Por Félix Bruzzone

A fines de 2006 me mudé con mi familia a un barrio vecino a Campo de Mayo. La casa era nueva. Para comprar el terreno y pagar la obra habíamos usado parte de la indemnización por la desaparición de mamá, algún dinero que andaba dando vueltas por ahí, un crédito y los restos de otros inconvenientes familiares. La búsqueda del terreno había empezado cerca de la Panamericana, pero los precios imposibles y la escasez de lotes nos fueron tirando cada vez más hacia adentro hasta que llegamos al barrio que les digo, limitado por un arroyo, el Hindú Club y la cuña que las vías del Belgrano Norte y la ruta 202, a unos cien metros de Puerta 7, le meten a Campo de Mayo.
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El mismo día que vimos el terreno lo señamos y en pocos días concretamos la operación. La zona es de calles asfaltadas (aunque a pocas cuadras empiezan las de tierra), casas con jardín, árboles grandes en las veredas, perros guardianes puertas adentro, algunos perros sueltos y la plaza redonda y descuidada frente a la que vivimos, donde los chicos del barrio juegan a la pelota.
Al tercer día de estar mudados sonó el teléfono. Estábamos por salir, y de no haber sido por la extrañeza de escuchar aquel timbre (todavía nadie tenía el número) nos habríamos ido; pero mi mujer atendió, curiosa, habló unos segundos y me pasó. Era una tal Mónica, ex compañera del secundario de mamá, que después de un reencuentro de ex alumnas se había ofrecido a averiguar algo de ella. Y ese algo era yo. Cuando uno no está acostumbrado a recibir ese tipo de llamados la cosa es perturbadora. Más cuando uno sabe poco de su madre y cuando las averiguaciones que se hacen resultan casi siempre infructuosas. También fue emocionante, pero no tanto ni tan perturbador como enterarme, por boca de Mónica, que mamá había estado en Campo de Mayo. Lo dice el Nunca más, ¿no lo leíste?
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Claro que había leído ese libro, aunque nunca la versión de 2006, donde habían incorporado el último destino conocido de mamá. Algo sospechaba igual, porque en Antropólogos Forenses, hacía años, había hecho algunas gestiones, aunque como nunca había tenido noticias pensaba que todo había quedado en la nada. Así fue que volví a Antropólogos Forenses con ese extraño dato sobre el destino de mamá que había en el Nunca más 2. Me recibieron con café, música del altiplano y una explicación pormenorizada del malentendido. Los abrazos del final fueron sentidos, lógico, y la cosa pudo terminar ahí y quedar todos contentos con esto tan significativo que es algo como saber, al menos, dónde pasó tu mamá sus últimos días. Pero resultaba que vivíamos a cinco cuadras de Campo de Mayo, en un barrio que le hace cuña.
No tardamos en armar la saga familiar alrededor de Campo de Mayo. Habíamos elegido esa zona porque mi suegra (y prima de mamá) se había mudado ahí a principios de los ochenta. También lo habían hecho la hermana de mamá y un tío de mi abuelo. Toda mi familia que migró al Gran Buenos Aires se había mudado por esa zona y se había ubicado en laterales diferentes de Campo de Mayo. Nosotros, ahora, veníamos a cerrar el círculo.
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¿Qué hacer con eso? Para mí, que soy escritor, parecía evidente: un libro. Pero hasta 2011 no lo tuve demasiado claro. En esos años me dediqué a corregir 76 (mi primer libro) y a escribir otros dos: Los topos y Barrefondo. Mientras tanto, el dardo venenoso de Campo de Mayo se metía en todos mis músculos con contundencia de oso. Y fue como para exorcizar algo de eso que en 2011 empecé a correr por la zona, y a imaginar ese libro posible como a la carrera, tomando nota de lo que me contaban los vecinos sobre el lugar, de cómo habían llegado a vivir ahí, de cómo se relacionaban con el lugar, de qué pensaban para el futuro de ese lugar. En medio de toda esa corrida e investigación, surgió la historia de un corredor (uno parecido a mí, pero que era otro) que se quedaba corriendo alrededor de Campo de Mayo como empujado por una ley gravitatoria. Como si Campo de Mayo fuera un imán y él tuviera que correr sin detenerse para no ser chupado.
No ser chupado, nunca más exacta la expresión.
O para sí ser chupado, pero tan lentamente que la caída hacia ese centro denso y peligroso casi no se notara.
Bueno, Campo de Mayo, la novela, es un poco esos dos espirales, uno hacia afuera y otro hacia adentro, al mismo tiempo.
El espiral resultante, de hecho, fue larguísimo: ocho años tardé en darle un final. Y en el medio, además de escribir otros dos libros, y tres para niños, el proyecto, siempre inconcluso, como si no pudiera percibirse la dirección del alargado espiral, tomó forma, desde la galera de Lola Arias, de conferencia performática, y anduvo girando junto a corredores amigos todas las veces que en todo este tiempo tuvimos ocasión de ponerla en escena.
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Campo de Mayo, por fin, fue escrita así, en pequeñas partes que de a poco fueron dándole cuerda a la historia de Fleje. Fleje es el corredor y es contado por una especie de cronista de él y de Campo de Mayo. Le agradezco a Fleje haber estado tan bien dispuesto para esa crónica. Y a todos los vecinos de Campo de Mayo que, como yo, no entendemos por qué orbitamos ese nudo del espacio-tiempo, pero acá estamos todos los días.
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