
Es un dato muy conocido que la población mundial va envejeciendo. Que el porcentaje de gente añosa es cada vez mayor. Esto es así porque hay menos nacimientos y porque la expectativa de vida viene creciendo. El aumento cuantitativo de los años de vida de la humanidad, trae aparejado una preocupación para un aumento cualitativo en la calidad de vida. Una preocupación de esta era es cómo cuidar el cerebro para que esos años ganados se vivan plenamente. Qué hacer para prevenir, o al menos posponer, el declinamiento cognitivo propio de la edad, y el que se produce en relación a enfermedades evitables.
La evidencia científica demuestra que acercarse a una dieta mediterránea, hacer actividad física, evitar el tabaco, moderar el alcohol, dormir bien y cuidar el corazón, son pautas físicas efectivas de prevención del deterioro cognitivo. Pero también se ha demostrado que otras pautas, que podríamos llamar de órden mental, permiten cultivar la reserva cognitiva durante la vida y acompañar la longevidad con calidad de vida. En otras palabras, que hay acciones de tipo mental que podemos tener en cuenta para cultivar nuestra cognición.
En este grupo se destacan la educación formal e informal, las destrezas motrices, el disfrute lúdico, el cuidado de las emociones y la vida social. Todo ello, es sabido que aumenta nuestra reserva cognitiva. Pero además, en la actualidad se recomienda formalmente una pauta un poco más abstracta, pero muy importante: asomarse periódicamente al dominio de lo no familiar.

Cuando la presencialidad empezaba a volver a las aulas, y existía la opción de asistir o continuar de forma virtual, mi hijo mayor eligió la virtualidad. Entre sus argumentos estuvo que no iba a poder levantarse temprano, en congruencia con el retraso de fase de sueño que los adolescentes tienen de manera natural. Después de unos meses, a pesar de tener que madrugar, y tras la oleada de rumores de ese momento que sostenía que la presencialidad sería obligatoria, decidió volver a la escuela. Sostuvo que no le vendría nada mal un poco de contacto social. Para acompañarlo en su decisión, le propuse que yo lo despertaba por teléfono media hora antes, y que lo pasaría a buscar por la casa de la mamá, para llevarlo a la escuela. Cargaríamos su bici, para que tuviera independencia de traslado al salir de clases.
El primer lunes con el nuevo itinerario, me levanté un rato antes y salí con el tiempo suficiente para buscar a Santi, llevarlo a la escuela y llegar a mi consultorio a tiempo. Cuando arranqué el auto, el celular se conectó al Bluetooth y retomó automáticamente la reproducción del episodio de un podcast sobre libros, que tenía por la mitad. Cuando iba por avenida Dos Venados, justo cuando en el podcast la escritora María Negroni decía que el estado de la escritura es el estado del asombro, en lugar de seguir, doblé como venía haciendo hasta ese día, como si fuera al trabajo. Tardé unas cuadras en darme cuenta del error. Entonces puse pausa en el podcast y cambié el rumbo para retomar el itinerario nuevo.
Existen en la organización cerebral dos sistemas complementarios para llevar adelante los procesos de atención ligados a la acción. El primero, llamado sistema dorsal (parte de arriba de los lóbulos frontal y parietal) es conciente, opera de a una cosa por vez de manera secuencial, es lento, pero versátil, maleable y consume muchos recursos cognitivos, requiere esfuerzo. El segundo, llamado sistema ventral (parte de abajo) es automático, inconsciente, opera en paralelo y es rápido. No es flexible, sino rígido y estereotipado.

Cuando una acción vinculada a un contexto se repite un número suficiente de veces, la corteza dorsal terceriza la acción a la corteza ventral, para que de ahí en adelante se ocupe ella de manera más automática, y libere al sistema dorsal para que pueda ocuparse de algún nuevo proceso. Ese es parte del sustrato del aprendizaje de habilidades como leer, manejar, andar en bici. Y también es el sustrato de la formación de los hábitos. Los hábitos son conductas estereotipadas originadas en tendencias instintivas, inconscientes. Si una conducta fue elegida por ventajosa un número de veces, nuestra mente interpreta que es la que va, hasta nuevo aviso. Ese aviso debe ser originado en el sistema dorsal, cuya versatilidad puede adaptarse a nuevas situaciones con facilidad y torcer tendencias automáticas —a menos que esté ocupado en escuchar un podcast—.
Asomarse fuera del dominio de la familiaridad es cultivar nuestra curiosidad. Supone desafiar nuestras conductas automáticas con novedades, con descubrimientos, con improvisaciones. Funciona cuando le cambiamos la bocha a nuestros hábitos y, si nos animamos a ir más lejos, a nuestras creencias. Es entrenar el sistema dorsal, sin descansar tanto sobre el sistema ventral. Variar los recorridos de los traslados que hacemos a diario vale como salirse de la familiaridad. Es mejor estímulo caminar por lugares diferentes que repetir el circuito. Pero también, y particularmente, aprender algo que se ignoraba y modificar lo que uno creía sobre algo. Acá, cuanto más alejado de nuestro campo de experticia, mejor. Podría decirse que, si de neuroplasticidad se trata, el criterio de verdad de una creencia vale menos que su maleabilidad.
Cuando llegamos a la escuela apagué el motor para bajar la bicicleta. Nos dimos un abrazo con Santi, que encaró con la bici para la escuela, con su uniforme arrugado y un relámpago afeitado a un costado de la cabeza. Arranqué con el tiempo jugado para llegar a mi siguiente compromiso. El podcast volvió a encenderse: el estado de asombro permanente, es el estado de la infancia.

Los chicos tienen facilitada la neuroplasticidad y, desde ya, la curiosidad y el asombro. Y eso se da porque están estrenando sus cerebros, pero también, porque están inaugurando lenguaje. Los que ya no somos niños, en cambio, vivimos en un lenguaje usado, lleno de lugares comunes y metáforas muertas, donde el asombro está camuflado entre la obviedad espesa. Los lugares comunes del lenguaje, las expresiones viciadas, operan en nuestro cerebro como hábitos y marcan el dominio de lo familiar. Para encontrar el asombro, entonces, parece necesario asomarse fuera de las obviedades del lenguaje. Y cuando eso sucede, nos adentramos al mundo de lo artístico, que bien podría entenderse como el desarrollo humano de la escapada de lo obvio, de lo familiar. Después de todo… ¿no es el arte la moneda corriente de propagación del asombro?
La neurociencia recomienda asomarnos de manera pautada fuera del dominio de la familiaridad, y el arte, como una minería del asombro, puede ser herramienta propicia. Tironear de esos hilos invisibles, es menos entrenar nuestro conocimiento, que entrenar nuestra ignorancia. Una ignorancia bien cuidada, como una parcela bien abonada y arada, es terreno fértil para que germine nueva cognición. Y más cognición es más calidad de vida.
Desde este punto de vista, el arte, entendido como toda expresión cultural que consiga evadir la obviedad, aparece como un mercado negro de especias valiosas, donde se intercambian, se trafican, nutrientes fundamentales para nuestro cerebro y para nuestra existencia: singularidad, originalidad, asombro, curiosidad.
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