
Áspera piedra, fría almohada
[fragmento]
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Pese a ser la protagonista de la historia que me dispongo a narrar a continuación, no hay mucho que pueda contarles de aquella mujer de quien incluso he olvidado su rostro y su nombre, y de la que, no obstante, confío en que haya hecho lo propio conmigo.
Cuando la conocí, yo todavía me encontraba cursando segundo año en la universidad y no había cumplido aún veinte años, mientras que ella debía de tener veintitantos. El azar nos llevó a coincidir mientras trabajábamos en el mismo turno de uno de esos empleos a tiempo parcial, y a que nos conociéramos allí, y las insondables chanzas del destino quisieron que pasáramos una noche juntos y que no volviéramos a vernos.
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A mis diecinueve años, no sabía nada de los asuntos del corazón, ni del mío ni, por supuesto, del de los demás, y aunque de vez en cuando me veía sorprendido y zarandeado por los bandazos de la tristeza y la alegría, todavía era incapaz de entender que, entre ambos extremos, podía desplegarse todo un abanico de estados intermedios, lo cual me desconcertaba a menudo y me desanimaba bastante.
Pero hablaré de ella.
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Los únicos detalles biográficos que conozco son que escribía tankas, es decir, poemas de métrica clásica japonesa, y que había publicado un poemario. Nada más. Y lo de publicado es un decir, porque lo cierto es que todo, desde la encuadernación realizada con hilo burdo de cometa hasta la impresión de sus páginas y su precaria cubierta, parecía haber corrido por cuenta propia. Lo llamativo del asunto es que un buen número de aquellas tankas se me quedaron profundamente grabadas en la mente, e incluso diría que en mi corazón, y nunca he llegado a olvidarlas pese al paso de los años; tankas de amor y de muerte en las que se rechazaba la separación nominal de ambos conceptos.
Un largo trecho / se interpone entre ambos, / mar
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[infinito.
¿Fue acaso sensato / volar hasta Júpiter?
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Áspera piedra, / en ti mi sien apoyo, / fría almohada,
y el flujo palpitante / de mi sangre escucho.
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Yacíamos ambos desnudos en la cama cuando ella me preguntó:
—¿Te molestaría que dijera el nombre de otro chico en el momento de correrme?
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—No —repliqué.
Mi sencilla respuesta no venía avalada por ninguna experiencia anterior en semejante tipo de excentricidades, pero, mientras no se tratara más que de eso, pensé que podría tolerarlo. Al fin y al cabo, sería tan solo un nombre, una palabra. Y una palabra no tenía por qué cambiar nada de lo que, en principio, iba a suceder entre ella y yo.
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—Puede que —aclaró con cierta reticencia— no me limite solo a decirlo, sino que lo grite.
—¿Es una broma? —exclamé de inmediato, con disgusto. Mi apartamento se hallaba en un vetusto edificio de madera de paredes tan finas y endebles como papel de pergamino, de manera que todo lo que superara un irrisorio grado de volumen sonoro se oiría con perfecta y nítida claridad en el piso de al lado.
—Bien, pues morderé una toalla cuando llegue el fatídico momento, ¿qué te parece? —propuso resuelta.
Seleccioné la toalla más presentable y en mejor estado del cuarto de baño y la dejé junto a la almohada.
—¿Servirá? —pregunté.

Ella tomó la toalla y la mordió varias veces con concienzuda fruición, cual yegua que cierra sus quijadas sobre el bocado. Asintió con la cabeza en claro gesto de aprobación.
Un fortuito encadenamiento de hechos nos había llevado a aquella pintoresca situación, en la que ambos desnudos en la cama comprobábamos la validez de determinada toalla cuya función era ahogar un grito orgásmico. Por mi parte, no había nada premeditado, como tampoco creo que lo hubiera por parte de ella. Llevábamos medio mes trabajando juntos aquel invierno en un restaurante italiano de poca monta en Yotsuya, pero en puestos algo separados —yo fregando platos o como ayudante de cocina, según fuera menester, y ella como camarera— y apenas habíamos tenido la oportunidad de charlar con cierto sosiego. Ella era la única allí que no compaginaba el empleo a tiempo parcial con los estudios universitarios, y tal vez por esa razón era, entre todos los empleados, quien se tomaba las cosas con más tranquilidad e indolencia.
Había decidido dejar el trabajo a mediados de diciembre y, cierto día próximo a la fecha señalada, nos juntamos unos cuantos jóvenes empleados para ir a tomar algo a un bar cercano. Nada particularmente ceremonioso, tan solo una agradable reunión entre conocidos regada con cerveza de barril y aderezada con algo para picar, a modo de despedida. Entre los numerosos temas de conversación informal que surgieron durante la hora que se alargó aquello, me enteré de que, con anterioridad, había trabajado en una pequeña inmobiliaria y como dependienta en una librería. Por lo visto, en ninguno de los dos empleos había hecho buenas migas con el jefe ni con el encargado. En el restaurante, sin embargo, no había tenido ningún problema de ese tipo, pero el sueldo era tan bajo que apenas le daba para vivir y, pese a sentirse relativamente cómoda allí, no le quedaba más remedio que buscar otro empleo.
Alguno de mis compañeros le preguntó qué nuevo trabajo aspiraba a encontrar.
—El tipo de empleo es lo de menos —replicó ella mientras se frotaba con la yema de los dedos las aletas de la nariz. Tenía a un lado de la nariz, como si fuera una pequeña constelación, dos lunares coquetos—.
No espero nada de ninguno.
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