
Ante una sala principal del Colón llena, la Camerata Bariloche protagonizó el viernes por la noche una velada especial en la que festejó 56 años de trayectoria y, fundamentalmente, homenajeó y despidió a tres de sus integrantes y pilares, Andrés Spiller, Marcela Magin y André Mouroux, en el marco de un concierto donde ratificó sus pergaminos y excelencia.
La presentación, atravesada por tantas emociones, le sumó esos sentimientos a una propuesta sonora exquisita siempre atada al apego del conjunto por el carácter melódico de su abordaje.
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Pero pese a esta marca estética a la que puede atribuirse el camino popular trazado en su andar, la Camerata no dejó de lado los matices y los riesgos que bajo la batuta del concertino chileno Freddy Varela Montero (su director desde 2011) le permitió construir una función con no pocos momentos impactantes.

Sin dudas el tributo, con placa incluida, y la salida de Magin, Mouroux y Spiller fue un punto de inflexión en la noche después de que Spiller asumiera el rol solista en el Concierto en la menor (RV 461) para oboe y cuerdas, de Antonio Vivaldi.
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Varela Montero tomó entonces la palabra y señaló: “Este es un día muy especial porque el ADN de la Camerata está en ellos. Este equipo es un poco como la vida y sin ellos no estaríamos tocando acá”. El director invitó al violinista Elías Gurevich, otro miembro histórico de la orquesta, quien aportó: “Es increíble que estemos todos aquí en este momento tan especial en el que La Camerata se merecía este homenaje”.

Más circunspecto que cuando en plena ejecución pareció recorrer los rincones colonistas con la vista, Spiller, de 76 años, recordó el debut del conjunto (el 19 de septiembre de 1967 en la Biblioteca Sarmiento de San Carlos de Bariloche), agradeció la consideración y advirtió con una mueca divertida: “Probablemente no toque más con la Camerata pero voy a seguir tocando un poco más todavía”.
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Visiblemente conmovido, el violoncellista Mouroux confesó: “Esta es una emoción terrible por haber pertenecido a esta maravillosa orquesta y por esta invitación tan especial de un conjunto de colegas y amigos”. El músico dio cuenta de lo especial de la fecha para él porque, además, era el aniversario del nacimiento de su madre, “que fue muy perseverante para que pudiera seguir adelante con esta profesión tan sacrificada y azarosa”.
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La entrega de plaquetas, los ojos vidriosos, los abrazos y los aplausos sellaron un pasaje que dio cuenta de la estatura de quienes dejan sus lugares en la Camerata pero también del imponente tránsito de la agrupación que impulsó por entonces la Fundación Bariloche en torno a la figura del violinista Alberto Lysy.
Desde aquella época, el grupo representó a la Argentina en las Olimpíadas Culturales de México y de Munich; en la Expo-70 de Osaka (Japón); y tomó parte en los festivales internacionales de Salzburgo (Austria), Taormina, Cittá di Castello, Cervo y Alassia (Italia), Montreux y Gstaad-Menuhim (Suiza), el New World Festival of the Arts de Miami, el Festival de Otoño de Madrid y en el Centenario del Carnegie Hall.
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Pero, además, ofrendó multitudinarias presentaciones al aire libre y grabó más de 40 discos registrados a nivel local e internacional (el último de ellos, Historia del tango, publicado en 2015 junto a la eximia guitarrista paraguaya Berta Rojas).
Otros nombres de peso que confluyeron con la Camerata fueron, por nombrar solamente a algunos, Astor Piazzolla, Gerardo Gandini, Manuel Rego, Ernesto Bitteti, Ljerko Spiller, Yehudi Menuhin, Antonio Janigro, Janos Starker, Karl Richter, Katherine Ciesinsky, Nicolás Chumachenko, Maxim Vengerov, Jean Pierre Rampal, Vadin Repin, Cho-Liang Lin, Jean Ives Thibaudet, Frederika von Stade, Mstislav Rostropovich y Martha Argerich.
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Actualmente junto a Varela Montero, la Camerata reúne a otros cuatro primeros violines (Elías Gurevich, concertino adjunto; Demir Lulja; David Bellisomi y Martín Fava), cuatro violines segundos (Grace Medina, solista; Daniel Robuschi; Pablo Sangiorgio y Tatiana Glava), tres violas (Carla Regio, solista; Gabriel Falconi y Adrián Felizia), tres violoncellos (Stanimir Todorov, solista; Gloria Pankaeva y Siro Bellisomi), el contrabajo solista de Oscar Carnero y la clave solista a cargo de Manuel de Olaso.

Desde las 20, con el único movimiento de la Sinfonía para cuerdas en si menor (MWV N° 10), de Félix Mendelssohn, la agrupación abrió su actuación navegando gustosa y elegante por un pentagrama casi a medida. Con Varela Montero como solista, luego le siguió el imponente Concierto en mi mayor (BWV 1042) para violín y cuerdas, de Johann Sebastian Bach, y la citada aparición de Spiller para la creación Vivaldiana pareció anticipar el sobrecogimiento por venir, sobre todo en el melancólico Larghetto, segundo movimiento del concierto.
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Tras un necesario impasse por la turbación de los reconocimientos y adioses, el segundo tramo comenzó con el agradable Andante cantabile para violoncello y cuerdas, de Pyotr Tchaikovsky, obra de raíz popular del romántico ruso donde descolló Todorov en su rol solista y mereció otra de las ovaciones.
Pero fue en otro registro, el del Divertimento para Orquesta de cuerdas, que Béla Bartók creó en 1939, donde los contrapuntos y los planos propuestos por el compositor húngaro exhibieron la ductilidad de la Camerata para abordar de manera impecable esa complejidad expresiva, fundamentalmente en el segundo movimiento Molto Adagio.
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El estallido de la sala toda sirvió para que el ensamble expandiera aún más el abanico de sus posibilidades con la vuelta del venerado terceto y dos bises ligados a la música popular: primero con The man I love, de George Gershwin, y para el final, después de una consulta retórica (“¿les parece bien que nos vayamos con Piazzolla?”) que llegó de la mano de Libertango.
Fuente: Télam S.E.
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