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Naturaleza, hedonismo pop y el valor simbólico de los hongos: 3 discos para escuchar este fin de semana

Las nuevas obras de La Charo (“Formoseña”), Björk (“Fossora”) y Javiera Mena (“Nocturna”) resaltan en la marea musical del último tramo de 2022. Desde Chile, Islandia y Argentina, las tres artistas revelan una exquisita cosmovisión sonora y lo mucho que tienen para decir

“Fossora” de Bjork, “Nocturna” de Javiera Mena y “Formoseña” de La Charo
Tres nuevos discos publicados en las últimas semanas: La Charo, "Formoseña"; Björk, "Fossora"; Javiera Mena "Nocturna".
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Fossora, de Björk

En “Atopos”, la canción de apertura del nuevo disco de Björk, se puede resumir el genoma musical de esta producción. Es el sonido penetrante, crudo y visceral de pulso electrónico del Dj indonesio Kasimyn, como si fuera una cortadora de césped atravesando el cráneo combinado con el sonido melódico y a veces entrecortado de una línea de clarinetes con diferentes tonalidades, desde el soprano hasta el bajo (como si fuera una respiración agitada). Dentro de esa cápsula de una microrave, la voz de la cantante islandesa se abre paso como si fuera una sacerdotisa hereje del baile hablando de la esperanza, la falta de conexión entre los humanos y la necesidad de amor antes que llegue la destrucción. La décima producción de Björk, a sus tres décadas de música, es tan hipnótica como salvaje. Una obra tan gigante como el entorno de la naturaleza donde nació el disco: su cabaña a 40 minutos de Reykjavik, ubicada entre un lago y uno de los volcanes de la isla, donde se refugió durante la pandemia.

Fossora tiene una búsqueda ambiciosa. Atrapar el valor simbólico de la función de los hongos en el planeta y como pueden transformar la materia muerta en nueva vida. Björk, se aferra a esa metáfora existencial, esperanzadora y poética, como concepto estético. Las trece canciones funcionan como una elegía sinfónica, atravesada por los pulsos noise del gabba, ese subgénero de la música electrónica de los noventa, y los coros opulentos, donde la voz de Björk se eleva como un rezo, o una invocación a deidades de la naturaleza, aunque se defina como atea, hija de una madre nihilista. “Estos obstáculos sólo nos están enseñando / Para que podamos fusionarnos aún más profundamente / En nuestro propio mineral”, canta en “Ovule”.

La experimentación que atraviesa el espíritu del álbum alcanza en “Mycelia”, un momento de implosión. El tema fue compuesto a partir de una librería de sus voces sampleadas, que funcionan como el sismógrafo emocional y musical de Bjork en la tierra, afinado en diferentes frecuencias. En “Fagurt er í fjörðum”, puede conectarse a una melodía que suena tan antigua y mitológica como las leyendas sobre vikingos de su tierra islandesa. Como vanguardista y pensadora del pop contemporáneo, Bjork puede hablar de los arquetipos jungeanos en una canción como “Victimhood”, explorar orquestaciones suaves, donde su voz parece flotar sola en el cosmos en canciones como “Alow”, o reflexionar sobre el síntoma del nido vacío, dedicada a su hija de 19 años Isadora, que dejó el hogar matriarcal, para zigzaguear sobre una melodía melancólica y suave que suena a requiem.

Videoclip de la canción "Ancestress", de Björk, incluida en el disco "Fossora" (2022)

Entrar en el mundo de Björk en cada álbum es iniciarse en un ritual extraño y potente. Pero en esta producción, la artista no solo logra que su concepción estética y musical estén perfectamente alineadas, sino que además el trasfondo simbólico de reinicio de alguna manera impregna cada uno de los tracks. En este trabajo la densidad lírica está atravesada por el sentimiento ancestral de la despedida a su madre, que murió en 2018, y a la que dedica dos de sus obras más lúcidas de este álbum: “Sorrowful Soil” y “”Ancestress”. En ese sentido, cada canción funciona como un reseteo musical de lo anterior, y de su propia vida, en un pequeño ritual que la transforma, y transforma a quién la escucha.

Nocturna, de Javiera Mena

Quinto disco solista de la cantante y productora chilena. El hedonismo pop y bailable, el ambiente disco, la sensación del cuerpo al bailar, el guiño sensual y erótico de las canciones, y los rituales de iniciación amorosa, están envueltos por el barniz de los sintetizadores y ese susurro interpretativo, sensual y sofisticado, que recuerda a artistas como Sade. Desde su título la artista anuda su propia infancia mirando los cielos nocturnos de Chile, el descubrimiento de la sensualidad y la atracción por los cuerpos femeninos, y el disfrute de la música bailada al ritmo de la música en los clubes nocturnos.

