La vida del Fray Mamerto Esquiú: el milagro que lo convirtió en beato y su corazón que fue robado dos veces

Fue un sacerdote fuera de lo común, con una sensibilidad especial. Los contenidos de sus sermones provocaron que las misas que oficiaba fueran multitudinarias. También pasaron a la historia sus palabras cuando se juró la Constitución de 1853

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Fray Mamerto Esquiú
Fray Mamerto Esquiú desarrolló una intensa actividad pastoral en favor de los más postergados

Tal fue el impacto de su sermón en la iglesia matriz el 9 de julio de 1853, como la jura de las autoridades del 28 de marzo de 1854, que el vicepresidente de la Confederación Argentina dispuso que fuesen impresos y encuadernados para su distribución. Además, dos ejemplares debían ser firmados por el orador y depositados en el archivo nacional y debía publicarse una biografía del autor en cuestión.

En ese sermón, Fray Mamerto Esquiú había incitado al pueblo a acatar la Constitución recién sancionada. “La vida y conservación del pueblo argentino depende de que su Constitución sea fija; que no ceda al empuje de los hombres, que sea un ancla pesadísima; (…) Obedeced, señores, sin sumisión no hay ley; sin leyes no hay patria, no hay verdadera libertad: existen solo pasiones, desorden, anarquía, disolución guerra y males…”

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Por entonces, el fraile era muy popular, se pensó en una subvención popular para que pudiera estudiar en Europa y lo incluyeron en una terna para ocupar un obispado.

Casa de Mamerto Esquiú
La casa natal de Fray Mamerto, protegida desde 1941 por un templete (Turismo Catamarca)

Nació en la noche del 11 de mayo de 1826 en un rancho en Piedra Blanca, a 15 kilómetros al norte de la capital de Catamarca, y recibió el nombre de Mamerto de la Ascensión. Sus hermanos eran Rosa, Odorico, Marcelina, Justa y Josefa. El papá se llamaba Santiago Esquiú, era catalán y había acostumbrado a su familia a rezar desde que salía el sol al anochecer.

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La mujer se entusiasmó cuando fray Francisco Cortés, un misionero franciscano amigo de la familia, había adelantado días antes que el bebé que se venía sería un varón y que llegaría a obispo, como San Mamerto de Vienne.

Fray Mamerto Esquiú.
El franciscano en plena defensa de la constitución, el 9 de julio de 1953

De niño, iba a la escuela con el hábito de San Francisco, producto de una promesa hecha por su mamá la catamarqueña María de las Nieves Medina. La mujer había prometido que el niño usaría esa ropa si la criatura, frágil de salud, se curaba. La mujer soñaba con tener un hijo cura.

Los Esquiú eran humildes. “Recuerdo, con admiración y ternura, que alguna vez no teníamos nada para comer, y mi padre nos hacía rezar, pero no se acordaba de pedir prestado ni un medio real; enfermo por largo tiempo, nadie vino a cobrar un solo maravedí después de su muerte”, escribiría Mamerto.

A los 6 ya sabía leer y escribir y a los 9 estudió latín y lo anotaron como novicio en el colegio franciscano, el único que existía entonces en la provincia y donde además de primaria y secundaria, había estudios de filosofía y teología. Al año siguiente, falleció su mamá.

Fray Mamerto Esquiú
Según la revista Caras y Caretas, esta es la última fotografía que se le tomó a Esquiú

A los 17 concluyó Teología, pero aún era muy joven para ser ordenado sacerdote. Se dedicó a ser maestro de escuela y antes de cumplir los 20 años fue profesor de filosofía. Leía todo lo que venía a su mano.

A los 22, finalmente se ordenó. Su papá había fallecido dos años antes. Su primera misa la celebró el 15 de mayo de 1849. Entonces dijo: “He venido Padre a decirle que la cátedra del Espíritu Santo no es para esparcir flores, sino para enseñar verdades”.

Enseguida, se hizo de fama y transformó el púlpito en un medio para llegar al corazón de la gente en forma sencilla y directa. Pedían confesarse con él personas de todas las clases sociales; era convocado por otras parroquias para las fiestas patronales y era solicitado para desarrollar ejercicios espirituales en los conventos de monjas. Su nombre corrió por toda la región.

Mamerto Esquiú
Tapa del cofre donde se guardaba el corazón de Esquiú

Se destacaba por sus sermones, y el escritor Alberto Gerchunoff lo describió como “sacerdote de ardiente predicación de caridad militante”; se nutría de los grandes teólogos del siglo XIII, como San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino.

“Sin educación no hay progreso, no hay instituciones, no hay leyes, no hay civilización, no hay nada”, escribió.

Fue electo diputado de la primera legislatura de Catamarca, y se ocupó de la educación, de regular el nombramiento de jueces, de la defensa de la libertad de prensa y se ganó la antipatía de muchos cuando abogó para que el cargo de diputado fuera gratuito.

