Víctor Redondo
Víctor Redondo

Un neorromántico avant la lettre. Ese sería un mote que le vendría justo. Víctor Redondo es un poeta de poetas, un hombre comprometido con las palabras, y también con su tiempo. Formado en la poesía y en la política en los agitados años sesenta y setenta, Redondo y el grupo de poetas con el que compartía lecturas, bibliotecas y noches dio en llamarse primero El sonido y la furia y, luego de la dictadura, Último reino, que se convirtió en revista y editorial. Las páginas que publicaban versos alejados del “arte comprometido” y la editorial que dio a conocer a varias generaciones de poetas se convirtió en leyenda. Redondo vive hoy en Tucumán, desde donde dialogó con Infobae Cultura acerca de literatura, política y, en definitiva, la vida tal como la conocemos.

–A veces es un género que se considera “esquivo"; usted, ¿cómo empezó a leer poesía?

–No recuerdo a ningún poeta que me haya llegado por la escuela secundaria, a excepción del argentino Vicente Barbieri, y este por los relatos de El río distante. Leer a Góngora y a la mayoría de poetas del siglo de oro español a esa edad es perder el tiempo y hace odiar a la poesía. Sí debo decirte, a riesgo de parecer snob, que mi amor-pasión por las estructuras del lenguaje nació del estudio del latín en el Nacional de Buenos Aires. Luego lo olvidé, pero durante mucho tiempo estuve seguro de que mi escritura seguía la estructura de la gramática latina, lo que por cierto no significa mucho pero para mí era una guía. Esa pasión por leer con atención a las estructuras y a las palabras ayudó, creo, a que el encuentro con la poesía se me diera bastante natural. Las primeras lecturas fueron en los libros del Centro Editor de América Latina, y en antologías que buscaba en librerías de viejo y me ampliaban rápidamente el panorama. Rimbaud y el surrealismo fueron claves en mis comienzos, la poesía francesa en general. Y luego los surrealistas argentinos y la poesía argentina, en especial los denominados neorrománticos de la Generación del 40. La poesía se transformó en el lugar de encuentro conmigo mismo.

–Usted desarrolló su inclinación por la poesía en momentos convulsivos de la nación. ¿Cómo era tomada esa inclinación por sus pares?

–Esos años de placentero aprendizaje fueron solitarios. No les mostraba a mis compañeros lo que escribía. Quizás lo compartía con alguna noviecita. A los 13 años, recién ingresado al secundario, el Ejército de Onganía dio el golpe contra Illia y militarizaron la ciudad. Los tanques con soldados vestidos de combate pasaban frente al colegio. Era un horror, pero ese horror provocó que muchísimos jóvenes se incorporaran, como reacción, a la lucha política. Salíamos del colegio a las corridas y nos íbamos a la CGT de los Argentinos a realizar asambleas. Más de una vez nos enfrentamos con los tanques y nos corrían los carros hidrantes. Recuerdo una en particular, en la que Salvador Benesdra (N. de R.: periodista y escritor argentino, autor de El traductor, se suicidó en 1996), que corría a mi lado, perdió los zapatos cruzando la Diagonal Sur hacia el Cabildo y no había manera de volver a buscarlos. Recuerdo también una marcha de secundarios que subía por la Avenida de Mayo y la revista Así, muy popular, publicó una foto de la cabecera de la marcha, con una gran bandera de la que yo sostenía, muy reconociblemente, uno de los palos de un extremo. Tenía 16 años, mi madre casi se muere cuando la vio. A partir de ese tiempo comencé a leer los primeros libros de política, libros del Che Guevara y de Lenin, y a ir solo a las manifestaciones. Al conmemorar el año del asesinato del Che, 1969, me fui a Plaza Once, con el uniforme y los libros del colegio, a un acto sorpresa. Tengo grabados, como en una foto, a dos bolivianos que caminaban a mi lado y que de repente sacaron dos molotovs envueltas en diarios, las lanzaron al medio de la avenida Pueyrredón y los manifestantes, que hasta ese momento parecían simples transeúntes, se concentraron y marcharon hasta que llegó la policía. Todo me parecía heroico. Nunca corrí como ese día, en el que terminé cobijado en una casa humilde, a la que solidariamente me hizo entrar de prepo un matrimonio que tenía en el comedor un enorme afiche de Perón montado en su caballo pinto. Jamás fui peronista pero ese día comprendí que el pueblo peronista no era cretino como sus dirigentes.

–En aquellos momentos se leía una poesía “comprometida”, ¿era su caso? ¿Qué poetas leía?

–No, con la poesía comprometida, o de izquierda, o social, o como quieras llamarla, tuve siempre rechazo porque en su mayoría me parecía mala. Tengo un gran amor por Maiakovski o Roque Dalton, pero pará de contar. Admiro a quienes sí logran escribir a favor de las luchas sociales, pero a mí no se me dió ese don. Todo lo que lograba, cuando me proponía intentarlo, me sonaba artificial, forzado, ridículo. Salvo que fueran canciones de Quilapayún, los Olimareños, Zitarrosa o José Larralde, entre otros.

–Militó desde muy joven en el trotskismo, en el Partido Obrero. ¿Cómo se conjugaba la poesía con esa actividad?

