Eduardo Berti: “Un sello rioplatense es el ‘neo-fantástico’, un género más existencial, más ligado a ‘fantasmas internos’”

El autor argentino reflexionó sobre su nuevo libro, “Círculo de lectores”, un catálogo imaginario de personajes que leen bajo protocolos maniáticos y exquisitos al mismo tiempo. “No creo en las instrucciones para leer”, dijo

Eduardo Berti (Foto: Lihue Althabe)
Eduardo Berti (Foto: Lihue Althabe)

A partir de dos ejes interconectados -el juego y la geometría circular-, Eduardo Berti construye en Círculo de lectores, un catálogo imaginario de personajes que leen bajo protocolos maniáticos y exquisitos al mismo tiempo y le permiten discurrir sobre la retroalimentación entre libros y lectores porque, como dice el autor, “un buen lector inspira al libro y cuando las cosas funcionan bien (como en toda relación de a dos) se arma una suerte de espiral o de remolino creativo, placentero, inolvidable”.

Posiblemente como una deformación de su pertenencia al grupo de experimentación literaria conocido como Oulipo -integrado alguna vez por escritores célebres como su fundador Raymond Queneau y otros como Marcel Duchamp, Italo Calvino y George Perec- cuando empezó a escribir este texto, a Berti no le interesaba pronunciarse sobre algunas indagaciones que pueden resultar más obvias, como la manera en que los libros interceptan un fragmento de la vida del lector para sumergirlo en una deriva transformadora: más que describir sobre esa incidencia de la literatura -que Cortázar retrató con afán hiperbólico en el relato Continuidad de los parques- quería reivindicar el sentido lúdico de una escritura pensada como relación simbiótica entre quien lee y quien escribe.

A través de una tipología de personajes estrambóticos o bizarros que componen el libro editado por Páginas de Espuma, el autor de Todos los Funes se expide sobre el rol del traductor como un editor afilado que puede producir marcaciones decisivas, ofrece definiciones sobre las diversas variantes del cuento y hasta ironiza -en el apartado “Mañana se anuncia mejor”- sobre las fórmulas gastadas del periodismo, un oficio que en su caso fue perdiendo terreno en la silenciosa disputa con la escritura de ficción.

"Círculo de lectores", de Eduardo Berti
"Círculo de lectores", de Eduardo Berti

“Siempre me entusiasmó más escribir ficción que escribir periodismo. Eso no significa que el periodismo no me haya apasionado en un momento. Al contrario, le debo mucho. Pero supongo que mi tendencia a la imaginación y a la invención fue más fuerte que el rigor de verdad al que me obligaba el periodismo”, destaca Berti.

- Los primeros tramos de Círculo de lectores constituyen una descripción de la materialidad que precede y delimita la experiencia de lectura ¿Escribir sobre las condiciones que hacen posible el acto de leer es una manera de repensar gestos que aparecen automatizados por la práctica o prevalece la idea de resignificar a Cortázar en ese gesto lúdico de redactar instrucciones para un acto mecánico y carente de variantes en homenaje a sus “Instrucciones para subir una escalera”?

-Proponer un manual de instrucciones para cosas que están “automatizadas por la práctica” equivale a un ejercicio de extrañamiento: detenerse a mirar algo que, por lo común, damos por aceptado y no miramos con atención. Quise empezar así, mediante una especie de humorada con extrañeza, porque no creo en las instrucciones para leer: al contrario, creo que hay muchas maneras de hacerlo y este libro celebra esa diversidad.

Círculo de lectores es como una colección de lectores singulares y de maneras singulares de leer. Si hay un tema central, más allá incluso del tema de la lectura, es el de la lectura “subversiva” o “creativa”. Y este asunto va apareciendo en las diferentes secciones que conforman el libro.

- Hay dos hilos conductores que dan identidad a los textos: la idea de juego y la de círculo, una forma transitada por la literatura desde los tiempos de la tragedia griega para explicar una conexión entre vivencias personales o tiempos históricos que implica suponer que nada está librado al azar y que en algún momento se vuelve a un punto de origen. ¿Cómo atraviesa esto tu relación con la literatura?

