Fabián Casas: “En la pandemia volví a la poesía porque una vida dura necesita un lenguaje duro”

El escritor argentino acaba de publicar “Papel para envolver verdura”, un libro que recopila pequeños ensayos. En este diálogo con Infobae Cultura reflexiona sobre la poesía, la relación con su padre, la infancia y la filosofía, entre otros temas

(Gentileza Editorial Planeta)
(Gentileza Editorial Planeta)

Fabián Casas es Fabián Casas al natural. Esto quiere decir que es un escritor, un ensayista, un guionista o un poeta que no adquiere el rictus que a veces esas disciplinas transmiten a sus practicantes. Por el contrario, en la tardecita de un día de semana y con un horario límite porque Casas debe buscar a sus dos niños, el periodista de Infobae Cultura lo espera en un costado silencioso y poco luminoso de un bar que comienza a llenarse.

Entonces aparece él, que acaba de publicar Papel para envolver verdura (Emecé) -libro que recopila sus columnas publicadas en el diario Perfil y que constituyen un conjunto de ensayos en los que se asoma la felicidad de la literatura-, vestido con shorts blancos y dice: “¿Y qué te parece si vamos al patio?”. Lugar, claro, donde se desarrolla esta entrevista.

Papel para envolver verdura muestra una faceta cercana del autor frente al lector, con quien habla sobre otros libros, sobre películas o series como la británica El guardaespaldas a la que asiste y regresa con una noción no percibida por la crítica, sobre su padre y la última habitación que habita en su hogar, sobre el amor por su hermano o un maestro de karate cuyo libro encuentra de casualidad. Los ensayos se realizan en una primera persona que permite esa cercanía con el lector, a la vez que el “yo” juega la intimidad del autor.

"Papel para envolver verdura" (Emecé), de Fabian Casas
"Papel para envolver verdura" (Emecé), de Fabian Casas

-Casas, acaba de publicar un libro de ensayos que están escritos en una primera persona. Al leer, el lector, al mismo tiempo que el autor, pone en juego un aprendizaje. Tal vez por eso no parecen columnas conclusivas, sentenciosas.

-Creo que es algo que tomé de la poesía. Para mí la poesía es hacerse preguntas, no darse respuestas. Me parece que para que un texto tenga cierto valor o cierta potencia tiene que estar en estado de pregunta y no en estado de respuesta, porque cuando vos lo ponés en estado de pregunta, la persona le puede proponer su propia experiencia. No se trata de poner la propia experiencia para concordar o disentir con el texto. Eso sucede cuando un texto tiene una estructura publicitaria o pedagógica, que puede resultar productiva en algunos casos. En cambio aquella estructura que busca emanciparse es la que a mí me parece productiva.

-Y también la primera persona puede ser muy íntima.

-Sí, pone en juego cierta intimidad.

Tal vez uno de los ensayos más sensibles del libro sea aquel en el que el hijo, es decir Fabián Casas, va a ver a su padre, que se encuentra en los últimos momentos, y pese a que quizás no lo escuche, el hijo pronuncia a su padre unas palabras que no le había dicho hasta ese momento. Una nota al pie de página informa que el padre murió a mediadios de este 2020.

“No, no, no murió de Covid -dice Casas y se nota que habla con el afecto del recuerdo-. Mi viejo tenía 93 años y murió de viejito, ¿viste? Pero justo murió fue en la época de la primera restricción con el coronavirus, por eso estuvimos todo el tiempo ocupándonos de él, bañándolo, dándole de comer, cambiándolo. Fue muy intenso pero fue espectacular porque… Fue espectacular en el sentido de que estuvimos a la altura de eso, lo acompañamos hasta el final”.

Fabián Casas en su rincón de escritura hogareño
Fabián Casas en su rincón de escritura hogareño

–Queda la sensación, al leer a su hermano Gabriel en su Facebook, de que su papá era una especie de héroe terrestre, ya solo con haber sido representante de Alberto Olmedo

–Era una especie de precuela pequeña de los héroes de Marvel (ríe). Si lo pusiera en la pantalla escribiría un guion de un héroe que podía ser re bueno o malo, o sea un héroe complejo. Yo me acuerdo del último momento que estuve con él, cuando me dejaron entrar para despedirme, que estaba medio inconsciente. Yo le hablaba igual porque uno tiene la tendencia a hablar, todavía no pude aprender a saber que no es necesario hablar, y en ese momento le agradecí todo lo bueno y también todo lo malo porque uno está construido por esas dos cosas. Fue una figura muy fuerte para nosotros mi papá, de la misma manera que mi mamá, que murió mucho más joven, y también fue importante. Lo que pasa que mi papá atravesó un montón de tiempo, 93 años es un montón de tiempo lidiando y relacionándonos con él.

