
Buenos Aires es una ciudad especial. Tanto que hasta tuvieron que fundarla dos veces. Después, vendría la influencia europea (en especial francesa e italiana) que la iba a convertir en “la reina del Plata” y en “la París de Sudamérica”. Y esas cosas son las que la diferencian de otras ciudades que los conquistadores españoles crearon en esta región, porque, de la ciudad colonial, queda poco y nada.
De todas maneras, en este megaconglomerado urbano, la historia mantiene con vida a personajes, edificios, monumentos o hechos que le otorgan algo de esa impronta que suele sorprender a muchos visitantes. Reflejar parte de esas cuestiones es lo que Historias de la Buenos Aires desconocida, un trabajo entre periodístico y literario, recoge ahora y reúne en un libro de reciente edición.
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Tomando como base artículos periodísticos publicados entre 2010 y 2016, el trabajo aparece ahora reescrito, corregido y aumentado. Son treinta relatos, ilustrados además con fotos históricas, muchas del Archivo General de la Nación, que complementan gráficamente esos textos.

Entonces, surgen historias como la que recuerda la insólita caminata que una jirafa africana, llevada con una soga por la mano de Clemente Onelli, realizó por las calles de la ciudad, desde el puerto hasta Palermo. Onelli es un personaje célebre del pasado porteño y, desde su cargo de director del zoológico, se convirtió en leyenda. ¿Por qué? Porque era capaz de alimentar con una mamadera al bebé de un rinoceronte. O acompañar toda una noche a una orangutana enferma, durmiendo a su lado y abrigándola con una frazada.
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Claro que no es todo. Uno puede sorprenderse descubriendo los datos de los gigantescos hidroaviones (cargados pesaban 28 toneladas), que, hasta la década de 1960, despegaban o descendían en la zona de Puerto Nuevo. Aquellas máquinas, rezagos de la Segunda Guerra Mundial, se habían convertido en aviones civiles para unir ciudades, en especial en toda la zona del Litoral argentino.
Por supuesto que en los relatos no todo son máquinas o fríos edificios y monumentos. También hay personas. Entre ellas, está Ana Díaz, la mujer que ayudó a fundar Buenos Aires y que, en 1580, vino desde Paraguay con Juan de Garay. Además se pueden encontrar los datos de Catalina Vadillo, esa otra pionera que, desesperada, escapó de la primitiva ciudad fundada por Pedro de Mendoza y dio origen a la leyenda del arroyo Maldonado. También saber algo más de aquella rubia de ojos celestes con la que soñaban los soldados de cuatro cuarteles. O bien conocer la historia de Chuenga, un hombre que creó un caramelo masticable que después vendía de a puñados en las tribunas de los estadios. ¿Por qué lo llamaban Chuenga? Era la deformación de chewing-gum; es decir: goma de mascar.
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En las páginas del libro uno puede encontrar respuesta a preguntas como ¿sabías que en la Ciudad existió una “calle del pecado”? ¿Y que hay un monumento al taxista? ¿O que la artística araña del Salón Azul del Congreso Nacional pesa más de dos toneladas? ¿O que el edificio central del Banco Nación tiene una cúpula que compite con otras de esas grandes construcciones del mundo, como la del Vaticano? ¿O que en el departamento de un edificio de la calle Florida un intrépido piloto de aviones, llamado Antoine de Saint-Exupéry, convivía con una foca traída desde el Sur?
En medio de tantos recuerdos e informaciones, también hay una historia que involucra a un hombre que empezó a formarse como engrasador y terminó conduciendo una famosa locomotora que pesaba 150 toneladas, tenía la potencia de 900 caballos y ruedas de un metro de diámetro. La conocían como “La Emperatriz”, y en 1926 marcó un récord de velocidad entre Buenos Aires y Rosario, récord que aún sigue vigente para América del Sur con ese tipo de trenes. Aquel romance entre el maquinista y “La Emperatriz” se mantuvo durante dieciocho años.
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Y si de historias se trata, hay que mencionar la que cuenta sobre la sangrienta batalla que dejó cientos de muertos y heridos, ocurrida a un par de cuadras de donde ahora está el Obelisco. Fue al borde del comienzo del siglo XX en los alrededores de la céntrica plaza Lavalle cuando grupos de rebeldes revolucionarios se enfrentaron con tropas del gobierno nacional. Lo más curioso del hecho es que, para sorprender y derrotar a los rebeldes, los militares fueron agujereando las paredes de las viviendas a lo largo de dos manzanas y, a través de ese recorrido, llegar así hasta el sector en donde estaban atrincherados quienes querían terminar con el gobierno de entonces.

En cuanto a edificios lujosos de ese Buenos Aires lleno de desigualdades pero ostentoso en otros aspectos, aparece la Basílica del Sagrado Sacramento, una construcción surgida de una donación. La mujer que aportó el dinero era una joven viuda que vivía en un palacio de la zona de Retiro. Cuentan que tomó su decisión afirmando: “Si yo vivo en un palacio, mi Dios también merece uno”. El resultado está aún a la vista: un templo inaugurado en 1916 donde los mármoles importados y las obras de orfebrería convierten a esa basílica en una de las más bellas y lujosas de la Ciudad.
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En el sumario también aparecen datos sobre el Luna Park, construido en terrenos ganados al río; la imponente estación Constitución del Ferrocarril Roca, un edificio con dos caras; la historia de los adoquines con los que se cubrieron las calles de la Ciudad; la leyenda del inconcluso edificio de la Facultad de Ingeniería en la avenida Las Heras y hasta el relato vinculado con una escultura que un empresario les regaló a Evita y Juan Perón y que ahora adorna un bulevar en el barrio de Palermo.
Para resumir, estos son algunos de los relatos de Historias de la Buenos Aires desconocida que el periodista Eduardo Parise reunió en 192 páginas de un trabajo desarrollado en los tiempos en los que la pandemia del COVID obligaba a quedarse en casa. Editado en forma independiente, este trabajo de investigación y escritura fue quizá lo mejor de esa etapa de la vida llena de angustias y tristezas que hubo que sobrellevar en los últimos dos años.
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