-El concepto o la imagen del círculo atraviesa el libro de diversas maneras. La más clara es la de círculo como colección, como galería o como “clan” u organización. Juego con esa noción de que los lectores forman una suerte de hermandad. Pero mientras escribía el libro (y tuve tiempo... porque tardé casi veinte años en hacerlo) fui descubriendo otras resonancias. Una de las que más me inspiró fue la idea de que hay una retroalimentación entre el libro y el lector. Que un buen libro inspira al lector, que un buen lector inspira al libro y que, cuando las cosas funcionan bien (como en toda relación de a dos: amistad, amor), se arma un remolino creativo, placentero, inolvidable. Otra suerte de círculo, en definitiva.

(Télam)
(Télam)

- En el mapa de lectores que integran el libro aparece el señor Briest, empecinado en “enderezar traducciones”, es decir, cambiar las palabras escogidas por el traductor original. ¿Traducir es una de las mejores formas de leer?

- Nadie lee como lo hace un traductor... Es una lectura única. No solo por el grado de cercanía y de detalle, pero también por la extraña velocidad a la que obliga el acto de traducir, que es casi como “leer en cámara lenta”. El traductor es como un árbitro viendo el VAR del libro... o como un mecánico que desarma un motor para rearmarlo en otro idioma. Mis traductores me señalaron cosas que nadie vio: ni los editores, ni los correctores, ni los críticos, ni los lectores más avezados o más obsesivos. En contrapartida, con cada nuevo libro que traduzco aprendo cosas nuevas. Traducir no tiene necesariamente una influencia directa en mi escritura, pero sí en las herramientas, las técnicas, las tácticas y las estrategias que uso para escribir.

- ¿La apelación a Cortázar es una incitación a desestimar la figura del lector entumecido que espera que el autor le facilite el recorrido de lectura, acaso una invitación a restituir la experiencia del juego en la vida y en la literatura?

- Cortázar estuvo a punto de ser miembro de Oulipo. Según cuenta la leyenda, habría aceptado una invitación como “invitado de honor” a una reunión del grupo, pero nunca apareció. En este libro, que es una suerte de homenaje a la lectura, habría sido paradójico excluir a los lectores. A mucha gente, lo lúdico le parece una frivolidad. Lo siento por ellos, porque seguramente están enfermos de solemnidad. Borges y Cortázar nos enseñaron que se puede jugar muy en serio y que escribir un libro es un “juego peligroso”. Por otra parte, en la palabra juego hay muchas acepciones nada frívolas, como cuando hablamos de riesgos (“jugársela”) o de desafíos (hacer algo “jugado”).

- El texto recupera pactos que están ligados a los soportes tradicionales pero al mismo tiempo el mundo de los libros y las librerías está cambiando por la irrupción no ya del libro electrónico sino de plataformas que suplantan la relación con las librerías. ¿Los modelos de lector que aparecen en Círculo de lectores están “amenazados” por este cambio de paradigma?

- Sospecho que cada vez que aparece una nueva tecnología reina esa sensación de que nos alejamos de ciertas experiencias o de que se complica nuestro contacto con la “realidad”. Como si la tecnología no fuera parte de la realidad. Estamos en un momento de cambios que llegamos a vislumbrar confusamente: realidad virtual, inteligencia artificial, crisis climática. Todo lo que era nuestro paisaje parece amenazado. Y la pandemia ha venido a reforzar o a confirmar estas sensaciones. Veremos qué ocurre de acá a quince, veinte años. La humanidad tiene una larguísima historia de pronósticos futuristas equivocados. En medio de las restricciones, hubo en varios casos un regreso a la lectura. El confinamiento nos obligó a que casi todo pasara por las pantallas: informarnos, conversar con amigos, buscar una serie o una película o un poco de música, jugar. Una especie de oasis. Y acaso otra prueba más de que los formatos digitales pueden o necesitan convivir con formatos más tradicionales. Que los cambios no siempre son tan drásticos y que por eso suelen naufragar, a veces, algunas futurologías.

