Un niño juega en la orilla de una playa pedregosa. Escarba con sus dedos, chapotea el agua, vuelve a empezar. Desde una casa una mujer, su madre, le grita que no coma nada que vaya a encontrar. Siguiente escena. El niño está sentado en el baño. Entre sus manos, un cubo plástico, de un color artificial. El niño come un trozo del cubo. Lo mastica. Come un trozo más. El cubo va adquiriendo la forma de sus dentelladas. La madre lo mira desde el vano de la puerta. Siguiente escena. El niño duerme. Su madre lo mira. Se acerca. Toma una almohada. Lo comienza a asfixiar.
Si el espectador continúa en la butaca después de los dos primeros minutos de Crímenes del futuro, la última película del gran David Cronenberg, genio del terror, pues solo se puede señalar que pertenece a ese público que venera, con razón, al director y festeja, esta vez con mayor razón, cada nueva realización del bueno de David. Si continúa frente a la pantalla después de ese comienzo (que, bien pensado, bien podría ser un corto de terror autosuficiente), el espectador asistirá a un gran film en el que el futuro no se disputará en la velocidad de las naves o los contactos alienígenas, sino que confrontará a la humanidad con un duelo consigo misma, de tal modo que es posible que en este futuro (cercano, por otra parte) dé comienzo a la era de la poshumanidad.

La cuestión es así: los cuerpos humanos mutan, pero no en la apariencia, sino en su interior: una serie de nuevos órganos se alojan en los organismos, y corresponde a quien los posea decidir qué hacer con su nueva adquisición. Saul Tenser (interpretado por Viggo Mortenssen), por ejemplo, adquiere cantidades y cantidades de órganos nuevos, desconocidos, cada cierto tiempo. Vive junto con Caprice (Léa Seydoux) quien es su partenaire en las performances que realizan: ambos son artistas del cuerpo. Caprice era cirujana y, durante las performances, relata al cuerpo de Saul (¿tal vez como lo hacían los personajes de La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp, pintura de Rembrandt?) y, con un sofisticado control remoto, abre el cuerpo de su compañero, lo disecciona, corta los órganos, los muestra el público. Porque si la poshumanidad sigue teniendo un aspecto meramente humano, el arte merece explorar la diferencia de esos cuerpos.
Se dirá que existen dos organismos estatales para el registro de las cosas de aquel (¿este?, ¿cuándo comienza ese futuro? ¿no asistimos –si bien de modo artificial– a la mayor transformación del cuerpo humano de todos los tiempos?) tiempo: la Unidad de Nuevos Vicios y el Registro Nacional de Órganos. Los nuevos vicios, bueno, agreguemos que el umbral del dolor es tal alto que ya la represión no es una amenaza para quien comete un delito, y que, como se dice en el film, “el crimen es este tiempo”. El Registro refiere al afán estatal de ordenarlo todo, registrarlo, enumerarlo, una característica burocrática (para bien y para mal) de todos los tiempos. Se dirá de un grupo organizado cuyos planteos biopolíticos parecen adecuados para el ciclo poshumano que se atraviesa. Y que el sexo aparece con nuevas características tan tiernas como perturbadoras.

Cronenberg regresa al cuerpo, el origen de su marca trazable en sus primeras películas y en sus mayores obras. Filmada en Grecia, donde la filosofía comenzó a pensar lo humano, es una apropiada locación para la continuidad de las obsesiones cronenbergianas atravesadas por una enciclopedia acerca de la biopolítica en forma de narración cinematográfica. El film se puede ver en pantalla grande en la sala Leopoldo Lugones del Teatro General San Martín y luego, desde el viernes 29 de julio, en la plataforma MUBI. La pantalla grande debería ser aprovechada si es que el lector ansía ser espectador de esta gran película. Sepa, sin embargo, que de querer esta opción debe apurarse, ya que las localidades se están agotando a la velocidad de los tiempos, que, como ya dijimos, pueden ser criminales, poshumanos, biopolíticos o una oscura fiesta del cine, todo a la vez.
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