
Y un día llegó Elon Musk (es decir: @elonmusk) a Twitter y tomó las riendas de la compañía de la red social del pajarito. El famoso tuiter, el que impuso los hashtags a la comunicación más general. La red favorita de periodistas, políticos, escritores (sin limitarse a ellos) y cuyos demás consumidores mayoritariamente son jóvenes aún, pero que llegaron tarde para ser tiktokteros y que no son tan grandes como para quedarse solamente en Facebook e Instagram –junto a todos los productos primos reunidos en Meta, el emporio de Mark Zuckerberg–, y adultos jóvenes y maduros a quienes les interesa la información y la comunicación instantánea y pública. Llegó Elon Musk: la era de @jack (el nombre de usuario de Jack Dorsey, el creador principal del “concepto tuiter”) terminó. ¿Esto es bueno para sus 229 millones de usuarios activos?
Todo augura que no. Ustedes saben: Elon Musk es el hombre más rico del planeta. Sin embargo, eso no significa que tal condición sea una virtud. Bertolt Brecht podría decir: “Es mejor hackear una red social que comprar una por 44 mil millones de dólares”. Tal fue la cifra que –después de anuncios, retrocesos, amenazas de acciones legales y todo el show que gusta ofrecer el excéntrico multimillonario al resto de los mortales que debemos preocuparnos por el vil dinero y las formas de que no se disuelva en el aire mismo de la inflación mundial– debió oblar Elon, de nacionalidad sudafricana, antes de ingresar cargando un lavamanos al edificio de la empresa para señalar una opinión instagrameable. Y empezaron los despidos. Primero los gerentes. Ahora, 3500 trabajadores. La escritora argentina Mariana Enríquez huyó a tiempo.
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Ojo, que no huyó. Mariana, una de las más grandes cuentistas y novelistas de su generación, además de magnífica cronista, no se fue de Twitter debido a la llegada de Elon Musk (y ni siquiera se sabe aún si será una despedida definitiva) sino por el acoso, bullying o como quiera llamarse al cuestionamiento repetido que surgió en su cuenta, luego de una intervención de solidaridad gremial, en principio, y política, luego (con matices). ¿Pero qué pasó?

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Carolina Sanín, una escritora colombiana de ficción y ensayo y de formación académica en Literatura, tanto en Colombia como en Yale (Estados Unidos), volvió a plantear un tópico sobre el que se viene preguntando desde 2017, cuando lo hizo en una columna en la publicación estadounidense Vice. Sanín se pregunta acerca de los límites entre sexo biológico, género y la autopercepción. Su postura no es únicamente suya, individual, sino que responde al interrogante sobre si, conceptualmente y en términos prácticos, una mujer trans es homologable a una mujer cuyo origen es biológico. Sanín se opone a la equiparación conceptual (que tiene correlato en la vida real) de personas transexuales a la categoría mujer. Su última intervención sobre el asunto se encuentra en el monólogo de YouTube que tituló: “La identidad, las mujeres y el mundo siguiente” en el canal de la web Cambio.
No es una discusión que esté cerrada hasta sus últimos matices. Sin embargo, no fue un impedimento para la aprobación de la Ley de Identidad de Género en Argentina que otorgó derechos a una minoría que carecía, por ejemplo, devun documento que reconociera nombre y género cotidianos. Esta acción que pertenece al campo de los derechos humanos y que es una acción política -que debería replicarse en la mayor cantidad de países o que ven peligrar este tipo de logros, tal como el retroceso en la legalización del aborto en los Estados Unidos ¿Implica una toma de posición científico-política-ideológica? No.
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Hay posiciones en las discusiones de género más de avanzada, más extremistas, más conservadoras. Mientras tanto, se tiende a pensar, que es posible realizar preguntas sobre esta y otras cuestiones. Por ejemplo, una mujer trans que practique un deporte físico ¿Posee atributos similares que quienes poseen cuerpos de fisiología biológica femenina y, por lo tanto, puede jugar en una liga en igualdad de condiciones? Planteada esta duda, se debe informar a la población en general, ejem, que un subgrupo del feminismo abona la teoría de que la mujer peligra debido al otorgamiento de derechos a la minoría trans y se opone radicalmente a cualquier política de esta naturaleza. O que se niega a usar la declinación de género femenina al referirse a una travesti o no duda en aliarse a los sectores más reaccionarios en pos de un objetivo común, al que llegaron mediante un sistema distinto de premisas de razonamiento. Lo cual es distinto que hacerse preguntas.

No lo pensó así la editorial mexicana Almadía, que decidió que no publicaría los libros de Sanín Somos luces abismales y Tu cruz en el cielo desierto, por un contrato que había sido firmado tiempo atrás. La escritora tuiteó: “Me parece que la decisión de cancelar un contrato ya firmado por unos libros (que, además, no tienen que ver con el tema en cuestión) sienta un precedente tenebroso”. Para muchos, una decisión empresarial por lo menos polémica, cuando no repudiable.
