
No estoy de acuerdo en reponer los nombres propios de las autoras cuyas obras no quedaron asociadas a ellos. ¿En cuántas librerías donde se pida El molino del Floss, de Mary Anne Evans el vendedor sabrá que se trata de George Eliot, nombre al que la novela lleva unida nada menos que 160 años?, ¿o La charca del diablo, de Aurore Dupin, entre la innumerable obra de George Sand?
Dejar al descubierto, en solapas o contratapas, los verdaderos nombres de estas escritoras y las circunstancias que las obligaron a tomar un seudónimo (cuando no fue su propia decisión) me parece mucho más potente como recusación del patriarcado editorial, que asociar un título reconocido de su obra a un nombre desconocido para el lector común.
Dejemos de lado la película La buena esposa (La buena esposa) porque esa película trata de un fraude. Ella es la talentosa y, en definitiva, la sumisa; ella es la que escribe y a quien le corresponde el premio. Al mismo tiempo es ella la que toma la decisión de no darlo a conocer. El seudo escritor queda juzgado. La película me pareció mala, más allá de los excelentes actores. Ese escritor es inverosímil.
La pregunta acerca del paradigma de “mujer de escritor” apunta a otra cosa: a la pareja en la cual el hombre es el escritor y la mujer ocupa un lugar sometido, a su sombra, tal como se me señala en el capítulo Zenobia Camprubí (que sí leí) del libro de Rosa Montero Historia de mujeres (que no leí).
Voy por partes: en cuanto calificar a las compañeras o esposas de escritores con motes o lugares comunes repetidos hasta el cansancio en solapas mal hechas o en artículos de última hora, sin ningún interés real por la persona de Mercedes Barcha, para mí no significa nada. Como no debió significar nada para ella, intuyo.
Hablar de Mercedes Barcha, la esposa y compañera de García Márquez me parece no sólo falto de ética sino simplemente un tema periodístico de bajo nivel. Se cubre con tres o cuatro palabras una relación compleja, como la de toda pareja, que muy pocos debían conocer de verdad.

Si desde un feminismo de última hora se quiere revisar ese estatus opacado de una mujer, pareja o esposa de un escritor, ¿desde dónde se lo hace, me pregunto, ¿Y con qué derecho se la juzga? Como al menos me parece la intención del capítulo de Rosa Montero, que se contradice a sí mismo en la doliente pintura de la mujer de Juan Ramón Jiménez, para concluir, en un momento que: “[tuvo al final Zenobia]… la certidumbre de su lugar histórico como musa del genio. Lo cual no es sino el justo pago a la inversión hecha por Zenobia día tras día”. O: “Poco antes del fin, Juan Ramón recibió el Nobel de Literatura: para Zenobia era la confirmación oficial de que su existencia no había sido un desperdicio”. El subrayado es mío.
O sea que al final, aunque sufrió, Zenobia tuvo la recompensa como “musa del genio”. Todo basado en el diario exhumado de Zenobia Camprubí, mujer de JRJ. ¿Por qué no se fue Zenobia, que realmente padeció esa relación, del lado del semejante neurótico que era Juan Ramón Jiménez? No me lo va a aclarar Rosa Montero, aunque cite el Diario de Zenobia. No lo digo por contrariar, me lo pregunto simplemente. No hablo de patologías donde la mujer es castigada, sojuzgada y sometida a violencia. No hablo de estos casos policiales de todos los días. Acá me preguntan sobre las parejas de escritores. Tal vez Zenobia lo amaba, tal vez tenían una relación demasiado compleja como para semejante simplificación. ¿Con qué derecho se hace ese escrutinio, me pregunto?

Ya no hablo de Rosa Montero. Cada pareja es un pacto. Conjeturo que el tema viene a cuento porque se habla de mujeres y eso hoy da rédito. ¿Qué pasa entonces si hablamos de Paul Verlaine y Arthur Rimbaud quien le hizo la vida imposible, lo separó de la esposa e hijos y lo mandó a la cárcel, al mismo tiempo que los dos se amaban y escribían una poesía extraordinaria? ¿Qué pasa con Ida Baker, la abnegada amiga y por momentos amante de Katherine Mansfield, frecuentemente escamoteada en los prólogos y a quien la propia KM llamaba “mi esposa” y a quien usó a mansalva en todas sus crisis, no sin dejar de quererla profundamente, y a cuyos llamados acudía Ida con una abnegación única? ¿Ida es otra Zenobia, pero atormentada por una mujer?
Para no hablar de Wilde, martirizado por el insoportable Lord Alfred Douglas o de la demoníaca Djuna Barnes y sus modos de hacer sufrir a sus parejas ¿Qué pasa con Sofía Andréievna y Tolstói, quienes, como queda patente en sus Diarios personales que, además, se mostraban uno al otro, se torturaron mutuamente durante los cincuenta años de matrimonio, al mismo tiempo que ella le pasaba en limpio La guerra y la paz y lo instaba a escribir hasta que él huyó de su casa a los 82 años? ¿Qué pasa con Jenny von Westphalen, la aristocrática chica que se casó con un desheredado Carlos Marx, a quien mantuvo casi toda la vida mientras él escribía? ¿No sería que creía en lo que él estaba haciendo y esa fue su elección? ¿No sería lo mismo para Mercedes Barcha, nunca musa o secretaria o cómplice mítica o sombra detrás de García Márquez, sino su mujer, siempre a la par?
Una cosa es la literatura y el arte y sus protagonistas; otra muy distinta, dentro de ese ámbito, “interpretar” las razones íntimas, psicológicas o personales, por las cuales una mujer o un hombre se eligen y permanecen al lado de otra mujer o de otro hombre. Repito: no son cuestiones que vayan bien con la simplificación.
Fuente: Télam
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