
Pilar Quintana estuvo en la Feria del Libro de Buenos Aires con una novela que nos sumerge en la selva del Pacífico colombiano. Noche negra condensa cuatro días de angustia en la mente de una mujer sola, Rosa, frente a la naturaleza y los hombres que la rodean, mientras su esposo sale de viaje.
La historia sigue a Rosa, una mujer de ciudad que abandona su trabajo en una consultoría para construir con su pareja irlandesa, Gene, una casa en un paraje selvático a orillas del Pacífico. Cuando Gene debe viajar por unos trámites, Rosa queda sola en la vastedad de la selva. Lo que el lector encuentra a partir de ese momento no es un relato de aventura ni de retorno a la naturaleza: es Rosa en estado de alerta constante, narrado con la tensión de un crescendo que no cede hasta la última página.
PUBLICIDAD
A lo largo de esos cuatro días, la protagonista se enfrenta a una triple amenaza: los elementos de una selva indómita —vendavales, serpientes, murciélagos, la oscuridad absoluta de la luna nueva—, el acecho de vecinos que, al saber que está sola, se vuelven impredecibles, y los fantasmas de un pasado que aflora en flashbacks en los que la autora va desvelando los traumas, los secretos y la historia familiar de Rosa. La novela alterna ese presente de tensión con esos retazos del pasado hasta que los peligros reales y los imaginarios se vuelven indistinguibles.
Pilar Quintana nació en Cali en 1972 y estudió comunicación social en la Universidad Javeriana de Bogotá. En 2007, el Hay Festival la seleccionó como uno de los 39 escritores latinoamericanos menores de 39 años más prometedores. Su novela La perra (2017), traducida a más de 20 idiomas, fue finalista del National Book Award de Estados Unidos y ganó el Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana y el PEN Translates Award. En 2021 obtuvo el Premio Alfaguara de Novela con Los abismos, también finalista del National Book Award en su edición en inglés. Noche negra es su sexta novela.
PUBLICIDAD

–¿Cómo surgió está novela?
—Viví nueve años en el Pacífico colombiano, en una región muy parecida a la que describo en la novela. Y mi marido tuvo que irse porque tenía una cirugía. Yo lo acompañé la primera semana, pero luego tuve que volverme porque no podíamos dejar la casa sola, y me quedé tres meses sola en mi casa de la selva. Y creo que experimenté algunas situaciones parecidas a las que atraviesa Rosa; como el acoso de un par de vecinos –gente del pueblo que se volvió amenazante–. Se instaló un murciélago a vivir en mi clóset, y ese tipo de situaciones. Y mientras eso me estaba pasando, yo me sentía muy valiente y todo muy bien, pero cuando ya volvió mi marido, volví a mi vida normal. Me parece que entendí que había sido una experiencia profunda, tanto que algún día iba a hacerle un libro. Y este es el libro.
PUBLICIDAD
—O sea que en realidad, sin ser autobiográfico, el material lo es.
—Mmm, es complicado porque, no. Rosa es diferentísima de mí. Compartimos ciertas experiencias. Yo usé las cosas que me pasaron a mí para construir ese personaje. Pero yo no podría decir que es una novela autobiográfica. Es una novela de ficción.
PUBLICIDAD
—Aunque viviste en un lugar así agreste. Por ahí no en una casa tan precaria, por supuesto.
—Sí, bueno, mi casa también lo era. Mira, yo no soy una escritora de la imaginación, sino que para escribir algo tengo que conocerlo profundamente. Si voy a describir un árbol, tengo que ir y ver el árbol y tocarlo. Sí me fui a vivir con mi exmarido, a construir mi propia casa con mis manos, una cabaña de madera. Entonces, este personaje está basado en eso, digamos. Hay experiencias reales que alimentan esta ficción, pero todo está tan tergiversado que yo no podría decir: “Rosa es un alter ego”, porque no lo es. Rosa nació en 1941, yo soy de 1972. Las circunstancias de su vida son completamente ajenas a las mías. Mi familia no está conformada así, pero sí compartimos el sueño de irnos a vivir a un lugar alejado y salvaje. Y ese lugar alejado y salvaje me ha servido para construir un universo narrativo que está presente en La perra, en unos cuentos y en Noche negra. Rosa y Gene, pues, no sé si se parecen a mí y a mi esposo, pero hicieron lo mismo que nosotros, que yo hice. Creo que lo que vos decís de que todos los escritores podemos trazar el origen de nuestras historias a la experiencia real, pero en este [caso] es muy obvia esa experiencia.
PUBLICIDAD
—¿Es de las más obvias de toda tu escritura?
—Es de las más obvias, sí. En Los abismos, las personas que estudiaron conmigo en el colegio, me decían: “Pero es que es muy obvio que ese apartamento de esa niña en Cali es igualito a tu apartamento”. Y yo: “Bueno, sí, el apartamento está basado en eso”. Hay diferencias sustanciales, pero en mi obra sí hay cosas que se comparten con mi vida, pero luego está tergiversado y convertido en ficción.
PUBLICIDAD

