Laura Santos revela una postal violenta y a la vez telenovelesca del narcotráfico en México

“Una cabecita que rebota”, publicada por el sello Bocas Pintadas, es una novela que narra la historia de una niña muerta en un territorio donde conviven drogas y política. Su autora, nacida en México pero residente en Argentina, conversó con Infobae Cultura

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Laura Santos, escritora mexicana radicada
Laura Santos, escritora mexicana radicada en Argentina, autora de "Una cabecita que rebota" (Foto: Daniel Jayo)

Cuando Laura Santos empezó el taller de policiales que Gabriela Saidon dictaba en la Biblioteca Lugones acababa de quedarse sin trabajo. Además, el pedido de una beca para una maestría le había sido denegado. Las cosas no estaban saliendo muy bien. Estaba, en sus propias, “medio deprimida”. Ahora se ríe, ya es pasado pisado. Corría el año 2018. “Gabriela fue tan didáctica que yo salí de ese taller que el esqueleto de la novela y lo que después fue el primer capítulo”, cuenta con el codo derecho apoyado sobre la mesa. En su casa, en el barrio de Villa Luro, alumbrada con una luz muy tenue, producto del sol que se filtra por los ventanales que dan al pasillo, toma de a sorbos un café dulzón que trajo desde su México natal.

Nació en Guadalajara, se casó con el fotógrafo argentino Daniel Jayo, viveron seis años en la Ciudad de México y se instalaron en la Argentina en el año 2013. Pero en ese 2018 incierto se mudó momentáneamente a Uruguay. “A mi marido le había salido un trabajo en Montevideo y estuve tres meses ahí. Siempre que cambias de ciudad empiezas con la idea de repasar proyectos. Entonces empecé a escribir como quien empieza a correr, que a la primera cuadra ya diste todo, y me agoté”. Pero siguió y se metió en un taller que daban para indigentes. “Fue increíble. Como la mayoría es gente sin casa, todo se escribe ahí y los textos generalmente se quedan ahí. A lo mejor tiene que ver con el tono de la novela: siempre eran textos bien oscuros, bien de la calle, bien catárticos”.

Volvió a ponerse en contacto con Saidon. “Ahí otra vez Gabriela me rescató porque justo me llegó un mail de ella diciéndome que estaba dando clínicas, y a mí justo me cayó un trabajo”. La clínica la hizo en conjunto con quien luego sería su socia en el sello Bocas pintadas: Sonia Almada. Así surgió este libro: Una cabecita que rebota, el cuarto que publica la editorial. Salió este año.

"Una cabecita que rebota", de
"Una cabecita que rebota", de Laura Santos (Foto: Bárbara Encuentro)

Silvia Maldonado es una mujer gorda. El detalle es importante. Ya en la portada del libro se anuncia. También que su padre es el líder de un poderoso cartel mexicano y que su esposo es candidato a gobernador. Cuando se levanta a la mitad de la noche y ve en el comedor a su hija de seis años, la única que tiene, de un inmaculado nombre Perla —a la que mantenía a dieta estricta para no convertirse en lo que ella ya es— y el pijama de unicornio puesto, solita, en el silencio de la noche, comiendo galletitas, la mata. Golpea su cabeza contra la mesa de mármol, no una, tampoco dos, sino tres veces. Es, justamente, una cabecita que rebota. “Con los golpes que le dio a su hija también se le apagó la angustia. Estaba agotada de cargar con la maldición de ser gorda. No robusta ni rellenita: gorda”.

Entonces la mata y así comienza este drama que avanza capítulo a capítulo develando una historia totalizante que mezcla clase y género, política e intimidad, narrando el horror cotidiano con herramientas tan atrapantes como el policial, el registro coloquial y retazos del género de la telenovela. “Es una novela muy desesperanzada. Y la desesperanza ya caló. En la presentación y las charlas que después se daban siempre rondaba la idea de que esta es la realidad y ahora qué vamos a hacer. ¿Cómo vamos a seguir saliendo a la calle? Es una pregunta que siempre queda en el aire”, comenta ahora y agrega que “uno de mis grandes miedos al publicarla es que al ficcionar no transforme un problema complejo en un mito. Nos rascamos y ya, no pasa nada”.

