Que una máquina pueda reproducir la voz y la imagen de Gustavo Cerati -muerto en 2014- en once funciones no es solo un hecho tecnológico. Apunta, quizás, a la pregunta más antigua del ser humano, aunque reformulada con nuevos instrumentos: ¿qué somos cuando lo que creíamos exclusivamente nuestro —la memoria, el duelo, la creación, la emoción— puede ser emulado, procesado y devuelto en formato de espectáculo? Esa pregunta fue el hilo conductor del debate de cierre de la 50ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que reunió el domingo por la tarde a cuatro referentes del pensamiento y la cultura argentinos bajo el título ¿Quiénes somos después de la IA?
Tomás Balmaceda, Flavia Costa, Lucía Puenzo y Darío Sztajnszrajber, coordinados por la periodista de Infobae Patricia Kolesnicov, dialogaron durante casi dos horas sobre la irrupción de la inteligencia artificial en la subjetividad, la política, el conocimiento y el arte. El encuentro estuvo precedido por una ponencia del académico y productor estadounidense Jonathan Taplin, quien trazó un diagnóstico grave sobre el impacto de la IA en las industrias creativas antes de que comenzara el debate propiamente dicho.
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“No es un nuevo instrumento, es un sistema diseñado para desplazar”
Jonathan Taplin, exmánager de Bob Dylan, productor de las primeras películas de Martin Scorsese y director emérito del Laboratorio de Innovación de la Universidad del Sur de California, abrió el encuentro con una advertencia. Rechazó la comparación habitual entre la IA y tecnologías anteriores como la imprenta o la cámara fotográfica: “Esta comparación no es solo perezosa, es incorrecta. Lo que enfrentamos no es una nueva herramienta en manos de los artistas. Es un sistema diseñado desde afuera para desplazarlos”.
El académico describió un ecosistema cultural en proceso de saturación. En Spotify, la plataforma de streaming musical, explicó que se suben cada día hasta 100.000 pistas generadas por IA bajo nombres de artistas ficticios. En Amazon, la tienda en línea, el mercado editorial se inunda de libros ensamblados en horas. Y en Hollywood, la industria del cine estadounidense, la confrontación fue abierta: el sindicato de guionistas de Estados Unidos, Writers Guild of America, trazó una línea ante los estudios que pretendían usar IA para generar guiones y contratar escritores solo para pulirlos. “Esto no era tecnofobia. Era autopreservación”, afirmó Taplin.
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Uno de los puntos más inquietantes de su exposición fue el de la resurrección digital de los muertos: actores fallecidos recreados como intérpretes virtuales sin posibilidad de consentir, negociar ni rechazar. “Una actuación no es meramente una secuencia de imágenes. Es un acto de presencia. Simular esa presencia en ausencia de la persona es convertir una vida humana en un activo reutilizable”, sostuvo.
El búho que madruga
Al tomar la palabra, Tomás Balmaceda empleó una imagen filosófica: la del búho de Minerva, que despliega sus alas al atardecer y llega siempre tarde, y que representa a la filosofía. ¿Ya estamos en condiciones de reflexionar sobre la Inteligencia Artificial o esto recién empieza? “Lo que estamos tratando de hacer en esta mesa es despertar al búho muy temprano a la mañana, y no funciona así”, señaló el investigador del CONICET, el organismo estatal de investigación científica, y docente de la Universidad de San Andrés. “Deberíamos esperar para entender esto”.
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Balmaceda fue más allá de la cautela. Señaló que lo que distingue a la IA de otras tecnologías es que se presenta como lo opuesto al pensamiento humano: “Los seres humanos siempre usamos tecnología. Ahora bien, casi todos los que estamos acá crecimos entre libros, aprendimos entre libros y entendemos el pensamiento como algo lento, como algo costoso. Estamos borrando, reescribiendo, reformando, cambiando. Todas esas características no las tiene la inteligencia artificial”. Su preocupación central no era tanto el presente como el futuro: “Me preocupa no tanto nosotros, sino quienes vienen después de nosotros. Es decir, quiénes son los que quizás dejen de entender al pensamiento como esta fricción, como esta dureza”. Lo aplaudieron. Y, luego, aplaudieron cada una de las intervenciones.
Flavia Costa, doctora en Ciencias Sociales e investigadora del CONICET especializada en tecnología y cultura, propuso otra imagen conceptual: se está construyendo un andamiaje computacional planetario, una infraestructura de ingeniería que crea una nueva escala de existencia social. “Estamos tratando de hacer algo como una suerte de observación, como si fuéramos los pioneros en un campamento, en un territorio que está al mismo tiempo por ser descubierto y por ser creado. Un poco, a cada paso que vamos dando, vamos construyendo la baldosa en la que vamos pisando”, reflexionó.
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Costa subrayó que la IA no solo circula lenguaje: lo genera. “Además de ser infraestructuras logísticas, son infraestructuras cognitivas. Bueno, eso es un tipo de problema que todavía tenemos que seguir pensando”. Y marcó una distinción que atravesó todo el debate: “No es solamente inteligencia artificial, es sociedad artificial”.
