
Atormentada por un dolor implacable, la pintora mexicana Frida Kahlo escribió en su diario poco antes de morir: “Espero con alegría la salida, y espero no volver jamás”. Sin embargo, regresa, aunque sea brevemente, el Día de Muertos en El último sueño de Frida y Diego, una ópera en español que se estrenó en la Metropolitan Opera de Nueva York.
La ópera, con libreto del dramaturgo Nilo Cruz y música de Gabriela Lena Frank, imagina el reencuentro espectral de Kahlo tres años después de su muerte con Diego Rivera, el gran muralista mexicano con quien mantuvo una tempestuosa relación amorosa. En una reinterpretación de la leyenda de Orfeo, Rivera se ha cansado de la vida sin Kahlo y, en el día festivo que honra a los muertos y da la bienvenida al regreso de sus espíritus, la invoca del inframundo con la esperanza de que puedan reunirse eternamente. Para la mezzosoprano Isabel Leonard, que interpreta a Kahlo, la ópera es “un viaje de emociones que todo ser humano puede experimentar, contado a través de la lente o la perspectiva de figuras icónicas que muchos de nosotros admiramos”.
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El reparto se completa con el barítono Carlos Álvarez como Rivera, la soprano Gabriella Reyes como Catrina, guardiana del inframundo, y el contratenor Nils Wanderer como Leonardo, un espíritu que se hace pasar por Greta Garbo. El director musical del Met, Yannick Nézet-Séguin, dirige seis de las siete funciones, hasta el 5 de junio, y la función matinal del 30 de mayo se transmitirá en alta definición a cines de todo el mundo.

Una ópera que tardó dos décadas en gestarse
La idea para esta obra se remonta a hace más de 20 años, cuando el difunto Joel Revzen, entonces director de la Ópera de Arizona, le pidió a Frank que escribiera una ópera sobre Kahlo. Los colaboradores coincidieron en que querían evitar los enfoques convencionales y, en cambio, se inclinaron por el realismo mágico. “No me interesaba escribir una película biográfica”, dijo Cruz. “Ya teníamos la película con Salma Hayek… y había visto un par de monólogos que tenían que ver con Frida y su vida”.
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“Me pareció interesante todo este concepto de Diego acercándose al final de su vida, especialmente en el Día de Muertos”, dijo. “Creo que la ópera debe ser grandiosa, así que cualquier cosa mítica da pie a una buena ópera”.
Frank comentó que, al musicalizar el texto de Cruz, ella evitó melodías y ritmos que se parecieran demasiado a la música latina tradicional. “Lo que quería transmitir era algo muy colorido, algo que sonara a otro mundo, a veces ancestral”, dijo.
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“Escucharás muchos instrumentos que no suelen oírse en la ópera”, dijo Frank. “La marimba está presente en casi todas las escenas… Puede que acompañe la línea del clarinete o la voz sin que te des cuenta. Pero a mí me da la sensación de que proviene de Centroamérica”. Al elogiar la partitura, el crítico de The New Yorker Alex Ross escribió que “el reto de entrelazar biografía y mito podría haber superado a un compositor menos hábil. Uno podría imaginar una partitura repleta de efectos folclóricos mexicanos y sonidos sobrenaturales. En cambio, Frank establece desde el principio una atmósfera onírica y liminal”.

El Met reunió al equipo de ‘Ainadamar’
La ópera tuvo su estreno, retrasado por la COVID-19, en San Diego en 2022. Fue un gran éxito, y la producción original se ha representado en Los Ángeles, San Francisco, Chicago y otros lugares.
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Cuando el Met decidió montarla, el director general Peter Gelb contrató al equipo que trabajó en Ainadamar de Osvaldo Golijov en 2024 —la directora y coreógrafa Deborah Colker y el escenógrafo Jon Bausor— para crear una nueva producción. Bausor y Wilberth Gonzalez colaboraron en el diseño del vestuario.
“No es nada en contra de la obra original”, dijo Gelb. “Pero cuando se tiene una obra tan importante y atractiva como esta, no hay razón para que no haya más de una producción. Es una muestra de su éxito artístico”.
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Encontrar inspiración en una pintura de Kahlo
Bausor explicó que su inspiración para el diseño de la escenografía fue una pintura al óleo de Kahlo titulada Árbol de la esperanza, mantente fuerte, que representa a dos Fridas. Una la muestra con un elegante vestido mexicano sentada en una camilla de hospital sobre tierra agrietada. La otra Frida yace detrás de ella en la camilla, envuelta en sábanas con puntos rojos de sutura en la espalda, un recordatorio del dolor constante que sufrió tras la colisión de un autobús con un tranvía en 1925.

En el cuadro no aparece ningún árbol literalmente, pero el título le dio a Bausor la idea para una de las piezas centrales de su escenografía: un gran árbol de color rojo sangre con ramas retorcidas y raíces que se asemejan a las arterias del cuerpo humano.
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“Nos proporcionó un símbolo para que el público comprendiera que no estábamos en un espacio real”, dijo. “Es un vínculo entre el mundo vivo de arriba, representado por el follaje, y el mundo muerto, representado por las raíces de abajo”, añadió. Los laterales y la parte trasera del escenario están cubiertos con plástico azul reciclado que Bausor describe como “una especie de mortaja, o gasa azul como la que se usa para vendar heridas”.
Sobre el escenario hay un espejo, un guiño al que se instaló bajo el dosel de la cama de Frida Kahlo para ayudarla a pintar mientras estaba inmovilizada tras el accidente. Y al igual que en el cuadro de la artista mexicana, el escenario tiene grietas de las que emergen bailarines vestidos de esqueletos, que mueven sus articulaciones de forma espasmódica, un poco como los bailarines de break dance.
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A pesar de su atmósfera fantasmal, la ópera tiene un final feliz, en cierto modo: concede a los amantes el reencuentro en la muerte que les fue negado en la vida real. Diego Rivera deseaba ser incinerado y que sus cenizas se mezclaran con las de Kahlo, pero su familia se negó y lo enterró en un cementerio. “Me fascinó que quisiera que sus cenizas se unieran a las de ella”, dijo Criuz, “Pensé: ‘esta es una historia de amor después de la muerte’. Así que ese se convirtió en el tema de la ópera”.
Fuente: AP
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[Fotos: Metropolitan Ópera New York; Mediateca INAH]
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