“Lo políticamente correcto es un régimen de censura que termina activando un aparato descomunal de hipocresía”, decía Martín Kohan hace unos días en una entrevista por streaming que se hizo en el marco de la Experiencia Leamos. El cuidado de las formas —como si fuera la única respuesta para dar— debilita las luchas por la Justicia; no solo no se impulsan las condiciones de igualdad y de respeto, sino que se vuelven máscaras, coartadas. “Los países donde más se cuidan esas formas”, seguía Kohan, “son los países donde un policía le pone la rodilla en la nuca a un hombre y lo mata”.

En estos días en que la violencia y las contradicciones sociales llevaron a que HBO tomara la decisión extrema de quitar de su catálogo Lo que el viento se llevó —un clásico que tuvo 13 nominaciones al Oscar y recibió 8, incluyendo mejor película y mejor director— por “reflejar prejuicios étnicos y raciales”, la pregunta sobre el arte, el compromiso y la corrección política vuelve a ponerse en la bandeja de urgencias.

Clark Gable y Vivien Leigh, protagonistas de
Clark Gable y Vivien Leigh, protagonistas de "Lo que el viento se llevó"

Quién querrá tu corazón de marquesina

Lo que el viento se llevó es de 1939; la Segunda Guerra estaba en sus inicios y el mundo todavía no conocía las atrocidades de Auschwitz, Treblinka y el resto de los campos. Ochenta años después, la mirada biempensante elige el rechazo a la reapropiación crítica. El arte —y el cine ya debería haber ascendido varios puestos en el ránking por encima del séptimo— tiene la obligación de conmover, de inquietar, de modificar a quien lo produce y a quien lo recibe.

Algunos meses atrás, Netflix presentó la serie Hollywood que le saca brillo al american dream en un ambiente de transgresión light y armonía en la postguerra. Hollywood cuenta en siete horas la filmación de una película que, de alguna manera, es la contracara de Lo que el viento se llevó: es la primera película protagonizada por una negra y escrita por un negro —que, para más inri, es gay—, la segunda actriz es china, el director es hijo de una filipina; de los dos actores blancos, uno fue gigoló y otro es Rock Hudson. No es posible señalar todas las relaciones con “Lo que el viento se llevó” sin caer en spoilers; señalemos, simplemente que al gigoló sólo le falta el bigote sardina para ser Clarke Gable y que Vivien Leigh —que hizo de Scarlett O’Hara— aparece en un par de escenas muy determinantes de la serie.

¿Tendrá Hollywood, que por lo demás es muy efectiva, la relevancia perenne de Lo que el viento se llevó? ¿Cómo será vista dentro de ochenta años?

"Pequeños fuegos por todas partes", novela de Celeste Ng (Ed. Alba)

¡Escándalo, es un escándalo!

El conflicto racial atraviesa la trama de Little Fires Everywhere. La miniserie producida y protagonizada por Reese Whiterspoon se estrenó este mes por Amazon Prime Videos. Basada en la novela homónima de Celeste Ng, la adaptación sabe cómo traicionar al libro original para dar una segunda vida a la historia, provocar quiebres y discusiones en el lector-espectador.

Si la pregunta remanida “¿Es mejor la película o el libro?” tenía una respuesta casi unánime, no está tan claro qué se prefiere entre libro y serie. Un buen ejercicio es leer Pequeños fuegos por todas partes, que, por ahora está únicamente disponible en e-book desde la plataforma Leamos. En Little Fires Everywhere, como en Hollywood, hay una negra, una china, una gay, un galán sin bigote. Pero la convivencia no es para nada armónica.

La coprotagonista de Whiterspoon es Kerry Washington, que actuó de Olivia Pope en Scandal. En aquella telenovela era una consultora en relaciones públicas tan cercana al presidente de los Estados Unidos que se convertía en su amante primero y en su pareja después. Pero si en Scandal no había contradicción alguna en que el presidente —blanco— mantuviera relaciones con una mujer —negra—, en esta nueva historia, el color se pone en primer plano. De hecho, esta es una de las grandes diferencias entre la serie y el libro: en la novela de Ng, Mía Warren (el personaje de Washington) era blanca.

