
Se puede nombrar a un mingitorio como obra fundamental del arte contemporáneo y disparador de lo posmoderno, pero aún en la actualidad muchas manufacturas tradicionales, con raíces centenarias, siguen siendo observadas con desdén. Esa lectura de conflicto entre las altas (y no siempre bellas) artes y lo costumbrista, con las artesanías o los telares por ejemplo, no resiste debate y en los retablos ayacuchanos del Perú quizá se encuentre una de las manifestaciones más notables de cómo el tiempo ha transformado una expresión que nació mágico-religiosa en piezas artísticas que guardan, no solo un nivel de factura altísimo, sino una potencia crítica a la vida contemporánea, a partir de los conflictos sociales y los abusos de los sectores de poder.
Los retablos ayacuchanos han concentrado, desde hace décadas ya, una imaginería para reflejar los momentos más oscuros de la historia del Perú. El arte, en momentos de desesperación, sale como una bocanada de resistencia. Entre las múltiples expresiones el retablo tiene la particularidad de la potencia de la pintura en un cuerpo escultórico, una visión en tres dimensiones en la que conviven el dolor con la belleza.
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Uno de los artistas actuales más destacados es Edilberto Jiménez, quien con exposiciones en EE. UU, Italia, Alemania, España, Japón, Francia, Argentina, Chile, Ecuador, Colombia y México, se ha convertido en un referente para las nuevas generaciones a partir de una obra que expresa la época de violencia que azotó el Perú en los años ochenta y noventa, y que puede asociarse a lo que secede en la actualidad, donde las manifestaciones populares son reprimidas por las fuerzas de seguridad y las violaciones a los Derechos Humanos.

Hijo del gran maestro retablista Florentino Jimenez Toma, el artista -también periodista y antropólogo- creó piezas agudas que, a su vez, dialogan con tradiciones pictóricas y literarias. Se puede observar el movimiento del espíritu de las pinturas del 2 y 3 de mayo de 1808 de Goya, cuerpos que se retuercen como en una pieza renacentista con las gestualidades del expresionismo, y algunas hasta parecen ser sacadas de un extracto de El Bosco o de la literatura Manuel Scorza y César Vallejo, en la que se plantean los problemas indigenistas, la ocupación de la tierra y el sometimiento de algunas clases sociales y militares que se extiende desde tiempos coloniales.
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En 1975, Joaquín López Antay despertó un gran debate en el país sudamericano, cuando recibió un premio nacional de cultura. Ríos de tinta corrieron entonces contra la elección ya que, por primera vez, se valoraba la obra de un artesano por sobre las otras expresiones clásicas.

¿Cómo se podía premiar a alguien que repetía modelos del pasado?, replicaban los medios como portavoces de la Asociación Peruana de Artistas Plásticos, espacio que concentró el grueso de los ataques, como si la pintura o la escultura no tuvieran acaso siglos de existencia. Incluso, en aquel momento, no se realizaba la misma crítica hacia las elecciones estéticas de muchos pintores, como la recuperación de la iconografía precolombina que estaba en boga.
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Aquel premio a López Antay puso a los retablos en el centro del debate, pero no él el único gran exponente: Celso Baldeón, Jesús Urbano, Jesús Palomino, César Jiménez, Silvestre Ataucusi Flores, Mardonio López, y más acá en el tiempo, Virgilio Oré y su familia, Edwin Pizarro Lozano, Nino Blanco Bautista y los hermanos Luis y Reynaldo Quispe Flores, por nombrar algunos.
Los Quispe Flores, de hecho, alcanzaron cierta notoriedad mediática al introducir los sucesos de la pandemia como otras situaciones virales en redes sociales, personajes de la cultura pop y, en los últimos meses, se convirtieron en retratistas de la realidad de su país.
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“En sus inicios en una caja de retablo se mostraban tema religiosas. Luego pasaron a los temas costumbristas de la zona. Nosotros nos iniciamos haciendo retablos tradicionales, con temas religiosos y de costumbres, pero como taller también pensamos en lo que está pasando en la sociedad. Entonces, mostramos en una caja de retablo temas sociales, lo que va sucediendo en nuestro país, lo que pensamos sobre la política y también hacemos retablos personalizados. A lo largo del tiempo el retablo ayacuchano ha ido cambiando sus temas, ha innovado. Entonces, ha servido para mostrar lo que un artista piensa, lo que él quiere representar”, dijo Luis Quispe Flores a Infobae Cultura.
Cómo el retablo se convirtió en una expresión del pueblo
El retablo ayacuchano no nació con López Antay, aunque con él el prestigio de la pieza se extendió y se convirtió en objeto de colecccionistas. De hecho, antes se la conocía Cajón San Marcos y sus orígenes, si bien están relacionados a la conquista, pueden trazarse aún más atrás en el tiempo.
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Los íconos han sido parte de la imaginería y propaganda religiosa de todas las eras. Pero en lo que a los retablos se refiere se puede incluir a los dípticos consulares, documentados desde desde el siglo I d.C.; los sarcófagos paleocristianos (finales del II d.C.); los íconos bizantinos (III d. C.); la escultura románica realizada en madera y estuco (XI d.C.) y hasta los fabulosos retablos flamencos.