—Mencionaste que Rosa nació en 1940. En un primer momento parece que la historia fuera a principios del siglo XX. Después me di cuenta de que no. ¿Hubo una intención de que la época fuera medio brumosa?
—La época no importa. Hacia el final importa más, si sos colombiano, porque cuando empieza a nombrarse el M-19, esos guerrilleros que aparecen en la radio, ya el colombiano sabe “esto es 1980”, con absoluta certeza. Pero bien podría haber pasado en 1940 o bien podría haber pasado en los 2000. En una zona remota, sin luz, sin radio. Entonces no era muy importante. Al principio yo empecé a dar claves. Porque hacia el final yo sabía que iba a llegar a una temporalidad más exacta. Entonces, para que no llegara como una sorpresa, si el lector toda la novela se había estado imaginando que esto pasaba en 1910, y de repente se daba cuenta “no, es 1980”. Empecé a dejar esas claves: en el bar donde está sonando la música tienen discos de acetato, pero luego ella tiene puesto un bikini.
PUBLICIDAD
—Claro.
—Voy dejando esas claves que nos van situando en un tiempo más preciso, pero en realidad lo importante es que pasara en un lugar donde no había luz eléctrica.
PUBLICIDAD
—¿Se podría considerar que la selva es un protagonista casi tan importante como Rosa, más allá de ser el escenario?
—Hay una pregunta acá sobre la naturaleza. Yo he venido haciendo novelas y cuentos donde la naturaleza está muy presente. Pero si me preguntaran “¿cuál es tu novela de la naturaleza?” Es esta. Esta novela parte de una premisa, y es que tendemos a sentir que estamos aparte de la naturaleza. Que somos una creación única y especial de la naturaleza. Y yo creo que esta novela tiene una tesis y es que la selva no está afuera, sino que también está adentro: y es una mujer de ciudad quien va a descubrir eso. En ese sentido, creo que la selva tiene acá un valor especial. No sé si exactamente de personaje, pero puede ser que sea de personaje, porque lo que está descubriendo Rosa es que ella no pertenece a la naturaleza, ella es naturaleza.