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“Solidaridad Carolina, no lo esperaba de ellos a quienes aprecio mucho. Creo que es importante discutir y no estar de acuerdo. Es importante inclusive para afirmar la posición propia, sin contrastar cómo saber”, tuiteó Mariana Enríquez. ¡Para qué! A Enríquez le llegó también el cartelito de “transodiante”, “TERF” (Feminista Radical Trans Excluyente, por sus siglas en inglés), “amiga de las TERF” y hasta “petisa” (bueno, no se llegó a tanto). Entonces la argentina tuiteó: “Yo no soy terfa. Estoy feliz de vivir en un país con ley de identidad de género. Pero no me gusta que se decida no publicar a alguien porque piensa de una manera con la que no estoy de acuerdo -sus libros no tratan el tema en cuestión-. Pueden estar en desacuerdo con eso. Ya vi todos los posts con las que cosas que ella dijo. También vi su video donde explica con más tranquilidad. Sus libros no tienen nada que ver con eso. La editorial puede decidir no trabajar con ella? Claro. Y yo puedo pensar que no corresponde”. Y la autora de Nuestra parte de noche dio de baja su cuenta en Twitter.
Al escuchar el monólogo, parece que en varios puntos la argumentación de Sanín es un tanto endeble y en otros muestra mayor rigor. En realidad no importa. Es su posición pública desde 2017 y la editorial que contrataba dos libros para su distribución en México canceló el contrato por reafirmar su posición. Para los escritores, las regalías que devengan las ventas de los libros (en general, un 10 por ciento del precio de venta al público) forman parte de la parte salarial que la editorial, la parte empresarial, debería cumplir con su parte del contrato que, claro, podría ser cancelado, pero no por una súbita diferencia ideológica con el autor. Más allá de las ideas de Sanín, la solidaridad de Mariana Enríquez no es solo de tipo afectivo sino que se ubica en el campo gremial, al que se sumaron otros escritores y escritoras en el país. Bien por ellos. También esta columna les solicita que no abandonen Twitter y que se queden para ver qué pasa con la red social a partir del nuevo reinado de Elon Musk.
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Llegó Elon, Mariana se fue. Mariana Enríquez es de las pocas personas en el mundo con acceso directo al Necronomicon, así que no partió por Elon. Pero razones le hubieran sobrado. ¿Es este empresario el más rico del planeta? Sí, lo es. ¿Es un chanta derechista? Una cosa no quita la otra, más bien se complementan. Como dice un artículo de la revista española Jot Down (cuya impresión local es lindísima y auspiciada por Libros del Zorzal): “La mayor parte de su fortuna consiste en acciones aún sin vender cuyo valor está bajando porque las expectativas que ha despertado durante años no se están cumpliendo”. ¿A qué se refiere? Primero, al anuncio de que al iniciarse la pandemia Covid auguró que los Estados Unidos tendría cero contagiados y una consecuente postura antivacunas (afirmó que no se pondría una, antes de contagiarse él mismo dos veces). Luego, dijo que su compañía Space X instalaría una base permanente en Marte en 2028, pero aún no ha llegado ni siquiera a la Luna (de cualquier manera, se le puede dar un changüí teniendo en cuenta los dolores de cabeza que le causa Twitter). Hace años que anuncia que sus automóviles Tesla dominarán las rutas del mundo sin conductor humano a cargo, sino la tecnología inteligente emanada de su genio: nada, tampoco.
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Anunció que presentaría un robot listo para reemplazar a los obreros de las fábricas. La presentación fue un fiasco, con un bailarín disfrazado de robot. Lo mismo pasa con sus periódicas donaciones a causas de bien común, que se anuncian con pompa y redoblantes para luego caer en el olvido. ¿Recuerdan que Amber Hearst, la ex esposa de Johnny Depp que perdió el megajuicio recientemente, fue atacada por haber anunciado frente a las cámaras que iba a donar lo recibido como parte del divorcio a diferentes hospitales que finalmente no recibieron ni un sólo peso (ni dólar Qatar)? Bueno, fue novia de Elon Musk.
Ahora va por Twitter. Y no tiene la menor idea sobre qué hacer. En el interín, llama a votar a los republicanos cada vez más derechistas en nombre de la razón del equilibrio. En fin. La idea de cobrar por las cuentas verificadas lo metió en un berenjenal de raigambre lógica. Algunas personas malvadas ya están preparando pochoclos para ver cómo maneja la red social de los doscientos ochenta caracteres por tuit. Seguramente, se asistirá a un festival de insultos a un megaultramillonario, con mensajes breves lanzados al universo infinito de la web. No parece un mal plan, después de todo.
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