Sin detallar cada uno en particular, estas piezas tuvieron diferentes manifestaciones artísticas y ocuparon espacios, que comenzaron en lo civil y político, para luego convertirse en herramientas del clero y llegaron, con el tiempo, a ser parte de los usos populares, tanto en iglesias como en objetos móviles durante las procesiones. Por eso, con la conquista de América y el sometimiento de los pueblos originarios hacia el cristianismo su presencia se hizo cada vez más fuerte.
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Así, por ejemplo, la estética de los sarcófagos esculpidos se convirtieron en antipendios, la estructura decorativa de los altares donde se custodian las reliquias, y luego pasaron a ser retablos monumentales que acentuaron la cuestión decorativa y se trasladaron hacia la parte posterior del altar, tomando un cariz arquitectónico y estético, y que incluyó a los frescos renacentistas como parte del mismo proceso decorativo.

Esa tradición asentada en todos los países católicos tuvo a grandes artistas. Quizá el más importante de todos los retablos es el de la Adoración del Cordero Místico, o el políptico de Gante, Bélgica, realizado por Jan van Eyck (y algunos incluyen a su hermano Hubert, aunque aún persisten dudas) en el S. XV, pero no fue el único. Ya para el XVII el retablo monumental se convierte casi en un panel único vertical en vez de estar conformado por varias piezas y tuvo firmas notables como las de Zurbarán y Murillo.
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Al mismo tiempo, se realizaban los altares portátiles, con una fuerte influencia románica, que los peregrinos llevaban en sus recorridos hacia lugares santos, iglesias y ermitas, como también a los viajes de evangelización y así, las Cajas de Santos, llegaron a esta parte del mundo y se convirtieron en herramientas importantes para la catequesis del nuevo credo, incomprensible para los locales, a partir de elementos iconográficos, ídolos físicos con los que pudieran relacionarse.
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Si lo pensamos en términos tecnológicos, porque a fin de cuentas también es el desarrollo de un objeto en cuanto a su utilitarismo y materiales, se podría hacer una analogía con el cine, y sus comienzos de la pantalla grande, a la televisión y a los smartphones de hoy.
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Las piezas en tiempos de la colonia eran producidas en España, pero algunos cambios históricos hicieron que la manufactura no solo pasase al “Nuevo Mundo”, sino también que cambiaran los compradores. Con la rebelión de Túpac Amaru (1780) las familias pudientes dejaron de comprar obras de arte o artesanías de lujo, por lo que los artesanos comenzaron a realizar piezas cada vez más orientadas hacia el campesinado y con esto comenzó a producirse cambios en las manifestaciones de los personajes que los componían. Ya en el siglo XIX, con la independencia, surgen los San Marcos de piedra de Huamanga, Ayacucho, como la pintura campesina cuzqueña y las Vírgenes Cucuteñas.
Historiadores del Perú remiten al San Marcos como pieza previa a los retablos. Estos eran “objetos de arte popular religioso ayacuchano, mayormente en manos de mestizos huamanguinos y principalmente destinada a equipar iglesias y amoblar residencias de la aristocracia provincial; otro sector de la población consumidora estuvo conformado por indios y mestizos”, escribió el gran escritor y antropólogo José María Arguedas en Notas elementales sobre el arte popular y la cultura mestiza en Huamanga.
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Sus usos estaban asociados “a la fertilidad de los animales, la protección familiar de la familia, la aparición de objetos perdidos, prácticas curativas, protección al viajero y también con los rituales festivos y ‘juegos mágicos’ relacionados con las fiestas de la cosecha”, sostiene la antropóloga María Elena del Solar, en el Retablo Ayacuchano. Un arte de los Andes.

Y agrega: “Estos cajones, confeccionados en madera ―algunos antiguos en maguey― presentan doble puerta y rematan en una coronación de forma triangular. Están pintados con anilinas de vivos colores y emplean una fresca y vistosa decoración polícroma al exterior e interior de las puertas, generalmente motivos florales, volutas, rejillas y en algunos casos motivos geométricos. La preferencia por el empleo de determinados colores y diseños en la decoración, factura y disposición de las figuras interiores, modeladas individualmente o combinadas con el uso de moldes, caracterizan la obra de cada ‘escultor’”.
De nuevo los cambios sociales, la industrialización como la caída de los objetos de religioso para veneración, entre otros factores, dieron inicio en el XX al retablo moderno. Y los motivos cambian, aparecen el costumbrismo, las corridas de toros, las peleas de gallos, las danzas tradicionales, etcétera. Lo religioso y mágico, que si bien se sigue produciendo, deja la centralidad de la producción y ya se trata más sobre un objeto con un valor estético, no sin que eso le reste una importancia etnográfica.
Los retablos ayacuchanos dejaron hace un tiempo de ilustrar cuestiones de fe y se convirtieron en herramientas que vibran al ritmo de los cambios sociales, documentos que desde la tradición tomaron la voz del pueblo para denunciar aquello que muchas veces es invisibilizado.
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