
En su libro Crítica y ficción, el escritor y crítico Ricardo Piglia se refiere a la tensa relación entre cine y literatura y dice: “En mi caso, desde que empecé a empecé a escribir, tuve ganas de escribir para el cine. Ganas de ver en una pantalla una historia imaginada por mí. Creo que casi todos los escritores, en algún momento, tienen esa fantasía. El caso de Fitzgerald es clásico: fue a Hollywood a buscar dinero, pero también fue porque pensaba que el cine era una nueva forma de expresión que quería experimentar. Su experiencia fue catastrófica. De todos los guiones que escribió, sólo se filmó Tres camaradas, después de que el productor Joseph Manckiewiecz -el hermano del guionista de El ciudadano, dicho sea de paso- le retocó los diálogos y le cambió lo que le pareció. “Le enseñé a escribir diálogos a toda una generación -le dice Fitzgerald en una carta bastante patética- y usted en una noche me cambió los diálogos de una película en la que trabajé durante meses”. Esa ha sido la norma general. El director decide en última instancia y, por lo tanto, es difícil que un escritor salga satisfecho de un trabajo donde sus ideas a menudo se tienen que adaptar y transformar. De todos modos, muchos escritores han trabajado para el cine entre nosotros. Roa Bastos o David Viñas, por ejemplo, han escrito algunos de los mejores guiones del cine argentino”. Tal vez se pueda agregar a la enumeración a Manuel Puig, que pensaba en cine al escribir literatura: una literatura cuyo nombre desconocía. (De hecho, El beso de la mujer araña estaría nominada al Oscar y ganaría 7 premios Tony por su versión de Broadway. El film sería exhibido a la entonces primera dama Nancy Reagan -un ejemplo de política conservadora-, quien le dijo a un asesor de la presidencia: “¿Cómo pudo recomendarme esa película? Es espantosa. La dejamos por la mitad”. Otro elogio además de los premios.

La primera novela de Puig se convirtió en bestseller y ya desde el título en el homenaje a una diva de la Meca del Cine: La traición de Rita Hayworth (que fue traducida al inglés como “Rita Cansino”, tal el verdadero nombre de la actriz). Publicada en el revolucionario año 1968, las peripecias de Toto y su madre Mita se desarrollan en una Coronel Vallejos que emula a su General Villegas natal, donde Puig, como su personaje, iba todos los días al cine. En la sala del pueblo el futuro escritor se empapó del lenguaje oral de los guiones que luego usaría en su obra, disruptiva por el uso de diálogos, monólogos y toda serie de recursos que escapaban a la literatura del momento -y en la que, por oposición, utilizaba recursos que los autores del boom no usaban (una iluminación de la baja literatura).
En 1969 publicó Boquitas pintadas, que llevaría al cine Leopoldo Torre Nilsson y que en su trama de relaciones secretas escandalizaría a la sociedad de General Villegas, que aún hoy no le perdona las infidencias hechas literatura al autor fallecido en 1990. La primera película llevada a la pantalla grande tal vez requiera mencionar que Puig había intentado convertirse en director en Roma, en Cinecittá, y que abandonó el objetivo al darse cuenta de que un guión que había hecho era, en realidad, una novela que llamaría Boquitas pintadas.
“Manuel Puig creía que todas las historias se habían resumido en un Aleph -escribe la ensayista y crítica Beatriz Sarlo-: Hollywood, la utopía de su infancia. Tomó en serio la cultura de Hollywood, del radioteatro, de los géneros sentimentales, que la alta literatura había rechazado con su impulso permanente de construirse diferenciándose. Puig, en cambio, construye su propia diferencia al mezclarse en esa cultura media, amable y concesiva, y escribe sus novelas con las materias de la industria cultural. Su originalidad es el lugar común. Todo esto es bien sabido. En realidad Puig creía que la literatura había terminado”. Se trata, entonces, de un escritor ultramoderno.

Luego escribió The Buenos Aires affaire y la incomodidad de la violencia política haría que Puig se exiliara en México, donde moriría en 1990, a los 57 años.
Puig escribió algunas novelas más, versiones teatrales de sus obras, guiones. Más allá de los géneros contaba con una voz particular, que el crítico Jorge Panesi define así: “Escapado de la ley masculina, el contar un espectáculo supone, en este universo, participar de lo que podría llamarse “un circuito narrativo voraz”. Unido, por el contrario, al mundo materno, es imaginario, oral y revestido con atributos nutricios.
Una voz de género entonces a través de sus novelas: género gay. Género menor de los materiales de la industria y, a la vez, qué voracidad.
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