
Entre los escritores que han desvelado a miles de lectores durante el pasado siglo, no puede dejar de pensarse en Stefan Zweig. Sus escritos dejaron una notable huella que, aún hoy, mantiene viva la impronta originalísima de su autor, quien renunció a este mundo hace casi 80 años y de quien se cumplieron 140 de su natalicio.
Hablar de Zweig es hablar de una personalidad demoníaca, en los términos que él mismo definió esta condición: “esa inquietud innata, y esencial a todo hombre, que lo separa de sí mismo y lo arrastra hacia lo infinito, hacia lo elemental”. En efecto Zweig, nacido en Viena un 28 de noviembre de 1881, poseía una férrea fascinación por aquellas personalidades de la historia que habían ido más allá de lo ordinario (Nietzsche, Dostoievski, Balzac, Goethe), constituyendo estos un estímulo medular para su imaginación cuyos límites son difícilmente localizables.
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En ese sentido, podemos decir que, al igual que para Pascal y toda una tradición anterior cuyo origen solo podemos conjeturar, para Zweig el universo era esa esfera infinita cuyo centro está en todos lados y su circunferencia en ninguna, y que solo algunos habían podido intuir, aun cuando se tratara del fundamento esencial de toda vida. ¿Pero cuál era este fundamento? ¿Qué universo infinito tenía en mente Zweig cuando hablaba de él como aquello “elemental”?: pues nada menos que el alma humana.
Zweig fue, por ello, un arqueólogo de la psicología humana. Tal vez sea este el motivo por el que Freud, uno de sus notables contemporáneos, haya sido el destinatario de una admiración permanente por parte del escritor, quien, entre otras cosas, le dedicó nada menos que su obra sobre lo demoníaco. En la dedicatoria se lee lo siguiente: “Al profesor Dr. Sigmund Freud, espíritu agudo y sugerente, dedico este triple acorde del espíritu creador”. En efecto, la gran obsesión de Zweig fue nada menos que el espíritu, obsesión que intentó consentir elaborando con precisión de orfebre la psicología de cada uno de sus personajes.
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Si tuviéramos que afirmar qué aspecto del espíritu humano Zweig se encargó de resaltar con cierta inclinación, podríamos decir que se abocó a examinar sus más hondas contradicciones, que pueden sintetizarse en lo que podría llamarse una estética de la tensión. En efecto, ese infinito elemental que para Zweig era el alma humana fue para él, a su vez, ese abismo escrutador referido por Nietzsche: mientras más Zweig dirigía su mirada dentro de él, más este abismo infinito se regocijaba en su interior. Este puede ser uno de los motivos por los que, en su momento postrero, optó por el suicidio. A medida que se llenaba de ese infinito abismal, este fue, a su vez, vaciándolo.
Esta catábasis Zweig la llevó a cabo de varios modos. No solo fue un novelista singular, sino que a su vez se destacó en géneros como el ensayo y la biografía, en los cuales siempre volcó la agitación de su espíritu a través de otros espíritus. En una carta del 9 de diciembre de 1933 a su queridísimo y admirado amigo Hermann Hesse, Zweig afirma: “Dentro de dos o tres meses […] recibirá usted un pequeño libro mío con carácter de confesión. He elegido a Erasmo de Rotterdam como salvador, el hombre del centro y de la razón, que también se vio atrapado […] como nosotros, que ahora nos encontramos en medio de los grandes movimientos contrapuestos de nuestros días”.
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Esta afirmación nos revela varios rasgos de la personalidad de Zweig (y también de la repercusión que los hechos de su mundo tejían en su interior), pero como aquí no podemos dedicarnos a cada una de ellos, resignémonos a optar por uno solo: su necesidad de ser rescatado. En efecto, en todos los retratos que Zweig llegó a erigir, tanto los de sus personajes de ficción como los de aquellas singulares figuras de la historia y el pensamiento, yacía una búsqueda y, a causa de ella, un pedido de auxilio. Este es el motivo por el que sus personajes pueden ser vistos como la configuración de una necesidad irrevocable (su indagación del espíritu humano) y un pedido incontestable (la salida del abismo).
El humanismo de Zweig, plasmado en casi todas sus obras (Clarissa, su última novela, es una buena muestra de ello), estaba cargado de esas dos inclinaciones: la inmersión desenfadada y la exigencia de salvación del espíritu humano; es por ello que, a pesar de ser consciente de su inexistencia, Zweig buscó en Erasmo, como en tantos otros, ese “centro” insoslayable.
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De alguna manera, el viaje a lo profundo fue para el vienés lo que para el mítico Odiseo: un periplo interior cuyo fin último era el reconocimiento de sí y el regreso, solo que Zweig no fue capaz de retornar y su destino último era la muerte. El célebre Axel Munthe, en un pasaje de sus escritos sobre su famosa Villa en Anacapri, deja testimonio de la visita que recibió por parte de Zweig antes de que este partiera a su exilio en Brasil, donde al poco tiempo se suicidaría con su mujer. Las palabras de Munthe dan cuenta del lugar sin retorno al que había llegado Zweig: “Nunca me había encontrado con nadie tan obsesionado con la muerte”.
Según nos cuenta Borges en Otras inquisiciones, la edición crítica de Tourneur (París, 1941) de la obra de Pascal, “que reproduce las tachaduras y vacilaciones del manuscrito”, revela que el filósofo francés empezó a escribir sobre ese universo sin circunferencia con la palabra effroyable ‘espantoso/terrible’ que, de ser así, nos ofrecería la siguiente afirmación: “El universo es una esfera espantosa, cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”. Sea cierto o no que Pascal adjetivó de ese modo al universo (ya no infinito, sino espantoso), es indudable que Zweig fue testigo y víctima de su doble condición: pues el alma humana, infinita y abismal, también, como todo lo esencial, en su obra es germen del espanto.
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*El autor es licenciado en Filosofía y docente de la UNSAM
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