
“Sí, soy muy metódico”, dice Santiago Posteguillo y se acomoda los lentes. Tenía 41 años cuando publicó su primera novela, Africanus: el hijo del cónsul, la primera de la trilogía sobre Escipión el Africano. Tres años después, en 2009, cuando salió la tercera parte, La traición de Roma, después de Las legiones malditas, ya era un autor bestseller. El mecanismo le funcionó, no solo al público, sino a él. Y lo repitió: siguió con una trilogía sobre Marco Ulpio Trajano y otra sobre la historia de la literatura.
Cuando terminó de escribir Yo, Julia, sobre la emperatriz romana Julia Domna, decidió inscribirla en el Premio Planeta. Y lo ganó. Dos años después continuó la saga con Y Julia retó a los dioses. Pero todos estos libros, todas esas horas de escritura e investigación, todas estas novelas acumuladas una tras otra, apenas fueron una preparación para lo que finalmente llegó: abordar la vida de Julio César. “Es un proyecto que ha estado conmigo desde siempre, pero me daba vértigo”, confiesa.
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“Es un proyecto de doce años de trabajo y seis novelas”, dice. En 2022 publicó Roma soy yo, en 2023 Maldita Roma y el año pasado Los tres mundos. A presentar esta última vino a Buenos Aires, para participar de la Feria del Libro. “Acabo de finalizar la trilogía del ascenso político y militar de César, pronto vendrá la trilogía del poder absoluto de César”, cuenta y se vuelve a acomodar los lentes. Está en el Hotel Alvear, en su habitación, desde donde mira la ciudad eterna. Le habla al teléfono, en alta voz.

Santiago Posteguillo es un académico clásico. Lentes de lectura, camisa lisa, zapatos lustrados, mentón afeitado. Es filólogo y lingüista por la Universidad de Valencia —su ciudad de origen, donde hoy reside—, estudió literatura creativa en la Universidad de Denison en Estados Unidos, y Lingüística y Traducción en Gran Bretaña. Su fascinación por la Antigua Roma nació un día de calor, cuando era un nene, caminando entre los monumentos de la capital italiana, señalando a cada uno y preguntando por todos.
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“Cuando aún no había publicado nada, empezar por Julio César implicaba meterse en el universo de muchos personajes, porque César va acompañado de Marco Antonio, Craso, Augusto, Cleopatra, Cicerón, Bruto, Pompeyo: todos merecedores de sagas por sí mismos. Eso me abrumaba. Necesité escribir ocho novelas históricas antes de la antigua Roma para sentirme con la suficiente capacidad narrativa de abordar este proyecto. Un día dije: “Bueno, ahora sí me atrevo”. Pero con todo planificado", recuerda.
“Esa fascinación es parte del reflejo de la fascinación global que nuestra civilización occidental tiene del mundo romano y en particular de César. Los tres mundos, que habla de la conquista de las Galias por Julio César, del 58 al 53, es el origen de la civilización occidental. Hay una parte que bebe de la Antigua Grecia, con la democracia, etcétera, pero cuando César une a una Hispania romanizada y a un poder central de Italia, lo que está haciendo es forjar Occidente. Es lógico que César fascine, ¿no?“, dice.
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“César fascina porque forja Occidente, porque crea Occidente”, continúa Posteguillo. “Somos hijos de César. Luego podemos tener los debates que queramos sobre si Occidente ha sido bueno o malo, positivo o perverso para el mundo, pero es incuestionable que Occidente lo crea César en esos cinco años. Por eso es normal que tengamos fascinación por Julio César en torno a quien pivota toda la civilización romana de la cual somos herederos. Por eso creo que tenemos esa fascinación”.
Esa fascinación se fue politizando con el tiempo. Quizás el punto más alto, al menos en el último siglo, fue con el fascismo. Una fascinación imperial. “Mussolini hizo una manipulación pura y dura”, dice Posteguillo. “Hizo la Vía de los Foros Imperiales para poder hacer sus desfiles militares e impresionar a Hitler con ese pasado legendario, el de una antigua Roma todopoderosa. Mussolini se apoyaba en ese origen de Occidente para justificar acciones absolutamente injustificables“, agrega.
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“Pero más allá de que a la civilización romana se la hayan intentado apropiar a lo largo de la historia, es nuestro origen, porque ahora estamos hablando un idioma, que es una derivación directa del latín. Nuestra organización política con senados y congresos, es un reflejo de la organización que tenía la Antigua Roma. Nuestro derecho es una evolución del derecho romano. Hasta en lo trivial: poner en el calendario los días festivos en rojo o la siesta, la hora sexta, que era la del descanso del mediodía”, continúa.

Una fascinación política, decíamos, y una fascinación estética: un deslumbramiento. “Es como cuando te enamoras de alguien: lo idealizas, no puedes ver que esa persona tiene muchas virtudes, pero también algunos defectos. Lo ignoras por tu fascinación. Y cuando se nos pasa el enamoramiento, aparece la vida real. Para que esa relación sea sostenible tienes que combinar tu idealización con la realidad. Estas cosas pueden pasar también con nuestro enamoramiento por sociedades pasadas”, reflexiona.
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“La sociedad de la antigua Roma tiene algunas cuestiones de las que podemos aprender mucho. Sus políticos podían tener un nivel cultural muy importante. En Los tres mundos aparece un Cicerón que está editando un libro del filósofo Lucrecio y se lo envía a sus oponentes políticos como Pompeyo y César porque les interesa su opinión. ¿Tú te imaginas a un presidente de una democracia occidental, no solo editando un libro de filosofía, sino enviándoselo a sus opositores? Yo tampoco", dice.
También están “las sombras de esa civilización”. “En mis novelas intento mostrar los grandes logros de Roma, pero también sus pecados y errores: la corrupción, la traición, la inmoralidad”, y concluye: “Yo intento que mi pasión por esa civilización de la que somos hijos no me ciegue. De César podemos aprender porque tuvo más aciertos que errores, pero no te voy a omitir los errores. Intento un equilibrio entre la fascinación y lo real, para que pueda surgir, junto con el entretenimiento, una reflexión.
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“Como decía antes: te pueden gustar tus padres, pero no puedes cuestionar que son tus padres. Pues eso nos pasa con Roma”, dice Posteguillo horas antes de ir a la Feria del Libro de Buenos Aires a presentar Los tres mundos. Toda esa gente que finalmente fue a verlo a La Rural —muchísima, propia de un bestseller— “te hace ver que todas esas horas que pasas solo, porque el trabajo de un escritor es muy solitario, en verdad no estás tan solo, sino que hay mucha gente que está ahí, esperando”.
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