Cada vez que lee sobre algún hecho violento en México se aterroriza. Entonces tiene dos reacciones. Uno, más a largo plazo, es escribir. El segundo, que se da antes, es contactar a su familia de allá. “Si hay una balacera inmediatamente empiezo a ver dónde está mi mamá, mi hermano, si mis amigas están bien. A lo mejor ni ellos se mandan esos WhatsApps”. “Escribir esta novela fue como un proceso de limpiarse. ¿Conocen aquí el concepto de limpiar? ¿Los hechiceros, que te pasan un huevo por el cuerpo y eso?”, dice con todo su tono mexicano, ese que está impregnado en la novela y la vuelve mucho más verosímil, mucho más real. “Fue un proceso de decir: esto me preocupa y me asusta muchísimo. Ciertamente el fantasma del narcotráfico está encima de todos en Latinoamérica”, sentencia.

"Me he cuestionado mucho la
"Me he cuestionado mucho la validez de narrar o no el horror. Me hice muchísimos planteamientos éticos con esta novela", dice Laura Santos (Foto: Daniel Jayo)

—En la novela se lee que “cada día salía un nuevo narquito tirando disparos como chiva loca y ya no se sabía ni a cuál obedecer”. ¿Cómo cambió el narcotráfico desde que tenés memoria?

—Mira, te cuento como periodista y desde mi experiencia. Yo nací en una colonia bastante popular, se llama Polanco. Todos decían: ‘los matones y los maleantes no nos van a hacer nada porque vienen a mis fiestas de cumpleaños’. Había un ellos y nosotros. A partir de la mal llamada guerra contra el narco de Felipe Calderón, que empezó a descabezar los cárteles de México, empezaron a cortar cabezas pero, como dice la novela, salían diez. Y se empezaron a dejar de reconocer estas figuras. Y ahora es: ‘no vayas a tal zona de poder adquisitivo porque es más probable que haya una balacera’. Se dejó de reconocer al enemigo y el enemigo se metió a las casas. Se metió en la posibilidad real de que a ti ya tu familia le pase algo. El enemigo se hizo mucho más potente porque perdió cara. Eso cala muchísimo.

—¿Y cuánto cambió en cuanto al peso de las mujeres, ya como colectivo fuerte, a partir de las nuevas lecturas e interpretaciones del fenómeno?

—Al menos se dice en voz alta las cosas que están mal. Está esta cuestión de desaparición sistemática de mujeres jóvenes, que se intuye, que tienen que ver con cuestiones de trata. Las mujeres han tomado roles más activos dentro del narcotráfico, no protagonistas pero más activos. Pasamos de ser la simple mula a una carne que se puede comerciar. Las desapariciones y algunos feminicidios siguen victimizando a las mujeres. En México todavía se sigue desconfiando de qué estaba haciendo ahí a esa hora, por qué traía esa ropa. Pero al menos hay sectores de la sociedad que dice: no, por ahí no va, está mal. Al menos hay una contraparte, una contravoz. Hace poco un cómico se burló de una chica que mataron y apareció en una sisterna y los papás lo denunciaron. Eso antes no pasaba. Las mujeres en concreto, sobre todo las jóvenes, están llevándose la parte más jodida allá. Aunque esta es una novela horrorosa, tenía ganas que sean las mujeres las que se movieran. Ponerle ese cuerpo femenino.

"Ciertamente el fantasma del narcotráfico
"Ciertamente el fantasma del narcotráfico está encima de todos en Latinoamérica”, afirma Laura Santos (Foto: Daniel Jayo)

—Sobre el final de la novela, en un epílogo con datos, decís que el objetivo del libro es “ser un grito de dolor”. ¿Qué puede hacer la literatura frente a problemáticas como estas?