—¿Esto responde a una cuestión personal tuya, ideológica de compromiso ecológico o a otras inquietudes?
—Mira, a mí me interesa escribir sobre temas que me parece que los tenemos mal. Se oye constantemente a la gente diciendo “La niñez es el momento más feliz de la vida. Ay, qué dicha, los niños son felices”. Y a mí me parece que eso es mentira. Entonces hice una novela, que es Los abismos, para desafiar esa idea, porque yo lo que creo que pasa es que las personas cubren con un velo su infancia para no recordar los traumas y los dolores de la infancia. Lo que siento es “oye, esa persona que está diciendo eso le falta ir a terapia”, ¿verdad? Cuando vaya a terapia se va a enterar de que su niñez no fue tan feliz. Y un poco me parece que desde las ciudades tenemos la noción de que la naturaleza es buena. A vos una amiga te dice: “Tomate estas gotitas porque son buenísimas, son naturales”. Como si el veneno de una culebra no fuera natural, también; o como si el huracán no fuera natural. Asociamos la naturaleza con algo que da, que es bueno, que es una madre bondadosa. Pero la naturaleza no es eso. La naturaleza es completa y compleja como nosotros, y tiene el lado oscuro y el lado luminoso. Nosotros en la ciudad tenemos la impresión de que somos buenas personas, y de que la violencia está mal y que debemos erradicarla de nuestras vidas. Cuando vos te vas a vivir a la selva, o al medio natural, a una finca en las montañas, descubrís que vas a estar en lucha constante y que tenés que sacar tu instinto agresivo, que lo asociamos más con lo animal, para sobrevivir. Y eso fue lo que yo descubrí viviendo en la selva. Y me parece que hemos olvidado en las ciudades lo que somos como animales, y me interesa mucho ese tema. En La perra está presente, [también]. Es una mujer que intenta por todos los medios ser buena, no voy a hacer spoiler, pero al final nos damos cuenta de que su naturaleza monstruosa, que todos la tenemos adentro, emerge. En Los abismos también aparece una niña ante una naturaleza. Está en la ciudad, pero hay una selva y aparece frente a una naturaleza que la confronta con su propia oscuridad. Y lo mismo está pasando acá en Noche negra. Es una mujer que va a descubrir que la naturaleza no es tan tierna y dulce y cero estrés como ella pensaba desde la ciudad. Y se está confrontando con sus miedos profundos, con sus dolores profundos de infancia, pero además con su propia naturaleza. Si ella quiere sobrevivir en ese medio hostil, tiene que sacar algo que ella ha amputado, porque es mujer, porque nos educaron así, de que la violencia es mala.
—¿Tus temas son la naturaleza y esta dualidad luz y sombra?
—Me interesa mirarlo mucho. Y creo que tiene que ver mucho con que Colombia es un país en guerra. En Colombia nuestra violencia ha sido muy grande. Y entonces, por violencia entendemos la violencia que cometen los militares, que cometen los guerrilleros, que cometen los paramilitares. Pero nos olvidamos de ver la violencia más sutil y pequeña que está en nuestras casas. Y a esa no la llamamos violencia, ¿verdad? Hay grandes escritores colombianos que han narrado el conflicto, el afuera, y a mí me ha interesado poner el ojo en estas violencias más pequeñas, que quizás son la causa de las violencias estructurales más grandes. Más que las que están afuera.
—A partir de esto que mencionás, ¿sentiste la necesidad de deslizar sutilmente estas ideas (vos o la voz narradora), y evidenciar lo que está mal? Como el racismo de la abuela de Rosa; el machismo que la circunda? ¿Es algo que necesitás en tu escritura poner de manifiesto?
—Aquí hay unas complejidades grandes. Es una pareja de un irlandés y una caleña que se van a vivir a la selva, a una zona de habitantes negros. A un caserío de pescadores negros, a una comunidad negra. Ahí hay unas tensiones raciales que yo no podía obviar, yo no podía pasar por encima y hacer de cuenta que ellos no eran blancos y el otro no era negro. En Colombia nuestras complejidades raciales son altas, porque Colombia es un país mestizo. Yo misma tengo un abuelo negro, pero yo no soy negra. Cuando estoy en Colombia, no soy negra; pero cuando estoy en Noruega, sí soy negra. Cuando estoy en Estados Unidos, soy latina y soy una persona de color, pero no lo soy en Colombia. Y yo quería poner de relieve esas complejidades. [Rosa] es una persona que se va a vivir a una comunidad negra y que se enfrenta a sus propios prejuicios, que los tenemos. En Colombia, por esta condición de mestizaje, hemos dicho que no podemos ser racistas porque todos tenemos las tres sangres: indígena, negra y española. Pero eso es una gran mentira, porque no es lo mismo ser una mujer mestiza blanca nacida privilegiada en una ciudad, que ser una mujer mestiza negra nacida en un caserío perdido en el Pacífico colombiano. Una mujer mestiza blanca nunca va a experimentar el racismo por el color de su piel y la van a dejar entrar a todas las discotecas a las que quiera ir. Pero una mujer negra sí va a experimentar ese racismo estructural, porque va a vivir en un lugar de completa exclusión, pero además va a sufrir el racismo. Y Rosa, al llegar a ese lugar, como me pasó a mí cuando llegué a vivir a una comunidad negra y me enfrenté a mis propios prejuicios racistas. Crecemos en una sociedad que no se cree racista, pero que lo es.

