“Molloy” (Ediciones Godot, 2020) de Samuel Beckett
“Molloy” (Ediciones Godot, 2020) de Samuel Beckett

Estoy en la habitación de mi madre. Soy yo el que vive aquí ahora. No sé cómo llegué. En una ambulancia quizá, sin duda en algún tipo de vehículo. Me ayudaron. Solo no habría llegado. Hay un hombre que viene todas las semanas, quizá es gracias a él que estoy aquí. Él dice que no. Me da un poco de dinero y se lleva las hojas. Por tantas hojas, tanto dinero. Sí, ahora trabajo, un poco como antes, solo que ya no sé trabajar. No tiene importancia, parece. Quisiera hablar ahora de las cosas que me quedan por hacer, despedirme, terminar de morir. Ellos no quieren. Sí, son varios, parece. Pero el que viene es siempre el mismo. Eso lo hará más tarde, me dice. Bueno. Ya no me queda mucha voluntad, como verán. Cuando viene a buscar las nuevas hojas se lleva las de la semana anterior. Están marcadas con signos que no entiendo. Además, no las releo. Cuando no hice nada no me da nada, me regaña. Sin embargo, no trabajo por el dinero. ¿Por qué lo hago, entonces? No lo sé. No sé gran cosa, la verdad. La muerte de mi madre, por ejemplo. ¿Ya estaba muerta cuando llegué? ¿O solo se murió más tarde? Muerta como para enterrarla, quiero decir. No lo sé. Quizá no la enterraron todavía. En cualquier caso, el que se quedó con su habitación fui yo. Duermo en su cama. Uso su orinal. He ocupado su lugar. Debo estar pareciéndome cada vez más a ella. Lo único que me falta es un hijo. Quizá tenga uno en algún lado. Pero no lo creo. Ahora sería viejo, casi tanto como yo. Era una criadita. No era amor verdadero. El amor verdadero estaba en otra. Ya van a ver. Bueno, me olvidé el nombre de nuevo. A veces hasta me parece haber conocido a mi hijo, haberme ocupado de él. Después me digo que es imposible. Es imposible que yo haya podido ocuparme de nadie. Tampoco me acuerdo de la ortografía, ni de la mitad de las palabras. No importa, parece. Está bien. Es un tipo raro, el que viene a verme. Viene todos los domingos, parece. Los demás días no está libre. Siempre tiene sed. Es el que me dijo que había comenzado mal, que había que comenzar de otra manera. Está bien. Yo había comenzado por el comienzo, imagínense, como un viejo idiota. Este es mi comienzo. De todas formas van a conservarlo, si entendí bien. Fue todo un trabajo el que me tomé. Aquí está. Me dio mucho trabajo. Era el comienzo, ustedes me entienden. Mientras que ya es casi el final, ahora. ¿Es mejor lo que hago ahora? No sé. La cuestión no es esa. Mi comienzo, aquí está. Si lo conservan es que algo significa. Aquí está.

Esta vez, después otra más, creo, y después ya habrá llegado a su fin, creo, y este mundo también. Es el sentido de lo anteúltimo. Todo se apaga. Un poco más y nos quedaremos a ciegas. Está todo en la cabeza. Ya no funciona, dice, Ya no funciono. También enmudecemos, y los sonidos se extinguen. No bien se cruza el umbral es así. Es la cabeza, que seguramente ya no da para más. Así que uno se dice, Llegaré esta vez, después quizá una más, y después todo habrá terminado. Este pensamiento se formula con dificultad, porque eso es lo que es, en cierto sentido. Entonces uno quiere prestar atención, considerar con atención todas estas cosas oscuras, mientras se dice, con dificultad, que uno tiene la culpa. ¿La culpa? Es la palabra que se usó. ¿Pero culpa de qué? No es el momento de despedirse, y qué magia tienen estas cosas oscuras de las que, cuando vuelvan a pasar, deberemos despedirnos. Porque hay que despedirse, sería una estupidez no despedirse, cuando llegue el momento. Si uno piensa en los contornos, en la luz de los días pasados, lo hace sin remordimientos. Pero uno no piensa mucho en eso, ¿con qué pensaría? No sé. También pasa gente, de la que no es fácil distinguirse bien. Eso desanima. Así fue como vi que A y B se dirigían lentamente el uno hacia al otro, sin darse cuenta de lo que estaban haciendo. Era un camino tan despojado que asombraba, quiero decir sin cercas ni tapias ni bordes de ningún tipo, en el campo, porque había vacas masticando en inmensos pastizales, acostadas y de pie, en el silencio del atardecer. Quizá esté inventando un poco, quizá esté adornando las cosas, pero a grandes rasgos era así. Mastican, después tragan, y luego de una corta pausa regurgitan sin esfuerzo el próximo bocado. Un tendón del cuello se activa y las mandíbulas comienzan a triturar. Pero todo esto quizá sean recuerdos. El camino, duro y blanco, hendía los tiernos pastizales, subía y bajaba siguiendo las ondulaciones del terreno. La ciudad no estaba lejos. Eran dos hombres, imposible equivocarse, uno petiso y el otro alto. Habían salido de la ciudad, primero uno, después el otro, y el primero, cansado o habiendo recordado alguna obligación, desandaba