
Con una sentida publicación en sus redes, Fito Páez despidió a Carlos Murias, el guitarrista con quien compartió sus primeros pasos musicales en Rosario. La banda se llamaba Staff, buscaba hacer un rock progresivo y ensayaba en la trastienda de una zapatería familiar. Una burbuja en el tiempo para un grupo de adolescentes en plena ebullición que hoy se tiñe de luto y de nostalgia.
Murias fue guitarrista del grupo que Fito conformó a finales de los 70 junto a Germán Risemberg en bajo y Mario “Pájaro” Gómez -luego cantante de Vilma Palma e Vampiros- en batería. El grupo ganó el festival de música progresiva realizado el 10 de agosto de 1980 en el Club Los Rosarinos Estudiantil y marcó el primer atisbo profesional para uno de los músicos más importantes del país. Una banda de adolescentes que encontró en la familia Murias algo más que un apellido en la puerta: un lugar donde empezar.
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“La familia Murias fue inmensamente generosa”, escribió Páez en su obituario. “Nos dejaban ensayar en las salas traseras de la emblemática zapatería Murias ubicada en San Martín entre Rioja y Córdoba. Allí todos nosotros comenzamos a desarrollar nuestras pueriles armas musicales”.
Las palabras de Páez fueron corroboradas por las de Fabián Gallardo, otro histórico compañero de ruta, músico y testigo directo de aquella escena rosarina, quien lo homenajeó en su cuenta de Facebook. Allí, recordó con precisión el ritual de ingresar a ese local inmenso como parte del camino hacia algo que todavía no tenía nombre. “Era una rara sensación la de entrar un sábado a la tarde a una zapatería gigante, cerrada, repleta de cajas prolijamente ordenadas, y con las luces apagadas”, escribió el músico.
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El salón lo recuerda tan profundo que la luz del día apenas llegaba desde las vidrieras de la entrada. Al fondo, atravesando un patiecito cubierto, estaba la sala. Un cuarto acondicionado con cajas de huevos en las paredes —el método casero de la época para aislar el sonido— donde un grupo de jóvenes rosarinos se encontraba cada semana para tocar.
En modo cronista, Gallardo parece ver la película en tiempo presente. Fito se sentaba a un piano Hohner prestado. El Pájaro Gómez se sentaba detrás de su batería. Germán Risemberg tomaba el bajo y naturalmente Carlitos, el dueño de casa, con su instrumento. “Su Gibson Les Paul negra nos hizo conocer a varios de nosotros cómo sonaba una guitarra de verdad. Siempre intacta, negra con los detalles dorados. Y le quedaba muy bien”, apuntó Gallardo, quien también formaba parte de las zapadas más allá de los límites de Staff.
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En esa sala, recuerda Gallardo, “nacieron canciones, descubrimos acordes nuevos, soñamos con grandes escenarios, imaginamos teatros llenos y fuimos muy felices”. También fue allí donde vio por primera vez a la mujer que décadas después seguía a su lado.
El tiempo dispersó a cada uno por caminos distintos. El Pájaro Gómez cambió la batería por el micrófono y se convirtió en figura del espectáculo en toda América. Alejandro Vila derivó hacia la ciencia y se transformó, según Gallardo, en “una eminencia científica”. Fito Páez construyó una de las carreras más extensas del rock latinoamericano.

Carlos Murias también siguió su propio camino. Tuvo un local en la galería contigua a la antigua zapatería familiar, y Gallardo pasaba seguido. “Miraba por la vidriera para ver si estaba y cuando él me veía enseguida le decía a su madre, que trabajaba ahí con él, ‘ya vuelvo’, y se escapaba un rato para que tomemos algo por ahí”.
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Fito también mantuvo el vínculo a lo largo de los años. “El tiempo y las circunstancias nos distanciaron sin perder los contactos eventuales en el medio de nuestras vidas”, escribió. Y agregó, a modo de despedida: “Hace poco tuvimos un hermoso reencuentro que nos llenó de emoción y gratitud por los años vividos”.
De Carlos, Páez destacó que “fue un padre diligente, querido por sus amigos y familiares”. Su despedida cerró con la calidez de quien abraza un recuerdo: “A seguir viaje, querido Carlos. Un gran abrazo de amor a los Murias. Familia Páez”.
Mario “Pájaro” Gómez, el baterista que derivó en frontman carismático de Vilma Palma, publicó una foto de aquellos años en sus redes y le dedicó palabras de despedida a Murias: “Te vamos a extrañar mucho, querido amigo. La época más linda de mi vida”, sentenció.“ Chau Carlitos. Gracias por todo. Tu Gibson Les Paul seguirá sonando”, cerró Gallardo su carta abierta. Tres músicos, tres testigos y tres maneras de despedir a un amigo. Y, de paso, de retratar una época de esas que quedan para siempre en los corazones.
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