—Incluso iría un puntito más allá, tampoco es lo mismo ser mujer mestiza o mujer negra que hombre mestizo u hombre negro. El componente de género tampoco es un detalle menor.
—Absolutamente, y no es lo mismo ser una feminista blanca de la ciudad que una feminista negra de las regiones.
—Me gustaría hablar de los premios. ¿Cargás con algún peso cuando tenés reconocimientos a la hora de seguir trabajando? ¿Es una carga o, todo lo contrario, es aún más estimulante?
—Llevo veintitrés años publicando, y cuando tenía treinta y cinco años, una joven escritora, me eligieron para [ser parte de] este grupo que se llamó Bogotá 39, que en letras mayúsculas decían: “Los treinta y nueve escritores menores de treinta y nueve años más destacados de América Latina”. Y en ese grupo había premios Alfaguara, había personas que tenían cuatro novelas, había gente con traducciones a varios idiomas, gente que se había ganado grandes premios. Y yo había publicado mi segunda novela y no tenía premios ni traducciones y había tenido un éxito bastante modesto solo en mi propio país. Ahí yo sentí el peso de tener que cumplir. “Yo no puedo defraudar porque me eligieron en este grupo, yo tengo que estar a la altura”. Y me parece que ahí sentí esa presión, después de eso tuve una crisis muy grande. Había firmado una novela sin terminarla, la entregué y yo creo que muchas veces me he preguntado si yo no hubiera firmado esa novela, ¿yo la habría entregado o esa habría sido la novela final? Me apresuré a escribirla. Fue una novela que no le fue bien. Y luego mi editorial, que era editorial Norma, cerró. Me quedé sin editorial, con una novela que no había tenido éxito. Mi agente literario se enfermó y no pudo seguir siendo agente literario. Me quedé sin agente literario. Entré en una crisis tremenda. Estaba escribiendo otra novela, y me di cuenta de que esa novela tampoco funcionaba. La boté a la basura, y en ese momento yo había conocido un poco en Bogotá 39 las luces y las candilejas, y ahí me hice una pregunta fundamental y es: “Pero, ¿usted qué quiere, ser escritora o escribir?”. Y lo que yo había hecho toda mi vida era escribir. Pero en ese Bogotá 39, un poco perdí el rumbo con las luces de ser escritora, de las fotos, las entrevistas. Esa crisis fue lo más importante que me ha pasado en mi carrera como escritora, porque yo entendí que lo que yo necesitaba era escribir, no las entrevistas, no las luces, no las fotos en el periódico, no el evento literario. Y ahí fue cuando me centré. Cuando pasó La perra, que tuvo bastante éxito, cuando pasó el Premio Alfaguara, que también fue otro boom grandísimo que me pasó en la vida, siempre tenía en mi cabeza: “Yo lo que quiero es escribir, no ser escritora”.
—Es una toma de posición muy valiente.
—Si vos pensás demasiado en cómo vas a ser leído o en que necesitás probarte como escritor, vas a perder el camino. La escritura, la mía, se hace en pijama, despelucada, en mi cuarto, en mi cama, en mis libretas y mi computador. Y ahí es donde está la verdad, mi verdad. Claro, luego tengo que pensar en un público lector, porque quiero que el lector disfrute el libro. No es un ejercicio narcisista ni autista. No es un ejercicio solo para mí. Los libros van a ser leídos, pero mi pensamiento no debe estar en complacer, en querer ser, sino en escribir la mejor historia que pueda. Hay que escribir un poco sin pensar en el destino de ese libro, pero pensando lo suficiente en el lector para que no sea un ejercicio demasiado narcisista.
—¿Ya estás pensando en otros proyectos que vayan por este mismo lado, con la naturaleza detrás, como componente importante?
—Vengo escribiendo unos cuentos desde hace más de diez años. Prometía el libro de cuentos y entregaba una novela. Y así fue con La perra, Los abismos y Noche negra. Siempre decía: “Ahora me voy a concentrar en los cuentos”, y aparecía con una novela. Ahora sí, de verdad, estoy concentrada en terminar esos cuentos que dieron origen a estas novelas, que son todas sobre esa idea de la lucha contra los elementos. De personajes en un medio natural hostil, fuerte, que las confronta con sus propios demonios. Estoy trabajando en ellos.

