
Nombrar al Museo del libro y de la lengua, Horacio González, no solo es un acto de justicia. Emparenta al Museo con el museo de la novela de la eterna, el lugar de las cosas que perdimos en el fuego, el de las criaturas que duermen a nuestro lado y otras geografías de los libros, tal es el talante literario del nombrado.
Elegir su nombre es poner bajo su insuflo inventor todo lo que allí se muestre. Pero hay algo más. “La política de los nombres es aquí memoria de los que ya no están –escribe María Pia López en Yo ya no–. Como pensaba Lugones y Horacio suele recordar, los muertos son el adobe de la patria. Nombrarlos se vincula a la idea de justicia, de hacer resonar, de impedir que se diluyan. Es posible que nunca dejemos de hablar con los muertos amados, que los objetos los nombren con su voz muda y los paisajes los soliciten como visitantes inesperados y nosotros, incapaces de conjurar y de olvidar, deambulemos entre nuestros fantasmas. En el ensayista eso deviene política explícita y discusión no menos política. Si nombrar es hacer justicia, omitir es práctica injusta”.
Bellas palabas que con la ausencia del amigo se vuelven urgentes. Es preciso recordar que la dictadura fue, ante todo, una política nefasta del nombre. Arte criminal del adjetivo: “subversivo”, “delincuente”, “desaparecido”. La denominación de “marcadores” desplazaba la culpa y el acto a los cautivos que sacaban de los campos para identificar en las fronteras a los compañeros que volvían al país. Arrancar nombres mediante la picana y el submarino, la venda y la capucha, fue su práctica. Hacerlo a menudo no era utilitario –ya que se conocía el nombre a arrancar– sino una prueba de sojuzgamiento. Que la víctima “hablara” develaba la intención de volverlo abyecto para sus compañeros.
La resistencia: tragarse nombres, dar nombres falsos, nombres de quien ya estaba protegido por un cambio de identidad, un cambio de domicilio. Entonces el nombrar se transformó para nosotros en misión primera.
Otra cosa es des-nombrar.
En 2010 Horacio González quitó de la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional el nombre de Gustavo Martínez Zuviría –alias Hugo Wast, anagrama de su nombre de pila en una grafía inventada pseudonórdica: “Ghustawo”, un antisemita profesional–, por el de Ezequiel Martínez Estrada, el de La cabeza de Goliath, hermano de Quiroga, radiólogo de La Pampa.
Pero González en su des-nombrar hizo algo más: bajar el nombre del profesional abogado, político de derechas, seguramente opositor del uso marital del preservativo e ido en prole como gallina ponedora, autor del best-seller Alegre (¿precursor de la revolución de la alegría?) y sustituirlo por el de un autodidacta, un “único-único” como diría Nicolás Rosa, jubilado en el Correo Central de Buenos Aires, porque jamás una biblioteca es acopio de expertos y eruditos, sino un collage abierto a los mil y un deseos, la de cada uno, como el ADN es único.
Pienso que el des-nombrar de González para volver a nombrar es un gesto hermano al de Néstor Kirchner cuando ordenó bajar los retratos del general Videla y Reynaldo Bignone de la pared dedicada a la serie de mandatarios argentinos del Colegio Militar –no mezclo registros, ni confundo jerarquías, ni blasfemo, asocio y asociar no podría ser nunca algo que González hubiera cuestionado–.
Como nunca el nombrar será en exceso, proponemos, junto a la bendición laica del nombre de González, agregar otros nombres a los que nombran actualmente las salas del Museo.
A Leónidas Lamborghini – Osvaldo Lamborghini.
A Roberto Arlt – Rodolfo Walsh.
A Arturo Jaureche – María Elena Walsh.
A Julio Cortázar – Alejandra Pizarnik.
A David Viñas – Lohana Berkins.
A Boris Spivacow – Milagros Sala.
Que el renombrar no signifique deponer sino decir más largo, como siempre que se quiere reparar una injusticia.
Renombrar es proponer afinidades electivas, alentar tensiones conversables antes que intenten disolverse en un simple punto final, promover el ensayo sobre estas potencialidades despertadas por el nombre y que podrían publicarse en la colección De par en par. ¿Acaso a Erdosain no le hubiera fascinado el Rodolfo Walsh criptógrafo? ¿No existe una afinidad entre La paja en el ojo ajeno y los cronopios? ¿No son tan complejas las claves de Tartabul como las del carrinche, lengua travesti de Lohana?
¿No es un justo deseo político poner a Milagro Sala a cielo abierto?
Somos animistas. En el nombre de Horacio González oímos su voz como en los nombres de las salas del Museo la de ellos, en una suerte de “Coloquio de las Ánimas Socarronas”, donde se discuten todas las ideas de este mundo y del otro.
Que cuando pasemos por el Museo de noche, oigamos murmullos, risas. Que esa sea la leyenda, el mito que inquiete al barrio. Desde ahora.
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