La personalidad flexible: una habilidad a entrenar toda la vida para un buen envejecimiento

Un enfoque que prioriza la adaptación ante los cambios ayuda a sostener el sentido de la vida en la vejez, según especialistas en gerontología, quienes destacan la importancia de revisar y ajustar expectativas constantemente

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Un hombre mayor caucásico con barba blanca, gafas redondas, camisa gris y tirantes negros, flexiona un brazo y extiende el otro con una sonrisa, sobre un fondo azul
La flexibilidad de la identidad es clave para un envejecimiento saludable, facilitando la adaptación a cambios físicos, sociales y emocionales (Freepik)

Cada etapa trae cambios. La pregunta es si la identidad se actualiza o se queda clavada en lo que fuimos en etapas anteriores. En esa diferencia se define gran parte del bienestar en la vejez.

Soy vecina de Clara (79) y David (81) hace 17 años. En este tiempo vi cómo a medida que la dirección de la pyme familiar pasaba a la siguiente generación, él fue perdiendo su andar altanero y una elocuencia carismática, que lo convertía en el líder de cada reunión de consorcio. Clara, tenista empedernida, después de una caída con algunas fracturas dejó la actividad que era todo para ella. Hoy, tras mucha rehabilitación, juega al golf “a paso de tortuga”, como dice entre risas.

¿Por qué si ambos perdieron algo que los definía, ella se ríe y él es la sombra de lo que era? Porque ella pudo adaptarse y él quedó atrapado en la idea de que adaptarse era “perder”.

Envejecer de manera positiva implica asumir cambios y redefinir metas sin perder satisfacción vital ni conexión emocional.
Envejecer de manera positiva implica asumir cambios y redefinir metas sin perder satisfacción vital ni conexión emocional.

Sabemos que la genética explica una parte de cómo vamos a envejecer (se suele estimar entre un 20% y un 30%) y que la divulgación insiste —con razón— en los básicos: comer bien, moverse, descansar, tener vínculos y proyectos. Todo eso es clave.

Pero hay un factor silencioso, poco nombrado y decisivo, que atraviesa a todos los demás: la flexibilidad de la identidad. La capacidad de metabolizar los cambios que la vida trae —y que en la vejez son muchos— sin sacar una conclusión dramática: “Si esto ya no está, entonces yo tampoco estoy”. Y así seguir encontrando sentido a la vida, toda la vida. Dicho simple: aceptar que algo se fue de la vida sin sentirse expulsado de la propia vida.

Nunca nada es como antes. Nosotros tampoco

Para mucha gente esto es obvio: nadie es el mismo a lo largo de la vida. La identidad no es una estatua; es una trama que se va tejiendo, destejiendo y volviendo a tejer en cada etapa.Lo que antes definía, hoy puede quedar chico… o resultar inabarcable.

Lo que entusiasmaba, hoy aburre, cansa o ya no interpela.

Lo innegociable, con los años se vuelve relativo.

A medida que pasa el tiempo, la vida se vuelve menos blanco o negro y más gradientes. La respuesta deja de ser un sí o un no tajante para volverse un “depende”. Y eso, lejos de ser un problema, suele ser una ganancia: habla de capacidad de ajuste.

Una mujer mayor sonríe con una taza; otra mujer de cabello blanco ríe a su lado, sentadas al aire libre con árboles y luz cálida de fondo
La identidad es una trama que se va tejiendo. Flexibilidad y capacidad de adaptación son claves para transitar cada etapa de la vida (Freepik)

Porque la flexibilidad no es tibieza. Es poder ajustar aquello que le otorga sentido al día a día —metas, hábitos, expectativas y ritmos—. Recalcular. Aprender. Elegir de nuevo. Sostener el “quién soy” como algo vivo, en evolución constante, aun cuando cambie el “cómo vivo”.

La trampa de la rigidez: cuando el “yo soy así” sale caro

El problema aparece cuando se envejece con una autoimagen rígida. Cuando la realidad se mueve (y se mueve siempre) y alguien queda aferrado a aquello que le daba sentido y estructura a su vida en etapas anteriores, pero no se actualiza ni se adapta a los cambios. Ahí, los cambios se transforman en pérdida de sentido e identidad.

¿Ejemplos cotidianos? Cuando alguien se definió sobre un pedestal externo —una pareja, una institución, un estatus— y pierde sentido si ese soporte cae; o apostó todo a una sola carta —juventud, imagen, posición social, rol, rendimiento— y se derrumba cuando el tiempo la erosiona.

En todos los casos pasa algo parecido: mientras la vida coincide con el guión, funciona. Cuando aparece un cambio inevitable —y en la vejez estos se suceden con velocidad— se vuelve frágil.

Hombre con barba gris estirando los brazos hacia adelante con las manos entrelazadas, sentado en una silla en una oficina con más personas trabajando
Salir de la rigidez del "yo soy así" es el primer paso (Freepik)

Envejecer bien no es no perder: es sostener bienestar

Se idealiza la “buena vejez” como una vejez sin pérdidas: sin fragilidad, sin apoyos, sin despedidas. Eso es casi la fantasía de la inmortalidad. No estamos cerca.

Por eso, si hay que acordar una base sobre qué es “envejecer bien”, propongo una definición que me resulta útil y bastante humana: envejecer bien es poder sostener bienestar mientras se metabolizan cambios y se ecualizan respuestas para seguir dándole sentido a la vida, toda la vida.

¿Qué significa esto? Invito a apuntar a una satisfacción vital posible, una conexión emocional viva y una aceptación activa —no resignada— de los cambios. No es “estar siempre bien”. No es mantener la funcionalidad de hace tres décadas ni sostener una agenda épica de proyectos y propósitos sin fin. Es poder seguir estando… y disfrutarlo.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
La identidad flexible ayuda a encontrar sentido en la vida frente a las pérdidas propias del proceso de envejecimiento.