—Mencionaste varias veces La perra. ¿Tiene una adaptación cinematográfica, no?
—Sí, se va a estrenar en el Festival de Cannes.
—¿Participaste en el guion?
—No, el guion lo escribió Inés Bortagaray, que es uruguaya, y la película es dirigida por Dominga Sotomayor, que es chilena. Es una adaptación. Yo leí el guion y me parece extraordinario. No sé cómo habrá quedado la película porque no la he visto, pero el trabajo de Dominga me encanta. Creo que debe haber quedado muy bien. Tengo muchas ganas de verla.
—¿Qué significó para vos que elijan una obra tuya para que sea pasado a otro lenguaje?
—Es extraño el camino que recorre la obra. La novela es tuya hasta que se va a la imprenta. Cuando se va a la imprenta, empieza a ser de los lectores. Creo que se parece a cuando un hijo se va de tu casa, ya hiciste tu trabajo y ahora tenés que confiar en tu trabajo y en que tu hijo viva la mejor vida. Y es un poco eso. Me encanta que haya inspirado una adaptación. Y mirá que la historia pasa en el Pacífico colombiano, que es una región bastante particular de Colombia, y pasa en una comunidad negra y la protagonista es negra. En esta adaptación, que es al sur de Chile, no es un clima tropical, sino más bien frío. Y la protagonista no es negra, pero el espíritu de la historia se mantiene. Y a mí eso me habla de una universalidad de la historia. Es una historia que no importa si le quitas ciertas características, se mantiene intacta.
—Siempre y cuando no sean características que sean fundamentales en la historia…
—Para La perra lo eran. Pero mira cómo se puede adaptar sin menoscabar. Es otra historia, pero es la misma también en el fondo.
—Claro. Hay situaciones que son universales. Pero pensaba en eso, en qué significa para un autor que adapten su obra.
—A Los abismos, que es mi siguiente novela, también la adquirió una productora, pero el guion lo estoy escribiendo yo con un compañero, Antonio García Ángel.

—Ya sos parte también de otros lenguajes.
—No, yo empecé como guionista. Mi escuela, mi primer trabajo, cuando salí de la universidad, fue ser guionista de televisión. Vos ves que los escritores vienen de redacciones de periódicos, fueron periodistas o profesores de Literatura. Mi escuela no fue la redacción de un periódico ni de una revista, ni fui catedrática ni profesora, sino guionista de televisión.
—Volvés a tu primer amor o a tu primera experiencia.
—A mi primer trabajo, sí.
Fotos: gentileza prensa PRH.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
La Bienal de Venecia convierte sus prestigiosos premios en un concurso de popularidad abierto al público
Tras la dimisión del jurado en medio de la controversia por la presencia de países en conflictos bélicos, los ‘Leones de Oro’ se resuelven por decisión de los asistentes

Fito Páez y el Teatro Colón estuvieron en la Feria del Libro, entre palabras y música
El rosarino leyó un ensayo en una sala que sus fans hicieron desbordar. Y en la pista hubo un recorrido sonoro de calidad

Leo a J. M. Coetzee desde hace dos décadas y esta semana lo tuve enfrente: quise llorar y agradecerle, pero elegí no hacerlo
La charla con el escritor sudafricano premio Nobel, el pasado martes en la Feria del Libro, dejó una serie de sensaciones e impresiones personales que vale la pena compartir

Federico Andahazi: “La grieta cambió, lectores que disentían conmigo han vuelto a acercarse”
El escritor, que presenta su novela ‘El prisionero del yerbatal’, asegura que nunca vivió situaciones tensas por su postura política. “Tal vez porque mi producción literaria es anterior a todo eso”, reflexiona

Último fin de semana de la Feria del Libro: 5 recomendaciones para elegir buena literatura infantil
Esta es una lista de buenas oportunidades para sumar lecturas con compromiso, personajes divertidos y primeras novelas ideales para quienes están creciendo



