
Su nombre era Concepción Matilde Zorrilla de San Martín y Muñoz del Campo. Pero todos la conocían como China. ¿De dónde había surgido ese seudónimo? “De Cochon, a mí me decían así cuando era chica. Vivíamos en París y el significado era ‘cerda’. Se reían de mí los chicos en el jardín de infantes y yo me agarraba grandes rabietas. Me preguntaba por qué me habían puesto un sobrenombre tan ridículo. Dije: ‘Preferiría que me llamaran Cochina’. Así que empezaron a llamarme Cochina y, de ahí, quedó China”, relató la actriz en una oportunidad.
Había nacido el 14 de marzo de 1922 en Montevideo, Uruguay, y fue la segunda de las cinco hijas del matrimonio compuesto por la argentina Guma Muñoz del Campo y el escultor José Luis Zorrilla de San Martín. Pero transcurrió su primera infancia en Francia, adonde se había instalado la familia luego de que su padre ganara un concurso de esculturas. Más tarde, sin embargo, volvió a su país natal donde cursó sus estudios en el colegio Sagrado Corazón de la capital uruguaya y luego comenzó su carrera como actriz.
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“Al principio figuraba como Concepción porque estaba prohibido que los críticos usaran los seudónimos en sus devoluciones. ¡Qué disparate! Así que, aún cuando yo figuraba en cartelera como China Zorrilla, en las críticas me mencionaban con mi nombre real", protestaba asegurando que ella estaba contenta con su nuevo apodo. Después de consagrarse en su país y de llevar su talento a los Estados Unidos por un tiempo, se instaló en la Argentina donde se convirtió en una renombrada figura.

“Yo no tengo registro de haber dicho: ‘Voy a elegir este camino’. La vida te va llevando y, muchas veces, te asombrás de verte en algún lugar. Y decís: ‘¿Cómo llegué hasta acá?’. A mí no se me han planteado grandes disyuntivas. El teatro, por ejemplo, fue mucho más que una elección. Fue una auténtica vocación. Lo recuerdo desde que tengo uso de razón porque yo nunca dudé de que iba a ser actriz de teatro“, explicó China, quien también triunfó en cine y televisión.
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Ganó mucho dinero, pero siempre lo despilfarró. “No se puede cambiar a esta altura de la vida. Es como si me dijeran que no sea golosa o que, de ahora en adelante, no me guste más el dulce de leche. ¡Es imposible! A mí la plata me quema en la mano, se me cae de los bolsillos. Se me va. Y no le tengo mucho respeto“, decía la actriz y contaba que en una oportunidad, por ejemplo, le había prestado 37 mil dólares a un taxista que recién conocía, conmovida por su relato al escuchar que estaba por perder su casa.
Llegó a decir que “supersticiosamente”, ella optaba por no ahorrar. Es que, según explicaba, tenía salud, familia y dos patrias en ambos lados del Río de la Plata. “Las cosas realmente importantes de la vida, las tengo. Además de eso, no puedo tener plata. Y por eso dejo que se me vaya de encima. Porque, si yo ahora me hago rica, me voy a enfermar. O algo me va a pasar. No sé qué, pero en este mundo no se puede tener todo”, aseguraba.
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Mujer viajada como pocas, China eligió la Argentina pero no porque no tuviera opciones. “Yo creo que podría vivir en cualquier lugar del mundo. Porque tengo recuerdos tan felices de mi primera salida en Londres. Es difícil decir eso en este país, pero yo he quebrado una lanza por un pueblo del cual aprendí muchas cosas. Yo soy viva, creo. Soy bastante viva. Pero odio la viveza criolla. Y la odio desde 1946, cuando me fui a vivir a Londres después de la guerra y vi a un pueblo entero poniéndole el hombro a la patria. Sin alaracas ni discursos heroicos. Simplemente, con su libreta de racionamiento, con lo cual te daban de comer muy poquito, sabiendo que la única cosa que tenían que hacer para que te dieran dos era decir: ‘Perdí mi libreta’. Y nadie tenía dos libretas”, relató.
Y continuó: “También fui muy feliz en París. ¿Quién no podría serlo? Salís a caminar por las calles y si no sos feliz tenés que ir a ver a un psiquiatra porque algo está fallando. Es tal la belleza, cuando tomás un café con una medialunita en un boulevard y ves pasar a la gente... Esa ciudad que es como un amante que te arropa. También pasé fugazmente por Italia y recuerdo a Florencia como una cosa divina. Y viví felizmente en Nueva York, aunque es una ciudad difícil y a veces te da pánico. Así que pienso que podría vivir en cualquier lugar del mundo porque, a esta altura, la felicidad la tengo adentro y se acomoda adonde yo esté. Sin embargo, pudiendo elegir, no me iría del Río de la Plata“.
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Nunca se casó ni tuvo hijos. Pero sí tuvo grandes amores. “Yo estaba de novia con un hombre muy encantador y me iba a casar con él. Pero de golpe me di cuenta de que si me casaba iba a dejar de hacer teatro. Por cómo era él y cómo era su familia, un poco a la antigua, cuando yo hacía un espectáculo a ellos no les gustaba. Y rompí. Fue una decisión sensata. Yo no veía mi futuro sacándome el oxígeno de la vida. Después me enamoré. Y esa vez yo hubiera dejado el teatro, un brazo y una pierna sobre la mesa con tal de casarme con él. Pero murió. Me enamoré muchas veces más, pero como con él no. Yo no lo soy siquiera, pero él era el hombre más lindo del mundo. Era cómico de lindo”, reconoció en una oportunidad.

Todos los que la conocieron hablan de su buen humor, de su generosidad y de su gran capacidad de disfrute. Por eso no se quería ir de este mundo. “Pensaba que mi amor por la vida era tan delirante que, al final, Dios me iba a decir: ‘¿Qué me pedís?’. Y que yo le iba a decir: ‘Diez años más de vida’. Pero ahora no se lo pediría. Yo estoy viviendo una vida feliz. Y, normalmente, me tendría que morir pronto. Pero no le puedo pedir que cambie nada. Me hubiera gustado casarme con aquella persona que murió, me hubiera gustado tener hijos... Pero es tanto lo que he hecho de lo que quería hacer, que de las cosas que quedaron por el camino no puedo decir: ‘¡Me faltó tal cosa!’“, explicó ya de grande.
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Finalmente, China falleció en Uruguay el 17 de septiembre de 2014, a los 92 años. Tiempo antes, había reflexionado sobre el final diciendo: “El misterio de la muerte me lo aclaró mamá cuando se murió. ¿Quién no le tiene miedo a la muerte? Y pensábamos con mis hermanas: ‘Mamá tiene terror de la muerte, no se le puede hablar de la muerte...’. Pero un día, cuando mamá se moría, y yo no sabía que ese día se iba a morir pocas horas más tarde, con una cara pícara y divertida, me llamó y me dijo: ‘Mirá qué bien hechas que están las cosas, que ahora que es inminente mi paso al otro mundo el miedo le ha dejado lugar a la curiosidad’”.
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