
Nadie sale de una novela de Guillermo Arriaga de la misma manera en la que entró. Sus libros, como Escuadrón Guillotina, Un dulce olor a muerte, El búfalo de la noche, o la más reciente El salvaje, se leen como una experiencia física. En pocas páginas construye un mundo y la lectura, entonces, se vuelve una inquietante travesía por ese universo.
Conocido por los guiones de Amores perros, 21 gramos” y Babel, el flamante ganador del Premio Alfaguara 2020 por la novela Salvar el fuego es un escritor clásico y moderno. Se nota la influencia que sobre él tienen Juan Rulfo y Hemingway, por ejemplo. Con una prosa filosa y áspera, antes que experimentar con el lenguaje, lo hace con el tiempo, lo accidental, los conflictos de la vida urbana, la soledad, el amor.
“Toda mi obra es una reflexión sobre el amor”, dijo alguna vez. Los escritores no siempre son los mejores críticos para hablar de lo que hacen, pero en este caso, la definición es precisa tanto para sus libros, como para sus películas. El amor es, para él, una probabilidad de redención. Tal vez la única.
Los protagonistas de Arriaga están siempre librados a su suerte. Con una estructura laberíntica de vidas cruzadas y una conciencia narrativa polifónica, casi se podría decir que sus tramas son ejercicios para medir la resistencia de los personajes: hasta dónde son capaces de adaptarse y superar la suma de casualidades y causalidades —el caos— que significa estar vivo. Guillermo Arriaga es un gran escritor y, sobre todo, es un escritor filosófico: sus novelas son preguntas que dejan al lector en un estado de incertidumbre sostenida.

“Yo soy yo y mis circunstancias”, decía José Ortega y Gasset. Parecería que Arriaga tomó esa frase como propia. Ya sea en la literatura o en el cine —entra otras películas escribió y dirigió “The burning plain”, con Charlize Theron y Jennifer Lawrence—, se viste con el traje de demiurgo y dispone la realidad en la que se moverán los personajes. Una vez determinado el escenario, los sigue con la frialdad —y la fe— de un entomólogo o un antropólogo: los observa ante el desamor, la fatalidad, la muerte.
Pero, aun cuando sus historias suelen quedar anudadas en torno a una tragedia, Arriaga es, cómo dudarlo, un escritor optimista. Todos sus personajes —hasta ahora— han conseguido desandar el camino, sobreponerse a las circunstancias, adueñarse del destino.
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