
Volver a pisar un escenario me parece una sensación muy lejana, la última vez que lo hice fue el 11 de febrero del 2020 en el marco del Festival FIBA con Yo Famose, y en ese momento nunca me hubiese imaginado que un mes más tarde pasaría lo que ya todos conocemos. A un año y medio de ese maravilloso recuerdo, donde interactué con más de 250 personas (hoy algo impensable), porque era una obra que incluía al público, que rotaba cada 15 minutos. Recuerdo haber sentido verdaderas alas de libertad y me pregunto si el tiempo transcurrido en cuarentena realmente pasó o fue un stand by en nuestras vidas. Y puedo afirmar que sí, que realmente sucedió y en varios de nosotros, los artistas, lo hizo delineando firmemente nuestra vocación y nuestro amor por el teatro independiente; despertando la creatividad y dándonos la valentía y la fuerza para seguir alzando la voz de las historias que queremos contar y creemos merecen ser contadas.
Lila surgió de la suma de varios eventos afortunados. Durante estos últimos diez años, la vida me llevó a conocer a muchas mujeres trans maravillosas; una de ellas es Romina Escobar, una gran actriz que conocí haciendo una obra de teatro por el 2012, con ella trabajé en muchas obras más y terminamos compartiendo una gran amistad. Conocerla y conocer su mundo, abrió mi cabeza y generó en mí una gran admiración hacia todas ellas; porque son mujeres que lucharon por lo que sentían y querían ser, en un mundo hostil y con poca tolerancia hacia lo diferente.
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¿Hoy hay más tolerancia a lo diferente? Es una pregunta que me hago constantemente; y si bien creo que en muchos ámbitos hay una batalla ganada en ese territorio, también pienso que la humanidad siempre quiso aplastar al que piensa, actúa y se expresa diferente; supongo que ese rechazo debe ser un instinto natural de no reconocerse en el otro.

Apenas comenzó el 2019 el director de cine José Cicala me propuso ser parte de su segunda película La sombra del Gato y me ofreció el personaje del secretario de la líder de una secta (me pareció algo obvio para mi physique du role pero con tal de actuar acepté); unos días más tarde recibí una llamada de Griselda Sánchez (mujer de Cicala, actriz y guionista) sugiriéndome cambiar mi personaje por el de Lila, una Drag que luchaba contra la secta junto a Danny Trejo; cuando escuché ese nombre me volví a quedar mudo, porque había visto a ese actor en innumerables películas de Hollywood como Machete y Abierto hasta el amanecer de Tarantino. Obviamente no hubo mucho que pensar y me tiré a la pileta; unos meses más tarde filmé junto a él, Maite Lanata, Mónica Antonópulos y Guillermo Zapata, entre otros, esta película que se estrenó en Londres en Frightfest este agosto.
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Después de tremenda experiencia necesitaba vacaciones y me fui a descansar a la playa junto a mi amigo Federico Endler, quien es parte de Comunidad Mundial para la Meditación Cristiana; y fue ahí meditando todos los días, filosofando sobre la vida y mirando cada mañana la inmensidad del mar, donde me surgió la necesidad de escribir la historia de Lila, que es mi homenaje a todas las mujeres trans que conocí y admiro, especialmente a Romina, una mujer que va hacia delante con sus ideales y sus sueños y que a pesar de haber tenido a todos y todo en su contra logró brillar.
Cuando decidí meter manos al personaje y vi lo difícil que sería, me dije: ¿quién me mandó a meterme en este quilombo? Pero hablando en serio, fue un proceso largo pero sanador y liberador, porque me obligó a descubrir y exponer mi lado femenino; algo con lo que yo siempre había luchado para que no aflore. Decidí comenzar al estilo Stanislavsky desde lo exterior a lo interior. Esta Lila tenía que ser muy diferente a la de la película porque no era una Drag, sino una mujer trans. La primera vez que me maquillé, me puse la peluca, la pechera de silicona, el vestido y los tacones y me miré al espejo y lloré, no me preguntes por qué porque aún no lo sé, me agarró una profunda depresión que me duró tres días. Luego empecé a aceptar lo que veía y de a poco comencé a soltarme cada día un poco más, aprender a caminar, a mirar y a moverme como una mujer.
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Una vez que pasó esa primera etapa de creación de imagen del personaje, a Lila le sumé la voz, que no solo tenía que sonar femenina sino que además debía hablar con acento español. Por último, el mayor desafío fue encontrar a la “Diva de la canción española”, a la artista que debía ser Lila: cómo sonaría su voz, cómo sería su pisada escénica al momento de cantar una canción y cuál sería su calidad de movimiento como intérprete. De ahí pasé al estudio de grabación a trabajar con el productor musical Diego Luna (un groso en lo suyo), grabé las canciones del show de Lila: seis covers de canciones muy famosas y una canción original especialmente escrita por mí para la obra Padre; canciones que se pueden escuchar en Spotify e Itunes buscando a la artista “Soy LILA”. Cuando el personaje estuvo creado, fue cuando comencé a ensayar la obra con la directora del espectáculo. Si una obra requiere de un personaje tan alejado del actor como es Lila hacia mí, creo que debe ser trabajado antes de iniciar los ensayos, no creo que se pueda encontrar mientras se trabaja con el texto.
Creo que Lila terminó teniendo un formato muy atractivo, original y aún no visto. Si bien todo sucede en tiempo real y empieza en el momento en que Lila comienza su show, luego el espectador verá a lo largo de la obra tres situaciones que se irán intercalando: las canciones del recital, los monólogos al público donde cuenta su vida con humor y los momentos íntimos que suceden en el camarín, donde el espectador se transforma en voyerista. Y es en esos momentos donde se ve la vulnerabilidad de Lila despojada de la Diva; donde se rompe la fantasía del artista y se ve lo que ningún fan quiere ver de su ídolo.
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Es una obra que apunta al corazón de todos los espectadores más allá del género y la orientación sexual; y los va a llevar a plantearse temas comunes a todos como la complejidad de los vínculos, el amor y el desamor, la amistad, el aceptarse a uno mismo y cómo nos afecta la mirada del otro en nuestro desarrollo como seres humanos. Es una obra para disfrutar, reír y reflexionar; lo compararía a entrar en una coctelera de emociones.
Mi voz en esta obra es la de Lila, que quiere decirle a la gente que no tenga miedo de ser auténtica, que encontrarse a sí mismo muchas veces nos lleva por un camino que en un principio creemos imposible de transitar, pero una vez que lo caminamos, nos hace sentir la felicidad de haber logrado ser quienes realmente queríamos ser; seres únicos con la virtud de la particularidad.
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