
En su primer libro de cuentos, Checkpoint, la escritora y ensayista Elsa Drucaroff reúne seis relatos que gravitan sobre la idea del “punto de chequeo” como una instancia límite, donde sus personajes, casi todas mujeres, se ven envueltas en situaciones que las impulsan a detenerse y mirar su presente y su pasado, transformando así sus experiencias subjetivas.
A través de estos textos, Drucaroff se pone en la piel de una niña de cuatro años mientras saborea su sexualidad; en la de una adolescente que quiere ver más allá de la cápsula de privilegios de clase; desmenuza la conversación de un ex matrimonio en las antípodas de lo fue un vínculo amoroso; y narra lo que le pasa a una mujer cuando se reencuentra, décadas después, con los compañeros de secundaria, en los 70.
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Drucaroff, que es autora de La patria de las mujeres, entre otras novelas y de ensayos como Los prisioneros de la torre, incursiona con Checkpoint (Páginas de Espuma) en el terreno del cuento con cuatro relatos breves y dos nouvelles, al señalar que “en la escritura las formas se imponen por necesidad del texto”.
-¿De qué modo se fueron reuniendo estos relatos con la idea de Checkpoint, “punto de chequeo”?
-Estos cuentos los fui escribiendo en huecos durante varios años. Un día Andrés Neuman, que iba leyendo la mayoría, me dijo que había un libro y me puse a releer y encontré una idea fuerte que los atravesaba, la del checkpoint, aunque no la enuncié así: pensé en un punto crucial, un punto de encuentro que era clímax de cada una de las historias, entendiendo un encuentro como confluencia de gente o de alguien consigo mismo, pero una confluencia no carente de tensión y hasta enfrentamiento.
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-En los cuentos puede leerse la cronología de una mujer porque aparecen distintas etapas de una vida. La voz no es la misma, las historias detrás tampoco ¿sin embargo crees que algo de eso las atraviesa?
- Supongo que tiene que ver, por un lado, con que soy una mujer, y por el otro, con que he vivido bastante más de la mitad de mi vida y aunque en el libro sólo hay dos cuentos más autobiográficos, siempre con la libertad que te da la ficción, nunca me saco de encima mi experiencia propia para escribir, aunque esté escribiendo con la voz de un gaucho bandido de 1817.
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Son muchos los diferentes checkpoints que vivimos a lo largo de la vida, los momentos que se te revelan como puntos de inflexión donde no es gratis lo que ‘blableaste’: la vida te obliga a ponerte a prueba, te encontrás con que lo que hacés no siempre coincide con lo que creías que harías, o si coincide es porque te animaste a defenderlo, y eso es siempre pagar precios. Sin darme cuenta armé una especie de mosaico de checkpoints en un arco vital.
-Los relatos abordan temas como la militancia de los 70, la dictadura, la posición política de izquierda ¿qué territorio te permite releer desde la ficción ecos del pasado reciente; es la escritura un hecho político vista así?
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-La literatura pensada así es un hecho político. Lo que no significa que la literatura como hecho político sea un manual de soluciones o un transmisor de las ideas. La literatura, política o no, no responde preguntas, las hace. En todas mis novelas me propuse que lo histórico-político no fuera un telón de fondo sino una fuerza que atraviesa la pasión y la vida de los personajes, se den o no cuenta de ello. Mis personajes son siempre miembros de una generación en el sentido más profundo, están tejidos por su momento histórico y social, lo político no es una referencia del afuera. Cuando lo político es un telón de fondo el resultado es artísticamente malo.

-¿Por qué?
-Una escritura puede coincidir completamente con mis posiciones políticas y ser una porquería por eso, porque al no permitir que lo político arrase a las subjetividades, no surgen preguntas, sólo estereotipos. A la inversa, una gran escritura puede estar escrita desde ideas políticas execrables pero si deja que esas ideas, el contexto histórico social, la pertenencia generacional arrasen las subjetividades, se metan en la carne de los personajes, los resultados son extraordinarios.
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- La perspectiva de género y de clase atraviesan tu producción de ficción y de no ficción, ¿hay un intento de trasladar tu abordaje como crítica a la escritora?
-No, nada arruina tanto a una literatura como escribir desde las certezas. No puedo escindirme y mis posiciones políticas como feminista y como persona de izquierda están en todo lo que escribo, sin embargo escribir ficción es muy diferente de escribir ensayo. El diálogo entre la ensayista y la narradora es una condición inevitable en mi mirada de la realidad y en mi sensibilidad y en mi imaginación. Pero es diálogo, no fusión.
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Hay entre las dos actividades una diferencia muy fuerte: los ensayos dan respuestas, el arte hace preguntas. Esa diferencia es maravillosa porque la ficción es el reino de la imaginación y si yo me hago responsable de hasta la última opinión que escribí en mis ensayos, en mis cuentos y novelas no me hago responsable de nada de lo que los personajes piensan o hacen. El objetivo del arte no es transmitir mensajes y responder preguntas, el objetivo es jugar.
-¿Que sería jugar?
-Con lo tremendo o con lo banal, no importa, pero si se juega bien, a fondo, dejándose ir y no dejando que la ensayista o la académica te juzgue, vas a encontrar algo poderoso, una sustancia tuya que va a estar en ese texto y va a descolocar a quien lee como me descolocó antes a mí, va a mostrar que la realidad es contradictoria y difícilmente ejemplifique dócilmente nuestras convicciones. Cada vez que llega un checkpoint tenemos que ver quiénes somos. A veces hacemos lo que creíamos o pensábamos que íbamos a hacer, otras en cambio nos decepcionamos. Mis cuentos juegan mucho con ese conflicto, se ríen un poco de mí, de la ensayista, que está siempre tan convencida, pobrecita.
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Fuente: Télam
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