Montado sobre un trepidante sonido dance, “La isla de Lesbos”, es un himno queer de principio a fin: Javiera, es uno de los íconos del movimiento LGBTQ+ por su postura militante. “Casa, jardín y quien pague la cuenta / Prisionera de una vida que parece perfecta / No amarres los deseos / Que yo quiero desatar cuando te veo Señora, pisa mi terreno”, invita la cantante en la canción que abre el disco.

El tratamiento vintage del álbum, la utilización de los teclados con efectos, la irrupción del saxo y el groove que aportan los beats urbanos, en temas como “Debilidad”, o el inapelable sonido pop de canciones como “Peligrosa”, con un estribillo pegadizo y magnético, no le restan actualidad al sonido general del disco, sino que robustecen esa línea temporal de la escuela electropop. A pesar de reutilizar materiales de otras épocas, como el tecno pop de los ochenta y el pulso dance de los noventa, Javiera Mena se apropia de esos sonidos y lo reactualiza con letras imaginativas, desenfadadas y sensuales. “Estoy un poco nerviosa. Me siento peligrosa. Las calles desembocan hacia ti”, dice en “Me gustas tu”, uno de esos temas que antecede a la fiebre de sábado por la noche, y que se convertirá en un clásico de sus conciertos.

Videoclip de la canción "Me gustas tu", de Javiera Mena, parte del disco "Nocturna" (2022)

Criada en un hogar católico -como la gran mayoría de las familias de clase media chilena- Javiera Mena busca en sus letras la complicidad de aquellas chicas que no salieron del closet en temas como “Sombra”, y de quienes que viven con libertad su sexualidad en “Diva”, junto al español Chico Blanco.

Su fuerza y honestidad traza un cnancionero sólido y fresco, vestido con la brillantina del pop, en “Corazón astral”, donde se imagina acabando en una playa junto a una mujer morena. Así, la artista dibuja su propio “jardín de las delicias” como El Bosco, pero en impresiones electrónicas, cuadros bailables y estribillos que se adhieren al cuerpo. Pero además, Javiera, abre su mundo íntimo y vulnerable en baladas como “Sincronización”, una de las mejores del álbum, que revela sus capas de profundidad como autora. Sabe como hablar de la soledad en tiempos de hiperconectividasd digital, aún en el ambiente ruidoso y festivo de una discoteca.

Formoseña, de La Charo

Mientras el proyecto Tonolec sigue en pausa, la cantante Charo Bogarín parece expandir su universo como solista, ya no solo al rescate de su herencia guaraní, sino que proyecta su música y su voz, en sincronía con lo que suena en todo el continente. Sin embargo, Formoseña podría ser una paradoja porque el título del disco hace pie justamente en su identidad. Nació en Clorinda, Formosa, en 1972, se crió en Resistencia, Chaco, y transcurre sus días en Buenos Aires. En ese tránsito, su música se fue alimentando de la raíz originaria de su familia, junto a las influencias de artistas como Björk y la mexicana Lila Downs. Con su tercer disco solista, La Charo no sólo afianza su camino solista sino que sintetiza esas búsquedas musicales en un canon propio, que ayudó a cohesionar el productor Lucio Mantel.

Videoclip de la canción "Pausado viene el amor", de La Charo, parte del disco "Formoseña" (2022)

La mirada autoral de Charo se vincula con la naturaleza, la vida cotidiana de los pueblos de América Latina y la celebración de sus ritmos populares. “Aguita de manantial”, es una poderosa cumbia que eleva su canto hacia el poder de la naturaleza. “Formoseña”, es una pintura cotidiana de un pueblo rural sobre el cadencioso chotis, un ritmo que se toca y se baila en las fiestas campesinas. “El mentiroso”, es una vibrante tonada junto a Celso Duarte, músico de Lila Downs, que toca el arpa y las jaranas, en una copla de desamor y desengaño. El díptico cancionero de “Pausado viene el amor”, una tonada profunda y aérea, sobre un arreglo de cuerdas y vientos, y la ranchera “Voz de la montaña”, parecen unir los imaginarios de Violeta Parra y Chavela Vargas.

La Charo se mueve con naturalidad y emoción interpretativa, entre la intensidad del ritmo de 6 x 8 en “Pajarito”, una fábula que le calza a Charo como un guante de seda, y “Caña y tambor”, otra cumbia hecha y derecha, acompañada por La Delio Valdés. “Sabana esperanzada”, es un homenaje a Jaime Torres, autor de la música y cuya letra pertenece al dibujante Tute, que en su voz suena con la melancolía de quién despide a un amigo.

En el final, La Charo se reserva una versión acústica de “Pausado viene el amor”, como un final en fade out, donde brilla su canto, esa voz antigua que no es solo de este tiempo, sino que fue fraguada por la madre tierra durante miles de años.

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