Eduardo Berti (Foto: Lihue Althabe)
Eduardo Berti (Foto: Lihue Althabe)

- Atravesamos un año en el que el realismo pareció perder terreno frente a la distopía o la ciencia ficción para retratar una realidad dislocada que disparó la angustia y la perplejidad ¿Qué supone esta suerte de “distorsión” actual que ha entronizado géneros como el terror o la distopía para alguien a quien siempre le interesó explorar variantes y establecer articulaciones impensadas entre géneros?

- Soy poco amante de los “géneros puros”. Y mucho menos de los géneros hipercodificados que obedecen a una serie de reglas fijas. Me gusta cuando se juega con los géneros, cuando se los rompe o tensiona. Ahora bien, creo que lo “fantástico” -entre comillas, para resumir una estética que no es naturalista ni costumbrista- es más que un género en la tradición literaria argentina o incluso rioplatense. Es una forma de mirar que tenemos incorporada y que aparece de diversas maneras que tienen que ver con una suerte de “extrañamiento” que nos viene de fábrica siendo un país que forjó su identidad con un enorme caudal de extranjeros extrañados. Un sello de la literatura argentina es que buena parte de sus principales autores cultivaron de alguna u otra manera el “neo-fantástico”: no me refiero a un fantástico tradicional de castillos en ruinas y fantasmas que arrastran cadenas, sino a un fantástico más existencial, más metafórico, más ligado a “fantasmas internos”.

El abordaje distópico permite moverse en una especie de zona intermedia. Permite reflexionar en torno a los totalitarismos (más que sus vínculos con la pandemia, me detendría en sus vínculos con el mundo de Putin, Trump, Xi Jinping, Bolsonaro y compañía) y permite un juego más vasto con una de las preguntas básicas que nutren desde siempre a la ficción: la hipótesis de “¿qué pasaría o qué habría pasado si…?”. En definitiva, las mejores distopías (Huxley, Bradbury, Dick) van más allá de las convenciones de la ciencia-ficción y sacuden a la vez tanto el realismo como lo fantástico. Salvando las diferencias, algo medio distópico ocurre al final de mi libro, en “Mañana se enuncia mejor”. La suma de historias va armando una humilde distopía atragantada de libros y literatura, claro que sí, pero donde hay leyes bastante totalitarias e incluso una misteriosa “epidemia” que afecta a los lectores de determinada traducción de un libro de Kafka: una epidemia que imaginé mucho antes del Covid.

- ¿En qué medida el experimento del que dio cuenta Rayuela en busca de un lector más interactivo generó en vos una noción de los pactos de lectura que persisten en tu escritura?

- Podríamos decir que esto siempre existió, de manera bastante codificada: por un lado, muchos autores reescribieron obras anteriores en modos incluso explícitos; por otro, muchos grandes lectores se volvieron escritores. El caso de Joseph Conrad, que empezó a escribir su primera novela (al menos, así lo rememoró él) en el camarote de un barco, en los márgenes blancos de una novela de Gustave Flaubert, uno de sus ídolos, es un ejemplo bastante gráfico. Pero tu pregunta va más allá de esto. Y creo que esta clase de participación de la que hablás es más reciente. Tiene que ver, ante todo, con las vanguardias del siglo XX y con conceptos como los de combinatoria o interactividad, que han empezado a ocupar un lugar más central. Creo que cada vez más hay más espacio para el rol activo del lector o del público en general. Las fronteras entre “arte” y juego se vuelven difusas.

En el campo de la literatura no son millones los casos por el estilo, pero tampoco son inexistentes: el libro electrónico (si se lo explora más allá de la simple versión “en pantalla” del libro tradicional) puede permitir que el lector maneje una especie de “tablero de comando” y manipule informaciones o textos. Con esto no intento decir que la idea de lector activo sea solo consecuencia inevitable de los cambios tecnológicos. Pienso en ejemplos de mediados del siglo XX, como los Cien mil billones de poemas de Raymond Queneau, el Juego de cartas de Max Aub o algunas novelas de Marc Saporta… y no solo en Rayuela, que es un ejemplo más familiar para los argentinos.

Fuente: Télam

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