
El despertador de Elena suena a las 5:30 de la mañana, pero el cansancio que arrastra no es solo físico. A sus 30 años, Elena representa a una generación de profesionales que, a pesar de tener un empleo estable y vivir bajo el techo familiar, siente que el suelo financiero se mueve bajo sus pies.
No tiene hijos, no paga una hipoteca sola, y sin embargo, cada cierre de mes se ha convertido en un ejercicio de aritmética desesperada. En su hogar, donde conviven cuatro adultos, la mesa se ha vuelto un barómetro implacable de una crisis silenciosa: el dinero ya no alcanza para lo básico.
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Hace apenas un año, en marzo de 2025, el panorama ya era ajustado. Según los registros que Elena guarda con obsesión y que coinciden con los datos oficiales del Índice de Precios al Consumidor del Banco Central de Reserva (BCR), el costo mensual para alimentar a una familia urbana era de $245.89.
En aquel entonces, aunque el presupuesto era rígido, todavía permitía cierta planificación. Pero doce meses después, en marzo de 2026, la cifra ha escalado a los $254.64.
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Este incremento de $8.75 en apenas un año parece una cifra pequeña en los grandes informes macroeconómicos, pero en la economía de supervivencia de Elena, representa una “asfixia” real.
Son casi nueve dólares de diferencia que han desaparecido del bolsillo para trasladarse directamente al costo de los mismos alimentos que compraba antes, pero en menores cantidades.
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La dieta del recorte
La dieta familiar ha sufrido una metamorfosis forzada. Las tortillas, el pilar innegociable de la mesa salvadoreña, han sido uno de los detonantes del aumento.
En marzo de 2025, el costo diario por persona para este insumo era de $0.23; para marzo de 2026, ese valor subió a $0.25. Si multiplicamos este aumento por los cuatro miembros de la familia y los 30 días del mes, el resultado es un drenaje constante de recursos que antes se destinaban a otros productos, como las frutas o la leche fluida.
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Elena observa el ticket del supermercado con una mezcla de frustración y nostalgia. “El año pasado, con lo que hoy gasto solo en granos básicos y tortillas, podía permitirme comprar un poco más de carne o verduras frescas para mis padres”, explica.
Los datos son fríos pero contundentes: el costo diario por familia para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA) pasó de $8.19 a $8.48 en solo un año. Si a esto se le suma el 10% adicional por costos de cocción (gas, leña, aceite), el gasto diario familiar se eleva a $9.33.
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El caso de Elena no es un caso aislado, es el reflejo de un país donde la inflación alimentaria devora los ingresos antes de que lleguen a las manos del trabajador.
En su hogar, han tenido que aplicar una “economía de guerra”: el pan francés ya no se compra por bolsas grandes, sino por unidades contadas; el arroz se estira con más agua; y el consumo de huevos, que en marzo de 2025 representaba un costo diario de $0.10 por persona, hoy exige una gestión rígida para que la caja dure hasta la próxima quincena.
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Incluso productos que parecen marginales en precio, como el azúcar o las grasas, han mantenido una tendencia al alza o una estabilidad que no da respiro. Las verduras, fundamentales para la nutrición de sus padres mayores, pasaron de costar $0.19 diarios por persona a $0.22, un salto que parece pequeño en centavos, pero que sumado al resto de la canasta, termina por desequilibrar la balanza.
Lo que más le duele a Elena no es la privación personal. Es ver a sus padres, ambos jubilados, privarse de ciertos alimentos para que el dinero alcance para los frijoles, cuyo costo se mantiene persistente por encima de los $0.21 diarios por ración.
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“Yo trabajo para que ellos vivan bien, pero siento que estamos trabajando solo para comer, y cada vez comemos menos variado”, confiesa con la mirada puesta en una bolsa de supermercado que se ve más vacía cada semana.
Al final del día, Elena cierra su libreta de cuentas. Los casi 9 dólares adicionales de este marzo frente al anterior no son solo números; son el reflejo de una brecha que se ensancha y que asfixia el hogar salvadoreño.
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Para una joven de 30 años que debería estar pensando en su futuro, la prioridad hoy es mucho más inmediata: asegurar que en la cena de mañana no falten las tortillas, aunque el precio siga subiendo y la esperanza, como su salario, se vea cada vez más ajustada.
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