
“Yo quiero ahora abrazaros / y siquiera no más / hablar de cómo cambia el cielo”, escribió el poeta uruguayo Líber Falco. El poema es triste, habla de la muerte y la soledad, sin embargo mira hacia arriba y desea compartir esa belleza que ve. El cielo cambia, muta, del día a la noche, del sol a la luna, estrellas y nubes, lluvia y nieve, color y oscuridad. Hay algo mágico allá arriba. Como decía Gustave Flaubert, “si mirásemos siempre al cielo acabaríamos por tener alas”.
Estudio del cielo, de Edgar Degas
Estudio del cielo de Edgar Degas es una de esas obras donde el espectador, que está fuera del cuadro, se siente dentro, se siente en el aire, flotando, volando. Son paisajes de Saint-Valery-sur-Somme pintados en el año 1869, cuando el artista francés tenía 35 años. La historiadora Marilyn Brown, en su libro Edgar Degas y el negocio del arte (1994) asegura que su potencia radicó siempre en captar las sensaciones de vida y movimiento.
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Conocido por pintar bailarinas y escenas de interiores, decidió salir al aire librer. Aunque “se burlaba constantemente de los pintores en plein air, que en realidad eran casi todos los impresionistas” porque “creía que pintar paisajes era una pérdida de tiempo”, cuenta la historiadora del arte Emilia Bolaño en un texto publicado en historia-arte.com, tuvo su coqueteo con eso que tanto criticaba: “La simplicidad de este estudio de un cielo tranquilo es casi hipnótica”.

Lluvia, vapor y velocidad. El gran ferrocarril del Oeste, de William Turner
Y si hablamos de cielos, no podemos dejar afuera a un maestro: William Turner. Para apreciar su técnica, basta un ejemplo. Lluvia, vapor y velocidad. El gran ferrocarril del Oeste es uno de los más conocidos cuadros que realizó este pintor romántico británico: un óleo sobre tela que mide 91 centímetros de alto por 121,8 centímetros de ancho, pintado en 1844 y que actualmente se conserva en la National Gallery de Londres, Inglaterra.
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En ese momento, los ferrocarriles aún eran algo novedoso. Y Turner estaba fascinado por ese incipiente progreso y por cómo la naturaleza abrazaba en su paisaje a la nueva tecnología. En el cuadro vemos al gran ferrocarril del Oeste (GWR) cruzando el puente de Maidenhead a toda velocidad. De fondo, escribe la investigadora Kasha Patel, “la bruma y la niebla oscurecen gran parte del cuadro, un subrayado de la creciente contaminación atmosférica”.

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Cielo azul, de Vasili Kandinski
¿Cómo pintan los cielos los abogados y los economistas? Vasili Kandinski no eran i una cosa ni la otra, pero casi: nacido en Moscú, Rusia, en 1866, estudió derecho y economía. Era bueno en lo suyo, inteligente y eficaz, pero a los treinta años cambió las leyes y los números por el arte. Después de la Revolución Rusa, del nazismo, de la Escuela de la Bauhaus, de recorrer Europa, en 1940 pintó Cielo azul, un óleo sobre lienzo que se conserva en el Centro Pompidou de París.
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Pero, ¿qué clase de obra es? En principio, vemos figuras flotando en un cielo despejado. Es como una alucinación, como un sueño. Hay algo infantil y tierno en esos ¿personajes? que levitan frente a nosotros. Casi treinta años, en 1912, publicó De lo espiritual en el Arte donde criticaba fuertemente las instituciones académicas tradicionalistas y las convenciones. Cielo Azul es un claro ejemplo de su estilo y uno de las obras que no fueron destruidas por los nazis.

La noche estrellada, de Van Gogh
El cielo, a la noche, es otro. Quizás la obra que mejor lo expresa sea La noche estrellada, de Vincent Van Gogh. Clásico de clásicos y una de las pinturas más reconocidas en la historia de la cultura occidental, este óleo sobre lienzo postimpresionista fue pintado en junio de 1889 y representa la vista desde la ventana orientada al este de su habitación de asilo en Saint-Rémy-de-Provence, justo antes del amanecer.
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Todos los días y a cada rato, Van Gogh observaba la calle, la gente, el paisaje desde esa habitación. También el cielo. el día y la noche. “A través de la ventana con barrotes de hierro”, le escribió a su hermano, Theo, alrededor del 23 de mayo de 1889, “puedo ver un cuadrado de trigo cerrado (...) sobre el cual, por la mañana, veo salir el sol en todo su esplendor”. Pintó una serie de esa vista y La noche estrellada es la única postal nocturna.

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Nocturno en negro y oro: el cohete cayendo, de James McNeill Whistler
A veces, de tanto mirar el cielo, se pierden las referencias. La figuración muta a un arte abstracto, a una belleza onírica e imprecisa. Algo así le pasó a James McNeill Whistler, al ver los fuegos artificiales de Londres: en 1874 pintó Nocturno en negro y oro: el cohete cayendo. Hoy está en el Detroit Institute of Arts Museum de Estados Unidos. Para muchos, la primera obra bastracta o, al menos, una conjunción de colores y formas nunca antes vista hasta el momento.
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“Estos fuegos artificiales en el cielo nocturno de Londres son casi abstractos (adelantándose unas décadas al movimiento). Whistler apenas define nada; sólo con unas manchas nos trasmite la esencia de una de esas noches de juerga en los Cremorne Gardens de Chelsea”, escribe el crítico de arte Fulwood Lampkin sobre esta obra que “consigue el milagro de transportarnos a los jardines de finales del siglo XIX”.
Aquella noche, cuando estaba en los jardines londinenses donde se bebía, se comía y se bailaba mucho, no pudo evitar abrir bien grandes los ojos para admirar la exhibición nocturna de fuegos artificiales sobre las tranquilas aguas del río Támesis. Volvió a su casa y se durmió con esos colores tan radicales en su cabeza. Al día siguiente, se levantó y comenzó a pintar de forma impulsiva. Un cielo inolvidable, sin ninguna duda.
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Atardecer, de Felix Vallotton
Bajo el título original Puesta de sol a través del cielo naranja y morado, esta obra pintada en 1918 y hoy conocida simplemente como Atardecer, es propiedad de un millonario que la compró dos millones y medio de francos suizos. Su autor es Félix Vallotton, suizo nacido en 1865 y fallecido en 1925. Pintor, grabador, miembro del grupo de los Nabis que a finales del siglo XIX unió el posimpreiosinimo con las vanguardias que sacudirían el XX.
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Atardecer no es uno de sus más conocidos cuadros. Influenciado por los colores brillantes y el exotismo de Paul Gauguin y por el paisajismo xilografiado de la estampa japonesa, Vallotton logra una postal increíble del estuario del Sena de la Côte de Grâce. La simplificación pictórica construye un gran efecto emocional. El sol se oculta en el mar y el cielo adquiere una tonalidad de fuego que permanece un largo tiempo en las pupilas de los espectadores.

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