
Hoy, que lo despedimos con tristeza, debemos decir, primero, que Gabo Ferro tuvo muchas vidas. Y que las vivió a todas con intensidad.
En una, tal vez la primera, fue el cantante de Porco, banda hardcore que se movía en el under con ganas de pegar el salto. Los recitales eran una fuerza de la naturaleza. En uno —creo que fue en el Velódromo—, Gabo cantaba concentrado mientras el bajista iba de una punta a la otra tirando el bajo y pegándole patadas. “El bajo era del guitarrista y se habían peleado”, dijo muchos años después y con una sonrisa cómplice agregó, “entonces yo le dije: hacéselo mierda”. Otro recital, uno de 1998 en el Bauen: Gabo cantaba y la gente respondía con ímpetu, pero entonces, de repente, algo se le cruzó por la vista. Ahí mismo se dio cuenta de que Porco había cumplido su ciclo. Gabo dejó el micrófono en el piso y bajó del escenario. Así, abrupto pero dueño de su destino, concluyó con aquella etapa.
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Vinieron entonces siete años de silencio. Siete años de introspección en los que se dedicó a estudiar. Dicen que fue Ariel Minimal el que lo convenció para volver. Y volvió con otra voz, una distinta pero más suya. En 2005 editó Canciones que un hombre no debe cantar y al año siguiente sacó el “disco marxista” Todo lo sólido se desvanece en el aire. Las letras se hicieron más íntimas, tenía una guitarra con cuerdas de nylon y la boca más pegada al micrófono. El rocker se escondió para darle espacio al trovador, pero no se fue muy lejos, estaba ahí, a la vuelta de cada nota, y sorprendía ante cada descuido.
Fueron cinco discos en cinco años: después de aquellos vinieron Mañana no debe seguir siendo esto, el bellísimo Amar, temer, partir, y Boca arriba. Luego tres discos más: La aguja tras la máscara (2011), La primera noche del fantasma (2013) y El lapsus del jinete ciego (2016). Para no ceder a las presiones de los grandes sellos, montó el suyo propio. Lo llamó Costurera carpintero como la canción que está en su primer álbum solista, y como también le puso al libro que compila sus letras y que tiene prólogo de nada menos que Diana Bellessi.
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Gabo músico. Gabo poeta. Gabo historiador. Mientras con su guitarra y su poesía decía esas monstruosidades que no se deben cantar, publicó un extenso trabajo sobre la generación del 37: Barbarie y civilización. Sangre, monstruos y vampiros durante el segundo gobierno de Rosas (Ed. Marea) tiene también tiene prólogo de un grande: José Emilio Burucúa. Cuando se piensa en artistas inclasificables, Gabo Ferro ocupa allí un lugar especial.
En una entrevista que le hice hace una década en Eterna Cadencia, Gabo dijo algunas frases que tienen una enorme vigencia —y que van a seguir vigentes durante varias décadas—. Dijo: “No es posible que un papá le compre a su hija un disco de rock en el supermercado con la tarjeta de crédito”. Y dijo: “Cuando me comparan con Miguel Abuelo yo creo entender lo que pasa: la inquietud de que no puede haber nadie más o menos original en tu ciudad. Entonces, los periodistas hacen un proceso de asimilación, pero en realidad es un proceso de anulación”. Y también dijo: “El discurso de la canción es un discurso doble, la letra potencia y dice otra cosa que es esa suma de letra y música. Todo lo poético que puedo ser está dentro de la canción. No puedo escribir más que eso y para mí la poesía es más que eso. Yo llego hasta ahí, y estoy conforme”.
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Gabo Ferro tenía 54 años y estaba enfermo de cáncer. Cuando me enteré de su muerte, le escribí a un amigo por WhatsApp. “Hoy es un día triste para la música”, me contestó. Tristísimo.
No sé cómo se llama la tristeza de hoy.
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