
Justo antes de buceo el instructor tuvo que suspender porque se le reventó una manguera de la camioneta y no podía llevarnos los tubos de oxígeno. Me quedé en casa, y a la hora en que debía estar sumergiéndome me llegó la noticia de la muerte de Angélica. Mientras escribo esto, todavía debería seguir bajo el agua, ajeno a todo, pero me toca estar en la dolorosa superficie de las cosas.
Angélica Gorodischer era para mí, y para muchos de mis amigos, la mejor escritora de Argentina, esto es, la mejor de todes, para que no quede duda. Hace unos años Emecé, que firmó un contrato con ella por toda su obra, comenzó a reeditarla; ya era hora, porque Angélica pudo publicar gran parte de sus libros en editoriales pequeñas que lamentablemente ya no existen. Por suerte ahora se consiguen dos de sus obras maestras, Kalpa imperial y Trafalgar, y Eudeba reeditó Tumba de jaguares; faltan todavía Bajo las jubeas en flor y Prodigios, uno muy conocido, el otro muy desconocido, ambos excepcionales, ambos difíciles de conseguir salvo en librerías de viejo analógicas y digitales, y que demuestran que la invención está por encima de cualquier etiqueta de género.
Además de los muchos mundos que inventaba, Angélica era enormemente generosa como para contestar los mails e invitar a tomar el té a todo aquel que le escribiera. En 2015, después de que Mariano Vespa y Liliana Colanzi fueran a entrevistarla para un libro sobre Rafael Pinedo que curiosamente se publica esta semana, me animé a escribirle yo también. En estos años tuve la oportunidad de visitarla, de leerla, de escribir sobre ella; esta vez no será la última vez. El día anterior a defender mi tesis de doctorado sobre Minotauro, donde ella publicó uno de sus primeros libros, acepté participar de una charla en su homenaje en la Biblioteca Nacional. No me lo iba a perder por nada en absoluto. Como esa noche dormía en La Plata para estar cerca de mi universidad, fui al homenaje con una valija con mi traje, mis zapatos, mis libros favoritos de Minotauro y de Angélica. Cuando llegó se puso contenta: alguien le había comentado que en la mesa anterior yo dije que le besaría los pies.
Angélica era una verdadera estilista, y salvo Marcelo Cohen ya no queda casi nadie de quien se pueda decir lo mismo. La riqueza de su prosa es deslumbrante; no sorprende saber que al inglés la tradujo su amiga Ursula Le Guin (he ahí una constelación: Gorodischer Le Guin Bellessi Bodoc, la Osa Mayor del suelo americano). En esta frase de Prodigios, me parece, Angélica describe su arte poética: “Si una cocinera no huele bien, no es puntual, rápida, prolija, alegre y un poco desvergonzada, le había dicho, no sirve para cocinera; puede ser que sepa cocinar pero no sirve para cocinera y tarde o temprano eso se nota”.
Fue sin embargo la segunda vez que leí Kalpa imperial que me enamoré de su obra, y no la primera. El libro cuenta la historia del Imperio Más Vasto que Nunca Existió, pero no traza generaciones de emperadores ni emperatrices; al revés, se amontonan de tal modo que triunfan las historias en minúscula por sobre la historia en mayúscula. Ese aparente caos, aprendí en la relectura, es parte fundamental de la obra: una manera de apuntar a lo realmente vivo y burlarse con cariño de lo grandilocuente. En una época en que la literatura parece haber olvidado el humor, los libros de Gorodischer se ríen y se permiten el asombro. Como ocurre con las aventuras de Trafalgar Medrano, son un disparate serio. Angélica no era solemne, sus libros no lo son y espero que su muerte tampoco lo sea.
Hace quince días murió mi abuela, que era mi persona favorita y una fuente permanente de ingenio y humor; enhebro la pérdida de Angélica al mismo duelo: algo irremediable por la edad, pero que igual se siente como si vaciaran el agua de la pileta con uno adentro. Dos años atrás, en un momento difícil de la vida de mi abuela, le presté Floreros de alabastro, alfombras de Bokhara, protagonizado por una anciana audaz como ellas; después me contaba por teléfono lo mucho que lo estaba disfrutando. El domingo pasado, mientras ordenaba sus cosas, encontré la novela en una bibliotequita con muchos de sus libros más queridos del último tiempo. La guardé en la mochila y me volví a mi casa contento, pese a todo.
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