En realidad no se conjugaban, o no lograba hacerlas conjugar. A esto le sumo que trabajo desde los 17 años. Mi compromiso político, al principio solitario, instintivo, creció y comencé a conocer las posiciones de los distintos partidos. Era obvio que si quería seguir participando debía hacerlo en la estructura de un partido. Y en el medio de estas circunstancias personales ocurrió el Cordobazo, el mayo francés, la lucha del Vietcong... mucho combustible para entusiasmarse. Luego de discutir y leer cuanto periódico había, tenía dos opciones: la lucha armada o la creación de un partido obrero revolucionario. Y, sin dudarlo, opté por un partido de la clase y entré a la TERS (Tendencia Estudiantil Revolucionaria Socialista) y luego a Política Obrera. Al terminar la secundaria me olvidé de mis veleidades de ser arquitecto y me casé y me proletaricé en una gran fábrica textil. Esa fue una enorme escuela. Con esos hombres y mujeres participé en el Rodrigazo y la caída de López Rega en 1975. Situaciones conmocionantes, por supuesto, pero siempre con un libro de poesía en el bolsillo. Y la verdad es que siempre tuve un problema, ahora lo veo así, y te lo diré aunque suene grandilocuente: me sentía un hombre escindido. La dicotomía “Trotsky o Rimbaud” nunca la supe resolver.

–En las vísperas de la dictadura se unió a un grupo de poetas. ¿Qué significó para usted en términos poéticos y, luego, políticos?

–Con ese sentirme escindido vivía angustiado. De casualidad encontré a un amigo por la calle Corrientes y me contó de un taller literario de poesía. El maestro se llamaba Mario Morales. Y aquí mi vida dio un giro de 180 grados. Me contacté, fui a una reunión y allí conocí a la que a partir de entonces fue como mi familia. Se puede decir que me sumergí las 24 horas del día en la poesía y en su historia. Cuando dimos un recital conjunto nos pusimos un nombre, El sonido y la furia. Morales, Jorge Zunino, Mónica Tracey, Horacio Zabaljáuregui, Susana Villalba, Guillermo Roig, Claudia Schliak, María del Rosario Solá, Roberto Scrugli, Pablo Narral... Estaban todos locos y locas por la poesía, y como encima éramos bibliófilos amateur con grandes bibliotecas, vivíamos leyendo y pasándonos libros. Esto duró unos cuantos años. Llegó el golpe de 1976 y vino la dispersión. Yo opté por irme a Barcelona (vendiendo todo lo que tenía, que no era mucho). Ya había publicado mi primer libro, Poemas a la Maga, 100 ejemplares a mimeógrafo en una imprenta clandestina montonera, y en Barcelona terminé de escribir el segundo, Homenajes, con el que gané el primer premio “Jorge Guillén, en Conmemoración del Milenario de la Lengua Castellana”. Era hora de retornar, 1982. El grupo seguía unido y la idea de sacar una revista de poesía seguía en pie. Llamé a Gustavo Margulies, que sabía cómo imprimir una revista y que fue mi socio durante más de una década, y preparamos el primer número. Luego de discutir el nombre una noche entera sin ponernos de acuerdo, Zunino leyó un poema del peruano Eielson que terminó poniendo el nombre de la revista y luego editorial: Último Reino. Salió el modesto número uno y el suplemento cultural de La Nación, con la firma de Oscar Hermes Villordo, nos dedicó un cuarto de página. Todo el mundo literario se enteró de nuestra existencia. Y como Villordo hacía mención de nuestras preferencias literarias, pasamos a hacer “los neorrománticos de Último Reino”. Muchos nos criticaron por lo que para nosotros era un honor, así que aceptamos el mote sin protestar. Aceptamos y defendimos al romanticismo y a la generación neorromántica del ’40. La poeta, ensayista y traductora María Julia De Ruschi terminó de escribir un extenso libro con la historia de Nosferatu (de alguna manera nuestro grupo antecesor) y Último Reino, con una extensa antología de poemas. El libro, en breve, estará en busca de editorial.

–Esa pasión por la poesía ¿se extiende hasta hoy? ¿Sigue escribiendo?

–Sí, esta pasión ya cumplió 50 años y se mantiene intacta. La poesía, lo poético, se extiende a todo lo vivo y lo muerto, al arte en general y más allá del arte. Lo impregna todo. Y sigo escribiendo pero lo guardo. Nunca tuve demasiado interés en publicar, y el mundo editorial comercial me tiene harto. Tengo una novela inédita, continuación de la primera que se llamó Las familias secretas y publiqué en 1985 y decenas de poemas guardados, ya veré en qué deciden ellos convertirse. Pero con los años la autoexigencia aumenta y eso dificulta las cosas.

–¿Cómo ve a la poesía argentina hoy, en 2020?

–En general la veo muy bien. Después del boom que tuvo en los 80, post dictadura, la tendencia siguió, se solidificó y creció. Se escribe poesía en todo el país, grupos en todas las ciudades, efervescencia, enfrentamientos, discusiones, polémicas y encuentros. Y editoriales jóvenes e independientes que se reproducen por todos los rincones. No haría falta decir que la calidad poética es desigual, pero hay que decirlo y no es peyorativo: ocurre en todos los ámbitos. Ahora bien, esto se reproduce en toda Latinoamérica: creación, edición y festivales se suceden sin parar. Por suerte el mundo de la poesía sigue siendo una familia secreta y no se mide por las ventas sino por la calidad de lo escrito. Hubo y sigue habiendo grandes poetas en nuestro país.

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