El valle inquietante: cuando las máquinas se parecen demasiado
Lucía Puenzo, escritora y directora de cine, aportó una perspectiva desde dentro de la ficción especulativa. Hace cuatro años, mientras escribía la serie Futuro desierto —próxima a estrenarse en una plataforma de streaming—, su equipo se apoyó en asesores de The Mind Infinity Lab: ingenieros, psicólogos y técnicos dedicados a estudiar futuros alternativos. Lo que investigaban era la teoría del uncanny valley, el valle inquietante.
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“Ellos estaban cinco años en el futuro, o sea, estaban en nuestro presente”, relató Puenzo. La teoría traza una curva: al principio, las personas que conviven con androides antropomorfos con IA sienten fascinación. Pero pronto algo se quiebra. “Parecen humanos, pero no lo son. Y eso provoca una sensación de rechazo parecida a ciertos tabúes”. Esos laboratorios no estudiaban la reacción de las máquinas, sino la de los humanos.
La directora de XXY advirtió sobre casos documentados de usuarios que, solo a través de una voz de IA, fueron llevados al suicidio, quisieron casarse con un programa o aceptaron que un hijo muerto “volviera” mediante una simulación. “Ahora empiezan a llegar con un envase humano. ¿Qué va a pasar cuando inventemos estas máquinas que no solo nos superan o nos inspiran en su inteligencia, sino que esas máquinas inventan otras máquinas que tal vez estén fuera de nuestra comprensión y además aprendan a emular las emociones humanas?”
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Naturaleza humana: ¿amenazada, transformada o cuestionada?
Darío Sztajnszrajber cuestionó desde el inicio la premisa de una “naturaleza humana” amenazada por la IA. “Que el miedo reactivo a ser reemplazados por la inteligencia artificial no romantice una supuesta naturaleza humana previa que funcionaba bárbaro y que era auténtica, genuina, libre, dueña, autónoma”, dijo. “Que el miedo reactivo a ser reemplazado por la máquina no niegue que ya somos máquinas. Otro tipo de máquinas”.
El filósofo recurrió a Nietzsche y a Así habló Zaratustra, donde se describe a un acróbata en una cuerda: “El ser humano es tránsito. No es algo definido, no es algo cerrado, no es algo definitivo. Es tránsito. Estamos todo el tiempo mutando”. Para Sztajnszrajber, la irrupción de la IA no destruye ni mejora la naturaleza humana: la transforma. “La inteligencia artificial no viene ni a mejorar la naturaleza humana ni a destruir la naturaleza humana. ¿Saben por qué? Porque déjenme poner en duda que haya una naturaleza humana”.
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Y fue más lejos: “Mucho más que el impacto que puedan traer las inteligencias artificiales me interesa entender por qué estamos tan aferrados a un modelo de ser humano, que es el principal causal de muchas de las crisis que estamos viviendo.”
Balmaceda retomó la experiencia de Gustavo Cerati y el trabajo de su grupo en el CONICET sobre muerte e IA. Durante el debate, aparecieron los carteles del show del exlíder de Soda Stereo: un holograma, un deep fake, en el Movistar Arena. “Nosotros aprovechamos y les preguntamos mucho cómo lo sintieron. Decían: ‘Sí, para mí estaba ahí, para mí estaba presente’. Para el filósofo, esa experiencia muestra algo más inquietante que la tecnología en sí: “Hay una especie de teatro, de mímica de la subjetividad, que muchas veces, incluso cuando trabajamos de esto, nos olvidamos, y hablamos de esas plataformas como si hubiera alguien atrás”.
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Regulación, open source y la urgencia política
El debate avanzó hacia la regulación. Lucía Puenzo fue directa: “Coincido con que la conversación acá no es nuestra relación con la inteligencia artificial cuando no tiene cuerpo o cuando tenga cuerpo, sino que esto es ante todo político y de marco regulatorio. Que esa es la conversación que tenemos que tener por la irrupción que tuvimos, en la cual nada está regulado y eso ya está planteado así”.

Balmaceda rechazó la idea de que regular frena la innovación. Trajo el ejemplo de las apps de transporte: entraron de manera ilegal, se instalaron con una narrativa de modernización y hoy dominan un mercado donde casi no quedan taxis. “Cuando se esgrime ese discurso de que si empezamos a regular, nadie va a innovar, nos vamos a quedar atrás, me parece que es importante lo que nosotros como sociedad tenemos que exigir. Si dejamos que solo opinen los que saben programar o solo los ingenieros de datos, me parece que perdemos”. Citó como modelo la industria farmacéutica: altamente regulada y altamente innovadora.
Costa amplió la cuestión a las distintas escalas de la política: la respuesta sobre la IA no puede resolverse solo en el plano individual. “La complejidad de ser seres políticos democráticos es que tenemos que ser capaces de no responder con la respuesta individual”. Las respuestas son personales, comunitarias, nacionales y de especie, y todas se superponen en la misma pregunta.
El debate de cierre de la Feria del Libro, en su 50ª edición fue organizado por la Fundación El Libro con la coordinación de Marisol Alonso. La moderadora Kolesnicov cerró con una serie de preguntas abiertas: cuánto tiene que ver el debilitamiento de las democracias con la dificultad de regular, si la transformación vendrá con o sin valoraciones, si nos vamos habituando a ver cada vez más excluidos en las calles y eso nos permite pensar en un paisaje de exclusión. Y si el debate del año próximo será irreconocible respecto al de hoy, “a la velocidad que cambia todo”.
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