
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La venganza del fantasma
Todos lo conocen por La gran ola de Kanagawa. No hay dudas, esa obra dio varias vueltas al mundo y hoy es un ícono de la cultura pop: puede aparecer en una remera, en tazas y en fondos de pantallas. Su autor, el pintor y grabador japonés Katsushika Hokusai, adscrito a la escuela Ukiyo-e del periodo Edo, dejó una extensa obra tras su muerte en 1849. Ahora, en esta ocasión, un cuadro poco conocido. Se titula El fantasma de Kohada Koheiji y es de 1833.
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Se trata de un grabado que forma parte de la serie Cien cuentos de fantasmas. En ese entonces, en el período Edo —nombre que usó la actual ciudad japonesa de Tokio hasta 1868, cuando fue una de las grandes urbes del mundo, conocida también como un “mundo flotante”—, eran muy populares las historias de fantasmas. De esa serie solo quedan cinco grabados, pero es probable que hayan sido muchísimos más. En cada uno dibuja un espíritu japonés. En este caso: Kohada Koheiji.
¿Y quién era Kohada Koheiji? Se dice que era un hombre que fue engañado por su esposa. No sólo eso: ella y su amante lo asesinaron. Pero Kohada Koheiji regresó de la muerte, como hacen los espíritus, como hacen los fantasmas, para vengarse. Primero asesinó a quien supo ser su amada esposa. ¿Y a su amante? No, para él tenía otro plan: atemorizarlo hasta que se volviera loco. La historia fue llevaba a la literatura y muchas veces al teatro. El amante, ya enloquecido, se suicidó.
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Terror erótico
Entre el neoclasicismo y el romanticismo, Johann Heinrich Füssli, pintor suizo establecido en Gran Bretaña, pintó en 1781 El íncubo, obra que también se la conoce como La pesadilla. En el centro de la escena, una mujer dormida. Sobre ella, un íncubo: demonio que se presenta en los sueños eróticos. Y atrás, en segundo plano, la cabeza de un caballo fantasmagórico, cuya expresión es de una arrebata locura. Toda la escena está envuelta en un halo de oscuridad.
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El crítico Miguel Calvo Santos escribió sobre esta obra: “Ocultismo, terror, erotismo… Esto era lo que le interesaba a este visionario que recrea ese mundo de los sueños nocturno y teatral, que tanto influiría en la Inglaterra Victoriana, con sus corrientes ocultistas, y siglos después a los surrealistas, a los que les encantaban estas temáticas. Con esta obra, que nos habla de lo sublime, Füssli se adelantó también al romanticismo, movimiento artístico que barrería Europa en pocos años”.

Caer del cielo
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Los estudiosos de la obra de Franz von Stuck, uno de los fundadores de la Secesión de Múnich, dicen que cuando pintó Lucifer, en 1890, este pintor alemán estaba atravesando su fase “monumental oscura”. En este lienzo de proporciones superiores al metro y medio de alto y ancho vemos lo que él llamó un “demonio masculino”. “Al elegir mi tema, busco representar solo lo puramente humano, lo eternamente válido, como la relación entre el hombre y la mujer” dijo el artista en 1912.
Como Stuck buscaba representar la contradicción de la humanidad, su Lucifer generó una gran sorpresa. Esta encarnación del mal era una crítica profunda a su época y al futuro que le esperaba. La pintura la compró el rey Fernando de Bulgaria porque al verla “aterrorizó” a sus ministros, que cuando la vieron se hicieron rápidamente la señal de la cruz. En la Biblia, Lucifer es un ángel que cayó a la Tierra por querer “escalar los cielos” y querer “ser semejante al Altísimo”.

El vampiro que no quería ser
Edvard Munch pintó un vampiro. Él dijo que no, pero muchos espectadores que sí. Y si las obras son diálogos que se completan con la mirada del espectador... entonces quizás lo sea. Edvard Munch es el título de lienzo de 1895 que tiene seis versiones diferentes. Lo que vemos es una mujer con largos cabellos rojos besando a un hombre en el cuello. En ese abrazo hay amor, pero también dolor, eso es lo que dice el título, pero ¿qué clase de dolor observamos ahí?
Lo que mucha gente vio en esa obra fue una mujer vampiro mordiendo a su presa. Los que empezaron a correr esta versión fue un amigo del propio Munch, el crítico Stanisław Przybyszewski, que la describió así: “Un hombre que se ha vuelto sumiso, y en su cuello la cara de un vampiro que muerde”. Una de sus tantas versiones fue robada del Museo Munch en 1988 y recuperado el mismo año. En 2008, otra versión fue subastada por 38,2 millones de dólares.

La ceremonia del diablo
Terminamos con el mismo pintor que empezamos: Francisco de Goya. Podría ser Saturno devorando a su hijo, reconocida pintura que invoca el canibalismo del dios Saturno, que se comía a sus hijos recién nacidos por temor a ser destronados por ellos. Pero no, acá estamos hablando de monstruos. Así que cerraremos con El aquelarre, uno de los seis pequeños cuadros que pintó entre 1797 y 1798 para el palacio de recreo de los duques de Osuna.
El lienzo muestra un ritual de aquelarre. ¿Y qué es? Según la Real Academia Española, el término proviene el vasco “akelarre”, que significa “prado del macho cabrío”, y es una “junta o reunión nocturna de brujos y brujas, con la supuesta intervención del demonio ordinariamente en figura de macho cabrío, para sus prácticas mágicas o supersticiosas”. Eso es lo que vemos en la obra de Goya, una ceremonia demoníaca. En el cielo, de noche, animales volando y la luna, misteriosa.
También vemos bujas ancianas, brujas jóvenes y niños. Uno, que sostiene una mujer vestida de negro, está esquelético: es un cadáver viviente. Al fondo hay un largo palo de madera con tres niños colgados del cuello, ya muertos. Y un detalle importante: abajo a la izquierda, otro cadáver, también de un niño. Todo se potencia con la presencia del macho cabrío, del diablo, en el centro, humanizado por su postura, pero lleno de horror por la inexpresividad de su mirada.

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