–Además el estar cerca de Olmedo por su papá debía ser divertido.

–Fue como un tío para nosotros. Era como un tío con el que estábamos siempre desde muy chiquitos, porque veraneábamos juntos. Estábamos siempre con él, con los hijos de Alberto, los primeros hijos de Alberto son muy amigos de mis hermanos. Mi hermano Juan estaba todo el tiempo con ellos. Y cuando fue el velatorio de Alberto yo tuve que ponerme un traje, un saco y manejar el auto donde iba toda mi familia para entrar al panteón de actores donde dejamos el cuerpo de Alberto. Era parte de nuestra familia.

–Olmedo era un hombre criado desde abajo.

–Igual que mi papá: eran personas populares criadas en la calle, no porque fueran nenes abandonados, sino porque en esa época tenían mucha calle. La diferencia entre Alberto y mi papá era que Alberto era un melancólico y un depresivo, y mi papá era una persona mucho más vital.

Fabián Casas lee en la noche de poesía del Filba; Martín Kohan, de rodillas, entre el público (Rodrigo Ruiz)
Fabián Casas lee en la noche de poesía del Filba; Martín Kohan, de rodillas, entre el público (Rodrigo Ruiz)

–Pareciera que usted tiene esa manera de pensar “de la calle”.

–Si, bueno, yo crecí en un barrio y tuve la suerte de no tener que estar todo el tiempo en casa, como le pasa a muchos chicos de ahora, que no pueden estar mucho tiempo en la calle. Yo después del mediodía volvía del colegio y me iba a la calle con mis amigos hasta las seis de la tarde, después nos bañábamos y hacía los deberes. La calle entraba en todos lados, estaba en el colegio, en la primaria, por eso nunca tuve mucha diferencia entre la cultura popular y la cultura alta para mi, siempre estuvieron trabajando juntos. Vos pensá que mi papá era un actor independiente, conocía a Ernesto Bianco, ahí lo conoció a Alberto Olmedo, a Juan Carlos Altavista, que fue el padrino de mi hermano más chiquito, Gabriel. Leonardo Favio vivió en la casa de mi papá cuando éramos chicos, por eso mi hermano Gaby se llama Leonardo. Toda esa cultura que es alta o baja, es cultura; y toda esa potencia la adquirí en el patio de mi casa paterna donde venían todos a hacer obras de teatro, a pensar guiones, a hacer cosas, a comer, a jugar fútbol.

–Bueno, pero usted también estaba rodeado por genios. Leonardo Favio era un genio.

–Con Leonardo Favio nos cruzábamos en la calle y nos quedábamos charlando un montón porque había vivido en mi casa apenas vino de Mendoza porque era amigo de papá. Para mí nunca hubo mucha distinción entre las personas porque después están las personas que no son conocidas, que son geniales, que te forman.

-Pasa que se percibe a los escritores como una parte más íntima del campo intelectual y, después, como parte de la alta cultura.

–Para mí siempre se vivió de manera transversal y natural. Siempre disfruté de todas las cosas que me iban apareciendo, trataba de estar muy atento a todo. Me acuerdo que teníamos una casa donde vivíamos en Boedo, que era una casa muy pobre y a las estufas les teníamos que comprar combustible. Entonces yo iba con mi tía, que vivía conmigo y que era como una mamá para mí también, y me llevaba al centro a comprar combustible para las estufas y enfrente había unas mujeres en una facultad que siempre estaban prendiendo fuego a todo. Eran los setenta, todos estaban enloquecidos en la calle, entonces yo le pregunté a mi tía quiénes eran esos que estaban enfrente, y mi tía me dijo: “Todos esos son los locos de Filosofía”. Yo en ese momento tendría siete u ocho años y me dije: “Cuando pueda cruzar la calle voy a ir ahí”. A esa edad no podía cruzar la calle solo. Más tarde hice eso, crucé la calle y fui a estudiar Filosofía, o sea esa decisión formó parte de algo que tiene que ver con una carencia, con una necesidad, con comprar el combustible para calentarnos en invierno y esto me llevó a cruzar la calle y estudiar Filosofía.

–No terminó la carrera, ¿no?

-Me di cuenta de que la filosofía no era algo que yo tenía que estudiar en los claustros, sino que era algo que tenía que salir del claustro, que pensar dentro te impedía pensar, de la misma manera que para mi pensar dentro de la literatura te impide escribir. Me di cuenta de que tenía que salir de esos lugares para poder trabajar.