—Es uno de mis conflictos, porque soy periodista. Tiene que ver con esta teorización de la comunicación que habla de la narcotización, que dice que cuando una noticia impacta mucho el cerebro la procesa como si fuera ficción. Por eso pudimos ver la Guerra de Irak, que fue la primera guerra televisada, mientras desayunábamos Froot Loops. Una investigación en la Universidad Iberoamericana de México sobre el estrés postraumático después de una noticia muy violenta reflejaba que en la sociedad que quedaba un estrés muy similar a una zona de guerra. Para protegerte lo procesas como si fueras ficción. Me he cuestionado mucho la validez de narrar o no el horror. Me hice muchísimos planteamientos éticos con esta novela. MI apuesta fue que tal vez desde la ficción podemos desnarcotizar la narcotizar: al ver como ficción tal vez puedas posicionarte. Que esto que está pasando y que está mal. A lo mejor, si se pueden reconocer ciertas situaciones, tal vez es como el primer rayito de esperanza para poder organizarnos y hacer ciertas cosas. Hay algo que noto mucho en la sociedad mexicana, algo que viene de un discurso político y de medios, que tiende a ser muy individualista. Si llueve y la calle se inunda el problema es de alguien que tiró la basura y se tapó la coladera, y no es de la autoridad que no limpió. Yo creo que persisten como medida de protección estos discursos muy individualistas. Y tal vez la literatura podría ayudarnos. A mí sí me ha cambiado como ser humano.

—Imagino que tuviste que trabajar la novela en su cuestiones más estructurales dejando de lado el horror. Me refiero a pensarla como producto cultural.

—Sí, es algo que trabajé mucho con Gabriela. Después de un capítulo muy denso trataba de meter alguno que tuviera más humor, más ironía, porque tenía que poder leerse, y también tenía que poder escribirse. Hay como una administración de la información y de los tiempos de impasse.

—Hay algo de telenovela también: en lo coloquial de los diálogos, en las cuestiones familiares, en el dramón.

—A mí la telenovela es un formato que me encanta. Yo crecí viendo telenovelas. Y mi mamá compraba una cosa que se llamaba Mi libro sentimental, que eran libros chiquitos: siempre eran mujeres turgentes e inocentes que eran corrompidas por un hombre. A mí me encantaba. A lo mejor tiene que ver. En la biografía dice que me defino como textoservidora, y creo que tiene que ver porque yo sí tengo una gana de provocar placer. Yo escribo para que el otro se sienta bien, es mi aspiración. La telenovela termina siendo un formato muy placentero.

Laura Santos en la presentación
Laura Santos en la presentación de la novela durante el ciclo cultural "Buenos Aires celebra México" (Foto: Bárbara Encuentro)

Laura Santos tenía quince años cuando su maestro de la secundaria le dijo a todos que tenían que leer un libro. Ella volvió a su casa, buscó entre los pocos que había y encontró uno muy chiquito forrado de rojo. La hija del bandido de Refugio Barragán de Toscano. “Caí en blandito, porque era una novela romántica que se desarrollaba en Guadalajara. A mi me alucinó porque hablaba de mis calles, de mis colores, de lo que yo conocía. Fui la hija del bandido y fui el bandido también”. Desde entonces, ahorraba para comprarse libros. Se iba a una librería llamada La José Luisa y hacía una ecuación con estas variables: el libro tenía eu gustarle, tener buena portada y alcanzarle. “Creo que tal vez nunca disfruté tanto la lectura como esos años”, dice.

Fue ese mismo profesor el que la introdujo en la escritura. Algo similar a La senda del perdedor de Charles Bukowski. “Sentí una gran identificación con Henry Chinaski porque me pasó algo muy parecido. A él lo mandaron a hacer una tarea, hizo un texto, lo inventó, la maestra se dio cuenta pero lo felicitó, y esa reafirmación a él le sirvió. A mí me pasó que nos pidieron que escribamos un poema, yo escribí uno que comparaba el amor con una baranda. Yo no había dado ni un beso. Y cuando lo leí me aplaudieron. Eso me generó mucho placer”.