Reese Witherspoon en la serie
Reese Witherspoon en la serie "Little Fires Everywhere"

Conflictos y armonías de las razas en América

Reese Whiterspoon, que ganó el Oscar a la mejor actriz con su protagónico en Johnny y June (2006), tiene, además un olfato asombroso como productora. Las últimas tres series en las que se involucró son Big Little Lies (HBO), The Morning Show (Apple TV) y Little Fires Everywhere (Amazon). Lejos de la simplicidad y el maniqueísmo, las historias están compuestas con mujeres contradictorias, llenas de secretos y laberintos, que avanzan a gatas entre certezas e incertidumbres. Es difícil que tomar partido por una sin sentir que se pierde algo de la otra. Las mujeres de Whiterspoon son indóciles por decisión; fuertes hasta en la debilidad.

Ambientada en 1997, Little Fires Everywhere comienza desde el final. Las llamas abrasan con gula la casa de Elena Richardson (Whiterspoon) mientras la familia mira con impotencia la corrida de los bomberos. Una vez que logran apagar el fuego, un oficial les dice que el incendio fue intencional: “Había pequeños fuegos por todas partes”. Con este cliffhanger, la trama retrocede cuatro meses, hasta el momento en que Elena y Mia se ven por primera vez.

Shaker Heights es una ciudad suburbana del área de Cleveland. Allí nació Paul Newman; allí creció Celeste Ng. La ciudad fue fundada por una comunidad de cuáqueros y tiene un trazado completamente racional: creían que el orden estricto era el camino de la rectitud moral y el progreso social. Los habitantes tienen una cantidad de imposiciones y restricciones sobre sus casas, las fachadas, la altura del pasto, el tratamiento de residuos, etc. Es una ciudad de riquezas pero no de opulencias: el lujo es vanidad —o, como decía Borges: una vulgaridad—. En ese ambiente, Elena, entregada a la ilusión del control absoluto de su vida y de su familia, era una ciudadana modelo.

Reese Witherspoon y Kerry Washington (Crédito: Shutterstock)
Reese Witherspoon y Kerry Washington (Crédito: Shutterstock)

Pero la aparición de dos mujeres, madre e hija, durmiendo en un auto viejo y destartalado, cubierto de bolsas de consorcio donde guardan sus pertenencias, rompe la utopía de la ciudad. Y Elena, entonces, hace algo raro: movida por el mandamiento de hacer el bien sin mirar a quién —porque sobre todo le da una autopercepción de desprendimiento y generosidad— decide alquilarles un departamentito aun precio muy bajo. Así Mia y Pearl, su hija de quince años, entran en el universo de los Richardson.

Mia no es una desclasada: es una artista de vanguardia que lleva una vida libre y viaja por el país persiguiendo siempre un nuevo proyecto. Una suerte de Jack Kerouac de las artes visuales. En un punto, es la primera desilusión de Elena. Ella es magnánima en tanto pueda mostrarse como tal. Y si acepta que su hija mayor salga con un negro, lo hace sin dejar de mencionar que ella estuvo en las marchas de Martin Luther King.

Kerry Washington en
Kerry Washington en "Little Fires Everywhere"

La maternidad será deseada o no será

Mientras los hijos de Mia y Elena se hacen amigos casi al instante, las diferencias de carácter entre ellas las pone rápidamente en conflicto. Una es una luz indómita, la otra —que hasta tiene días establecidos para mantener relaciones con su marido— se atribuye el poder que le da saberse blanca y rica. Sutil pero insistentemente, no hace más que mostrar su superioridad. Incluso le ofrece a Mia que trabaje en su casa —cuidándose siempre de decir que las tareas domésticas no son algo indigno—. Mia lo acepta: de esa manera puede mirar más de cerca de Pearl y a los hijos de su rival.

Con dos protagonistas en posiciones tan extremas como Mia y Elena, el gran tema que subyace en Little Fires Everywhere es la maternidad: hay embarazos deseados, imprevistos, subrogados, abortos, adopciones. La madre es una figura tan convocante que el rol de los padres se diluye casi al punto de desvanecerse —son fantasmas que operan desde la periferia.

Mia y Elena también tienen en la maternidad un territorio de disputa que se resuelve, cómo no, a través de un conflicto racial, cuando cada una toma posición en el juicio de adopción de una beba china. ¿Qué es una madre?, ¿cómo se constituye una madre?, ¿quién puede decidir sobre los hijos? Son preguntas sin respuesta. O mejor: con múltiples. Tal vez demasiadas.

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