sus pasos. Estaba fresco, porque llevaban abrigo. Se parecían, pero no más que los otros. Los separaba un gran espacio al principio. No habrían podido verse, incluso si hubieran levantado la cabeza y se hubieran buscado con la mirada, debido a ese gran espacio, y a la ondulación del terreno, que hacía que el camino tuviera ondas, poco profundas, pero lo suficiente, lo suficiente. Pero llegó el momento en que ambos bajaron a la misma depresión, y fue en esa depresión que al fin se encontraron. Decir que se conocían, no, nada permite afirmar eso. Pero quizá por el sonido de sus pasos, o advertidos por algún oscuro instinto, levantaron la cabeza y se observaron, durante una buena quincena de pasos, antes de detenerse, frente a frente. Sí, no siguieron de largo, se detuvieron, muy cerca, como suelen hacerlo, en el campo, al atardecer, en un camino desierto, dos caminantes que se ignoran, sin que esto tenga nada de extraordinario. Pero se conocían, quizá. En cualquier caso, ahora se conocen y se reconocerán, creo, y se saludarán, incluso en lo más profundo de la ciudad. Se dieron vuelta hacia el mar que, a lo lejos, en el este, más allá de los campos, se elevaba en ese cielo cada vez más pálido, e intercambiaron unas pocas palabras. Después cada cual retomó su camino, A hacia la ciudad, B a través de regiones que parecía no conocer muy bien, o en lo más mínimo, porque avanzaba con paso vacilante y se detenía a menudo para mirar a su alrededor, como quien busca grabar en la mente puntos de referencia, porque algún día, quizá, tenga que volver sobre sus pasos, nunca se sabe. Las traicioneras colinas que subía con miedo seguramente las conocía solo por haberlas visto de lejos, desde la ventana de su habitación quizá, o desde lo alto de un monumento un día de tristeza cuando, al no tener nada que hacer en particular, y buscando reconfortarse en la altitud, había pagado sus tres o seis peniques y subido hasta la plataforma por la escalera caracol. De ahí debía verlo todo, la llanura, el mar y después esas mismas colinas que algunos llaman montañas, índigo en algunos lugares bajo la luz del atardecer, que se apilan las unas detrás de las otras hasta donde llega la vista, atravesadas por valles que no se ven pero se adivinan, a causa del degradé de los tonos y de otros indicios intraducibles en palabras y hasta impensables. Pero uno no los adivina todos, incluso a esa altura, y a menudo ahí donde apenas se ve una sola ladera, una sola cima, en realidad hay dos, dos laderas, dos cimas, separadas por un valle. Pero esas colinas ahora él las conoce, es decir, las conoce mejor, y si alguna vez vuelve a contemplarlas de lejos será, creo, con otros ojos, y no solo eso, también el interior, todo ese espacio interior que uno nunca ve, el cerebro y el corazón y las otras cavernas donde el sentimiento y el pensamiento tienen su sabbat, todo eso mostrará una predisposición muy distinta. Parece viejo, y por eso da pena verlo andando solo después de tantos años, tantos días y noches entregados sin pensar a ese rumor que surge al nacer e incluso antes, a ese insaciable ¿Cómo hacer? ¿Cómo hacer?, a veces bajito, un murmullo, y otras clarísimo como el ¿Y qué va a beber? del maître del restaurante, que luego suele hacerse cada vez más fuerte, hasta convertirse en un rugido. Para terminar yendo completamente solo, o casi, por caminos desconocidos, al caer la noche, con un bastón. Era un bastón grande, lo usaba para impulsarse hacia adelante, y también para defenderse, llegado el caso, de los perros y los ladrones. Sí, caía la noche, pero el hombre era inocente, de una gran inocencia, no le temía a nada, sí, temía, pero no tenía nada que temer, no le podían hacer nada, o muy poco. Pero eso seguramente él lo ignoraba. Yo mismo, si lo pensara un poco, lo ignoraría también. Se veía amenazado, en su cuerpo, en su razón, y quizá lo estuviera, a pesar de su inocencia. ¿Qué tiene que ver la inocencia? ¿Qué relación puede tener con los innumerables agentes del maligno? No queda claro. Llevaba un sombrero puntiagudo, me pareció. Eso me tomó por sorpresa, ahora recuerdo, más de lo que me hubiera tomado por sorpresa un gorro, por ejemplo, o un bombín. Lo miraba alejarse, dominado por su inquietud, en fin, por una inquietud que no necesariamente era la suya, pero en la que participaba de algún modo. Quién sabe si no era mi inquietud la que lo dominaba. Él no me había visto. Yo estaba encaramado por encima del punto más alto del camino, y pegado además contra un peñasco del mismo color que yo, gris, quiero decir. Que haya notado el peñasco es probable. Miraba a su alrededor, ya lo dije, como para grabar en su memoria las características del camino, y debe haber visto el peñasco a la sombra del cual yo me escondía, como