El paso del tiempo impone un desafío. La vejez —y, en realidad, toda la vida adulta— trae pérdidas físicas, cognitivas, funcionales y sociales: autonomía, salud, potencia, roles, velocidad, certezas. También pérdidas afectivas: parejas, amigos, mascotas. Y hay un punto que suele omitirse: no solo se pierde “algo”, también se pierde una versión de uno mismo. La persona que corría. La que escuchaba perfecto. La que manejaba sin pensarlo. La que era imprescindible.

Ahí es donde la identidad flexible se vuelve determinante: permite atravesar esos cambios sin que inexorablemente la vida se achique también.

No se trata de apagar el deseo, sino de reacomodarlo

De todo esto habla y escribe Graciela Zarebski, psicogerontóloga de referencia y una de las voces pioneras en Latinoamérica en el estudio de los procesos de envejecimiento. Su Teoría de la Identidad Flexible propone un enfoque claro: la flexibilidad no es solo “ser adaptable”, es una posición frente al cambio que podemos practicar a lo largo de toda la vida.

La doctora Zarebski nos incita a no esperar a “ser viejos” para entrenar esta habilidad. La capacidad de revisar y ajustar la propia identidad cuando la vida —y el tiempo— mueven las coordenadas, dice, recorre toda la vida. Desde jóvenes hasta mayores, porque incluso en edades avanzadas seguimos en proceso: tenemos futuro por delante y cambios por venir.En cada etapa, el desafío se parece: sostener un equilibrio entre lo que queremos y proyectamos, y los límites o transformaciones que nos va trayendo la realidad.

No se trata de apagar el deseo, sino de reacomodarlo: redefinir metas, ajustar expectativas y encontrar versiones posibles de lo que buscamos, según nuestras condiciones actuales. La capacidad de reinventarnos —con creatividad y sin dramatismo— es una señal de flexibilidad, y esa flexibilidad es la base de la resiliencia para atravesar dificultades y seguir adelante.

En simple: no se trata de “padecer” el envejecimiento estoicamente. Se trata de poder reconfigurarse y reconfigurar lo que da sentido a la vida, aquello que deseamos y percibimos que nos puede traer felicidad.

Y eso se ve en conductas concretas: replantear metas, ensayar alternativas, diversificar vínculos e intereses, sostener curiosidad y humor, aceptar ayuda sin vivirla como humillación.

Adultos mayores - voluntariado
Replantearse metas, diversificar vínculos, reinventarse

Me gusta pensarlo así: en biología se habla de los “amortiguadores” biológicos que tiene el cuerpo para evitar que la sangre o las células se vuelvan demasiado ácidas, manteniendo el equilibrio necesario para la vida. Siguiendo con ese pensamiento, la identidad flexible es un amortiguador biográfico: la capacidad que tenemos de reescribir la propia historia cuando los capítulos cambian.

La ganancia en la pérdida: “ya no puedo esto… pero puedo aquello”

Envejecer no es negar pérdidas. Es aprender a compensarlas con ganancias. Suena optimista, pero no es ingenuo: es realismo activo.

Porque el cuerpo cambia, algunos roles se terminan, ciertas capacidades se reducen. Eso ocurre. Lo que no está escrito es la segunda parte: qué hace cada uno con eso. No como consuelo, sino como estrategia.

Una mujer de cabello gris en ropa clara practica Tai Chi descalza sobre la hierba en un parque soleado, con árboles y un estanque en el fondo.
La genética influye solo entre un 20% y 30% en cómo se envejece; hábitos y flexibilidad mental marcan la diferencia.

¿Escenarios típicos? Cuando cambia la funcionalidad, la flexibilidad permite hacer duelo por el “cuerpo de antes” sin convertir la limitación en una sentencia sobre el valor personal: se puede cambiar la táctica (si ya no se corre, se camina; si se camina menos, se buscan otras formas de disfrute y conexión).

Cuando se pierden personas, la identidad flexible ayuda a integrar la ausencia sin clausurar la vida social: el vínculo cambia de forma, y el mundo sigue abierto. Y cuando se caen roles (jubilación, cambios laborales, nido vacío), evita la caída identitaria de “si no hago esto, no soy”: habilita otras pertenencias e intereses.

La lógica es la misma: no quedar adheridos a lo perdido y no vivir lo nuevo como derrota.

La propuesta superadora: entrenar desde hoy una identidad flexible

Una buena vejez no empieza cuando nos damos cuenta de que ya somos viejos. Se construye a lo largo de la vida. Zarebski plantea que así como una mentalidad de longevidad lleva a pensar en qué se come, cómo se duerme o cuánto se mueve el cuerpo, también debería llevar a entrenar la identidad flexible como hábito.

Tres entrenamientos simples: Cambiar “yo soy así” por “hasta ahora fui así; veamos qué me sirve hoy”.

Diversificar identidad: no apostar todo al trabajo, a un rol, a un vínculo o a una capacidad.

Practicar micro-cambios: aprender algo nuevo, probar una actividad, ampliar conversaciones, sumar generaciones.

Las pérdidas son inevitables. El achicamiento, no. La identidad flexible convierte el “ya no puedo” en un “hoy puedo distinto”. Y esa traducción —cotidiana, práctica, entrenable— es uno de los motores del bienestar en la vejez. Ser capaz de decir: “Esto ya no está, pero yo sigo estando, transformado y listo para lo que sigue”. Es una habilidad clave que podemos empezar a ejercitar hoy para envejecer con sentido.

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