"Leí mucha poesía porque una vida dura necesita el lenguaje duro, y eso es la poesía"
"Leí mucha poesía porque una vida dura necesita el lenguaje duro, y eso es la poesía"

–Muchos chicos dicen: “Voy a estudiar Letras para ser escritor” y no parece funcionar así.

–Muchas veces por ahí tenés que ir a una fábrica para ser escritor. A veces muchos chicos o chicas me cruzan y me cuentan: “No te leímos en el momento que estabas publicando porque estábamos en Letras”. Eso me parece genial y paradójico: estoy estudiando Letras, entonces no te leí.

–¿Entonces no terminó la carrera pero viajó?

-Yo me fui de viaje por dos años cuando me estaba por casar. Faltaban quince días para casarme y me di cuenta de que me tenía que ir. Le dije a mi novia que me iba a ir y me dijo que me iba a esperar, tenía veintiún años, era muy joven. Viajé dos años, hice el norte argentino, viajé a Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, me quedé viviendo medio año en el Amazonas y volví. Me había convertido en un animal. Pensá que en el Amazonas tenía taparrabos y comía y cagaba en la calle, entonces me costó mucho después reeducarme a estar en sociedad y eso lo sufrí con las drogas, hasta que mi papá me tuvo que internar. Tomaba muchos ácidos y me internaron, y después de la internación el médico me dijo que para que pudiera estar acá hablando con vos tenía que traspasar todo eso que me producían las drogas a algo que tuviera que ver con producir endorfinas con el ejercicio. Entonces empecé a nadar con Fogwill. Íbamos siempre a nadar y eso trabajaba mucho mi estado de ánimo. Él me llevaba y me llevaba a nadar en el río también. Después pasé a hacer boxeo y luego una chica que leyó Los Lemmings me dijo que hiciera karate, que me iba a encantar. Fui y no dejé nunca más.

–¿Cómo conoció a Fogwill?

–Mi hermano Juan es fotógrafo y trabajaba con un amigo de Fogwill. Un día Fogwill le dijo a Juan: “Tu hermano sacó un libro de poemas extraordinario, lo voy a subir a una página web que tengo”. Fogwill fue uno de los primeros que trabajaba con la web. Entonces mi hermano me lo contó y yo fui a ver a Fogwill que vivía en ese tiempo en una galería en la calle Santa Fe, vivía dentro de una galería, que es un buen lugar para que viviera Fogwill, ¿no? Y ahí nos hicimos muy amigos, hasta su muerte.

Fabián Casas (Eterna Cadencia)
Fabián Casas (Eterna Cadencia)

–Fogwill era un sismógrafo, tenía un oído para encontrar la literatura, la poesía. ¿Usted lee poesía?

–Si, sobre todo porque durante mucho tiempo he estado leyendo mucha filosofía, y en la pandemia volví a la poesía. Leí mucha poesía porque una vida dura necesita el lenguaje duro, y eso es la poesía. Hubo una cosa de potencia revitalizadora porque en un momento de tanta restricción pensé que la pandemia tiene un costado moral. ¿Entonces cómo te plantás frente a eso? Yo creo que te plantás precisamente haciendo preguntas, buscando preguntas y no dando respuestas. Eso para mí fue muy vital, entonces este período leí un montón de poetas otra vez, de hecho volví a escribir poesía.

–¿Usted piensa que en medio de la pandemia su libro también ayuda a hacerse preguntas?

–Espero que sí, no lo sé, vos viste cuando publicás un libro nunca tenés idea de lo que va a pasar, no sabés a dónde llega, es como un boomerang que tirás desde la terraza de tu casa y por ahí cuando volvió el boomerang ya estás abajo y no lo ves.

-Además, al compilar las columnas publicadas en Perfil ofrece otra lectura que la individual de cada texto.

-Ver todas las columnas juntas permite armar la constelación que quieras, en ese sentido es bastante benjaminiano ese proceso, ¿no? Yo creo que mis conceptos son de la izquierda. Entre derecha e izquierda pienso que la derecha es la naturaleza que quiere que la persona más débil muera y pienso que la izquierda es algo que permite que las personas más débiles, que las personas que no están habituadas al mundo, como nos pasa a todos, tengan un lugar para vivir. Por eso siempre cito ese poema hermoso de Gelman, que le escribe a Pizarnik y en el que dice: “Hagamos un mundo para que Alejandra se quede”. Eso para mí es la izquierda, aquello que lleva a que las personas que no tengan la posibilidad de estar preparadas por múltiples motivos para estar en el mundo según las reglas del capitalismo puedan estar en el mundo, puedan hacerlo. Que podamos hacer un lugar para ellos.

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