Belacqua, o Sordello, ya no me acuerdo. Pero un hombre, y con más razón yo, no forma parte exactamente de las características de un camino, pues. Quiero decir que si por alguna razón extraordinaria un día tiene que volver a pasar por ahí, después de un largo tiempo, vencido, o para buscar algo que se haya olvidado, o para quemar algo, lo que buscará con la mirada será el peñasco, y no el azar de esa cosa movediza y fugitiva a su sombra que es la carne aún viva. No, sin duda no me ve, por las razones que acabo de dar y además porque no tenía la cabeza puesta en eso, esa tarde, no la tenía puesta en los vivos, sino más bien en aquello que no cambia de lugar, o que cambia de lugar tan lentamente que un niño ni le prestaría atención, y ni hablar de un viejo. Sea como fuere, quiero decir me haya visto o no me haya visto, repito que lo miré mientras se alejaba, tentado (yo) de levantarme y seguirlo, quizá incluso de alcanzarlo un día, para conocerlo mejor, para estar yo mismo menos solo. Pero a pesar de ese impulso de mi alma hacia él, tironeando al final de su elástico, lo veía mal, por la oscuridad y también por el terreno, en cuyos repliegues desaparecía cada tanto, para resurgir más lejos, pero sobre todo creo que por otras cosas que me llamaban y hacia las cuales mi alma se lanzaba también una y otra vez, al tuntún y enloquecida. Me refiero desde luego a los campos que blanqueaban bajo el rocío y a los animales que dejaban de vagar en ellos para adoptar sus actitudes nocturnas, al mar del que no diré nada, a la línea cada vez más afilada de las cimas, al cielo donde sin verlas sentía temblar las primeras estrellas, a mi mano sobre mi rodilla y después, y sobre todo, al otro caminante, A o B, ya no me acuerdo, que volvía sensatamente a su casa. Sí, hacia mi mano también, que mi rodilla sentía temblar y de la cual mis ojos no veían más que la muñeca, el dorso marcadamente venoso y la blancura de las primeras falanges. Pero no es de ella que quiero hablar ahora, cada cosa a su debido tiempo, sino de este A o B que se dirige hacia la ciudad de donde acaba de salir. Pero, en el fondo, ¿qué tenía su aspecto que fuera especialmente urbano? Iba con la cabeza descubierta, llevaba alpargatas y fumaba un cigarro. Se desplazaba con una suerte de pereza errabunda que bien o mal me parecía expresiva. Pero todo eso no probaba nada, no refutaba nada. Quizá había venido de lejos, del otro extremo de la isla incluso, iba a la ciudad quizá por primera vez, o volvía después de una larga ausencia. Un perrito lo seguía, un pomerano creo, pero no creo. No estaba seguro cuando lo vi, y todavía no lo estoy hoy, aunque haya reflexionado muy poco al respecto. El perrito lo seguía a duras penas, a la manera de los pomeranos, se detenía, daba largas vueltas, lo dejaba, quiero decir que se rendía, y después volvía a empezar un poco más lejos. La constipación es signo de buena salud en los pomeranos. En un momento dado, preestablecido si quieren, por mí está bien, el señor volvió sobre sus pasos, tomó al perrito entre sus brazos, se sacó el cigarro de la boca y hundió la cara en el pelaje anaranjado. Era un señor, se notaba. Sí, era un pomerano anaranjado, mientras más lo pienso más convencido estoy. Y sin embargo. Ahora bien, este señor, ¿habrá venido de lejos, con la cabeza descubierta, en alpargatas, con un cigarro en la boca, seguido de un pomerano? ¿No parecía más bien haber salido de las murallas de la ciudad, después de una buena cena, para dar un paseo y sacar a pasear a su perro, pensando y tirándose pedos, como hacen tantos ciudadanos cuando el tiempo está lindo? Pero ese cigarro no sería en realidad una pipa corta quizá, y esas alpargatas zapatos tachonados de clavos, blancos por el polvo, y ese perro, qué impedía que fuera un perro vagabundo que uno alza en brazos, por compasión o porque uno ha vagado mucho tiempo solo, sin otra compañía más allá de esos caminos sin fin, de esas arenas, guijarros, pantanos, brezales, de esa naturaleza que responde a otra justicia, de un compañero de celda cada tanto, al que uno quisiera abordar, abrazar, ordeñar, amamantar, y frente al cual uno sigue de largo, mirándolo con malos ojos, por miedo a que se muestre demasiado confianzudo. Hasta el día en que, ya sin poder más, en este mundo que para ustedes no tiene brazos, ustedes atrapen entre los suyos a los perros sarnosos, los lleven a upa el tiempo que haga falta para que ellos los amen, para que ustedes los amen, y después los tiren. Quizá él había llegado a eso, a pesar de las apariencias. Desapareció, con la cosa humeante en la mano, la cabeza contra el pecho.

Samuel Beckett, autor de
Samuel Beckett, autor de "Esperando a Godot" y Premio Nobel de Literatura


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