A los veinte años empezó a escribir una novela que quedó a mitad de camino porque ahí irrumpió su interés por el periodismo. “Dejé de escribir ficción porque todo mi impulso estaba en el periodismo. Ahora estoy emberrinchada en terminarla. Se llama Maurilio”, anticipa. Esa irrupción duró muchos años. Quería ser escritora pero no podía decirlo en su casa. Vio que García Márquez y tantos otros de sus héroes habían sido periodistas antes de ser escritores. Eligió ese camino, esa coartada. Estudió Ciencias de la Comunicación y se zambulló en el mercado laboral haciendo encuestas en pueblos perdidos. “Fui escalando hasta ser la editora de la nota roja, que es el policiales de acá. Entonces me harté de ese periódico, conocí a mi marido y nos fuimos a vivir a la Ciudad de México”.

"En México los asesinatos de
"En México los asesinatos de periodistas son sistemáticos", dice Laura Santos (Foto: Daniel Jayo)

—Viviste de cerca todo este cambio que sufrió el periodismo en los últimos años con internet.

—Sí. Es un tema complicado. Hay una parte que le ha hecho muy bien al periodismo, que tiene que ver volúmenes de datos. Ha arrojado investigaciones y cosas bien valiosas. Puedes tener mucho más época. Pero lo que se anticipaba es que la inmediatez podía castigar bastante a la precisión, al rigor, a la objetividad. Oscila en esos dos puntos. Tiene también que ver con que los procesos de producción se han abaratado, también las condiciones laborales. Cuando nos quejamos de errores en notas habría que analizar las condiciones laborales de los trabajadores de prensa que hacen que no llegas a fin de mes, tienes que tener siete trabajos, están desencantados, enojados... todo eso termina jugando bastante en contra. Pero el rayito de esperanza que me queda también me dice que se hacen cosas increíbles con todo eso. Para mi gusto habría que apostarle a los medios independientes, que están haciendo cosas muy valientes. También el periodismo colaborativo. Acá, por ejemplo, estoy vinculada con Chicas Poderosas y su propuesta me encanta. Un punto que pones, un punto que te pagas. Porque hay que pagarlo. Además se están perdiendo los matices de grises, en general en la sociedad: clase media, clase baja, clase alta y ya casi no hay grises.

—¿En México es similar a lo que ocurre en Argentina?

—Sí, bastante. Hay desgaste y desencanto, calculo que como en toda Latinoamérica. Hay más trabajo pero las condiciones son malas. El otro día tomé un taller con una periodista que se llama Elia Baltazar. En México los asesinatos de periodistas son sistemáticos. Cuando yo me fui del periódico donde trabajaba recién empezaban las amenazas y ahora están a la orden del día. Entonces Elia se preguntaba qué hemos o qué no hemos hecho los periodistas para que la sociedad no nos defienda. Es una pregunta en la que tendríamos que detenernos bastante. Hay un descrédito y hay que analizar por qué. De hecho en la novela había pensado en algún momento meter un periodista develara el asesinato y me fue tan difícil construirlo que tuve que desistir. Creo que eso me duele en carne propia.

—¿Y la literatura?

—Yo creo que atraviesa un gran momento. Me gusta lo que están generando las letras femeninas. Por más que sean lugares comunes, de acá, de Argentina, me gusta Mariana Enríquez, Samanta Schweblin... De todos modos, y volviendo a los polos, la industria editorial tiene sus muchos problemas tanto en México como acá. Hay más libros que lectores y se le apuesta a los géneros que se creen más vendidos. También es un problema, tanto en México como acá, el papel, que es caro. El coco de todos los impresos. Pero más allá de eso, pasan cosas súper interesantes.

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