Con el propósito de escaparle a esa popularidad, en febrero de 1862 partió hacia el convento existente en Tarija, Bolivia a misionar como uno más. Cuando en 1870 falleció monseñor Escalada, arzobispo de Buenos Aires, rechazó el ofrecimiento de reemplazarlo.

Decidido a alejarse aún más, emprendió un viaje de un año y medio a Tierra Santa y en 1878 le ordenaron regresar. Antes fue recibido por el papa León XIII.

fray mamerto esquiu
A lo largo de su vida, fue maestro de escuela, legislador, y abogaba para que los diputados no cobrasen por su trabajo

Una vez en el país, se le informó por telegrama que había sido designado obispo de Córdoba. Fue un pedido del gobierno argentino al Papa. Sin embargo, se negó. En diciembre de 1879 se lo llamó de urgencia a Buenos Aires. Viajó enfermo, con fiebre y congestionado. Allí se le dijo que el sumo pontífice había dispuesto que fuese obispo. Y no le quedó más remedio que aceptar.

Fue consagrado obispo el 16 de enero de 1880. Desde ese puesto, desarrolló una amplia actividad relacionada con seminarios, estudios teológicos y eventos culturales. Iba de un lado a otro, viajando, ocupándose de los problemas y de las cuestiones de los que menos tenían. En cierta oportunidad, un cura se quejó que no tenía tiempo: “Yo, que soy algo más que cura, tengo tiempo para todo. Si no estudio, es porque no quiero. Añade usted, pues, una hora de oración y le sobrará tiempo”, le respondió.

Siempre estaba rodeado de gente humilde, no tenía tiempo de asistir a reuniones sociales o a estar con amigos. Atendía a todos lo más rápido posible y solo les dedicaba tiempo a los pobres. Cuando un forastero visitó Córdoba quiso saber dónde vivía el franciscano: “Recorra las calles de la ciudad. Aquella casa en que vea entrar o salir una inmensa multitud de pobres y menesterosos, esa es la casa del obispo”, le indicaron.

Después de la Navidad de 1882, hizo una gira pastoral por Catamarca y La Rioja. Rechazó un coche especial que le ofreció el ferrocarril y viajó en segunda clase. A dónde no llegaba el ferrocarril, debía trasladarse en carruaje.

El 8 de enero de 1883, después de celebrar misa, partió a La Rioja. Tomaba los remedios solo para complacer a quienes se los daba. “Yo no tengo fe sino en Dios”. Se quejaba de una continua sed y de una tos que no le daba respiro.

El miércoles 10 de enero a las 14.30 llegó a la posta del Pozo del Suncho, donde lo esperaba mucha gente. Alcanzó a bendecirla antes de descomponerse. Falleció a las tres de la tarde acompañado por su secretario, el presbítero Pedro Anglada, y por un par de personas más. Tenía 56 años.

A la noche, llevaron su cuerpo a la estación Recreo. El 11 se decidió conducir el cuerpo a la ciudad de Córdoba. Lo enterraron en la capilla de la estación Avellaneda, en el norte cordobés, por su avanzado estado de descomposición.

En el Hospital San Roque sus restos fueron examinados y se lo preparó para embalsamarlo. Se dificultó la tarea por el tiempo transcurrido desde su muerte.

A pedido del presidente Julio A. Roca, se hizo una autopsia porque sobrevolaban las sospechas de un envenenamiento, presumiblemente con arsénico. Hasta se sospechó de los principales blancos de las críticas de Esquiú, entre ellos la masonería. Se dijo que le habían dado una dosis antes de llegar a la posta, que coincidió con los terribles dolores que sufrió momentos antes de fallecer.

Los médicos que intervinieron en el estudio del cuerpo hallaron una hernia, una estrangulación de intestinos, que podría haber provocado una crisis, pero aseguraron no haber encontrado restos de veneno. Lo que sorprendió a los doctores fue que Esquiú tenía un corazón en excelente estado y se decidió conservarlo.

La opinión discordante la brindó el prestigioso médico y profesor Telémaco Susini, quien tuvo acceso al informe de los médicos. En la familia Susini siempre se habló de las sospechas de Telémaco, quien luego de leer las conclusiones a las que habían arribado sus colegas, aseguró que estaba armado para que nunca se supiese la verdad.

Su corazón fue entregado en 1883 al convento de San Francisco y en 1989 trasladado a su casa natal de Piedra Blanca. Se le hizo, entonces, un tratamiento para asegurar su conservación. Al año siguiente fue robado de la sacristía de la iglesia de San Pedro Alcántara y fue hallado, días después, por unos obreros de la construcción. Pero sería sustraído nuevamente en 2008 y un detenido aseguró haberlo tirado a la basura. En el convento de San Francisco se conservan una vértebra y una falange.

La Comisión Teológica de la Congregación para la Causa de los Santos le comprobó un milagro y el 4 de septiembre de 2021 lo convirtieron en beato. Fue el caso de una recién nacida con osteomielitis femoral grave y su inexplicable curación. Todo por la obra de un fraile fuera de lo común, siempre cerca de los más humildes, que se había propuesto enseñar verdades.

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