
Ítalo Calvino, en un capítulo de Por qué leer los clásicos, propone catorce argumentos de qué hace clásico a un clásico. Hay que subrayar dos: son obras que nunca terminan de decir lo que tiene que decir, y son aquello que persiste como ruido de fondo incluso ahí donde la actualidad más incompatible se impone. Entonces, antes que responder a ¿por qué?, esta nota intenta responder la pregunta ¿cómo? Lo universal pareciera ser algo reconocible incluso cuando no se conozca la obra.
Bajo esta lógica de buscarle una razón, o, en realidad, una fuerza a las relecturas, aparecen en la escena teatral de Buenos Aires tres versiones contemporáneas de distintas obras de Shakespeare: Habitación Macbeth, Los finales felices son para otros y Shakespeare ha muerto. En las vísperas de estreno de Julio César en la piel de Moria Casán, recomendamos tres obras para continuar con el recorrido shakespeariano.
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Habitación Macbeth

Pocas veces me encontré en un estado de fascinación tal como viendo a Pompeyo Audivert hacer Macbeth. Las itálicas no son accidentales: Pompeyo hace y dirige toda la obra, todos los personajes, solo acompañado de Claudio Peña en violoncello y algunas pequeñas interacciones verbales. La mayor compañía son las distintas versiones de sí mismo.
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La revolución no es solo con la obra de Shakespeare. Es una postura nueva sobre lo que es un monólogo, sobre las posibilidades del cuerpo y la preparación del personaje. “Hacemos lo que podemos con el cuerpo que tenemos”, advierte al principio de la obra, y esa frase lo transforma en un superhéroe de la acción, donde las posibilidades de eso que su cuerpo puede son prácticamente infinitas. Pompeyo anula el precalentamiento, en cuestión de segundos va de Duncan a Macbeth, o a Banquo, o a quien le toque. El límite de qué es un personaje se esfuma totalmente, se transforma en algo completamente nuevo.
Lo increíble es que el argumento original se sigue a la perfección, y no sin un desafío para los espectadores. Uno tiene que acordarse qué cuerpo, qué Pompeyo, representa cada personaje. Tiene que acordarse los nombres y las funciones, cosa que podría ser difícil con espectadores tan distraídos como los de hoy, pero nuevamente el teatro logra lo imposible. La dramaturgia de Habitación Macbeth está tan pulida, tan bien hecha, que entender qué está pasando requiere únicamente ver y disfrutar la obra.
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Podemos pensar que la puesta y sus lógicas están movilizadas por la locura de Macbeth, o que es un juego de límites, o que es una postura política respecto de lo que puede o no un actor. Todas pueden ser correctas, y elegir una no nos quita la sensación del borde de la butaca. Observar a Pompeyo transformarse merece todas las hipótesis y a la vez ninguna: se trata de sentarse y disfrutar el espectáculo del cuerpo.
*Habitación Macbeth, sábados a las 21hs y domingo a las 20hs en el Centro Cultural de la Cooperación.
Los finales felices son para otros

En Los finales felices son para otros, Ricardo III se transforma en Ricky, e Inglaterra en un galpón. Lo que en la obra original es la herencia de una corona, acá se vuelve un policial sobre hipotecas y escrituras de fábricas. El guión sigue la lógica del original: Ricardo (Julián Ponce Campos), rengo, jorobado, planea a diestra y siniestra quedarse con el poder familiar. Asesina a quien puede en el camino, y en algún momento esa ambición se transforma en fantasmas. Los otros personajes también continúan sus historias, aunque con los nombres cambiados: el Rey Eduardo es León (Martín Gallo), Jorge de Clarence es Leto (Augusto Ghirardelli), la Reina Isabel es Eli (Mariana Mayoraz), Lady Ana es Lara (Sofía Nemirovsky) y el duque de Buckingham es el inspector Bucky (Matías Pellegrini Sánchez).
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Parte de las posibilidades que incluyen reescribir La tragedia de Ricardo III hoy es problematizar el cuerpo de Ricardo. En la obra resuenan frases como: “Vos tenés que nacer de vuelta, incubadora”, “A vos no te toca nadie ni con un palo envenenado”, o, en la voz de Ricky mismo, “¿Por qué creer que el mal se esconde en un envase tan horrible? ¿Por qué tengo que ser el monstruo yo? (...) Yo soy un síntoma”. Entre los deseos homicidas y una mentalidad estratega, se asoman el dolor y la angustia de alguien que vive con un cuerpo ajenizado. Sus hermanos, su familia, habilitan la venganza bajo un maltrato horrible y devastador.
Gran parte del elenco viene de haber hecho una brillante versión de Hamlet, bajo el título de Ojalá las paredes gritaran. El recorrido y la experiencia son evidentes, los actores llevan esa historia y esos vínculos encima. Los personajes acá, a diferencia de la anterior adaptación, adquieren violencia física. Se tocan, se desnudan, se pegan. Se acusan de vírgenes, de borrachos, de deformes. La escenografía es ruidosa y metálica y todo parece tener el potencial de derrumbarse en segundos. Los actores, y especialmente Ponce Campos, hacen de su cuerpo un espectáculo metamórfico, los ceden para que la obra llegue a su máximo potencial.
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*Los finales felices son para otros, sábados 20hs en Espacio Callejón.
Shakespeare ha muerto

“Esto no es una obra de teatro”, comienza uno de los personajes, que parece encarnar, con un megáfono, la figura del coro. La duda de Hamlet, el ser o no ser, se transfiere al mismo espectáculo. Cuenta, también, el argumento de la obra: actores quieren matar a Shakespeare, que no es el dramaturgo inglés sino otro, argentino, porteño, que decide plagiar su nombre. Una obra no-obra que parece una fiesta, una fiesta que se tiñe de sangre. El retorno de Shakespeare se conforma en un loop dramático que comienza, ni más ni menos, con el asesinato de Freud, el otro padre de los padres, en un número musical.
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En este caso, la relectura no es de una obra, sino del corpus completo. Aparecen Ofelia con sus flores, el padre en Hamlet, las profecías, Romeo y Julieta, la tempestad. Los personajes de las distintas historias no se cruzan, sino que, a modo de sketch organizado, van construyendo el relato de los actores y el falso William Shakespeare. La dirección de Juan Seré, como en Himalaya y en Pelotari, explora los bordes, interviniendo en el espacio, los vestuarios y maquillajes para amplificar la narración. Algo no menor, que hace acordar a las históricas puestas de Shakespeare in the Park, es que el escenario es un patio lleno de árboles.
El trabajo muestra una lectura tópica, que permite al espectador menos shakespeariano entender las referencias. Mediante lo que la compañía Rojo Accidente llama un “adagio anfetoso irresponsable” y un homenaje que no respeta límites, le sacan el cuero al barón inglés y queda entremezclado con aceites esenciales y subsidios. Pero, como cualquier buen padre muerto, cobra más fuerza una vez asesinado.
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*Shakespeare ha muerto, domingos 20hs en Animal Teatro.
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