Por Ramón González

Comencé a escribir sobre mi experiencia en el Bataclan dos semanas después del atentado, a finales de noviembre de 2015, y fue una psicóloga la que me animó a hacerlo.
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Yo había acudido a una célula de apoyo psicológico de urgencia en busca de consuelo, abrumado por el síndrome postraumático. Hasta ese momento, nadie me había explicado cómo me sentiría tras lo vivido y aquel desconocimiento había hecho que las secuelas, sobre todo los altibajos emocionales, me resultasen insoportables, hasta el punto de que varias veces al día me preguntaba si no estaría perdiendo la cabeza. Recuerdo que, después de una hora desahogándome con aquella psicóloga, me preguntó si tenía alguna afición que pudiese ayudarme a sobrellevar el atentado. Le respondí que me gustaba escribir, que siempre me había gustado, y fue entonces cuando ella, esbozando una sonrisa de Buda, me dijo que contar lo que sentía podía ser una buena terapia y que la escritura me podía ayudar a purgar las emociones negativas ligadas al 13 de noviembre.
Al principio, la historia de lo vivido en el Bataclan no tenía vocación de relato; ni siquiera se puede decir que desease contar una historia. Todo lo que hacía era sentarme cada mañana delante del ordenador y durante horas dejar fluir, sin reflexionar demasiado, mis pensamientos y emociones a modo de escritura automática y así expulsaba toda la incomprensión, el miedo y el dolor que sentía. Mi objetivo original era, pues, utilizar la escritura como catarsis. La obra literaria vino después. Con el paso de los meses, poco a poco, se fue produciendo una transición del relato personal a la narración, lo cual implicó establecer una cierta separación entre el autor y el narrador; todo ello mientras en mi día a día, de manera simultánea, seguía una terapia para tratar las secuelas ligadas al atentado.
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Ésta es, quizá, la razón por la cual no ha sido un libro fácil de escribir. El proceso de recuperación y los diferentes estados emocionales por los que he pasado han tenido una influencia muy importante en la obra, la han ido condicionando. Sin ir más lejos, la tercera parte no estaba previsto que existiese. En un principio, el relato debía concluir con el protagonista abandonando su trabajo a finales de 2015, recuperado a priori de las secuelas y lleno de energía y esperanza para afrontar el futuro; pero entonces, en febrero de 2016, la realidad se encargó de demostrar que el proceso de recuperación no estaba acabado —de hecho, apenas había comenzado—y que, por lo tanto, el manuscrito tampoco. Retomé la escritura y durante un tiempo volví a tomar notas. Después, llegado un momento, comprendí que si pretendía ajustarme fielmente a la realidad para cerrar el relato, podía estar ante una historia infinita. ¿Cómo tener la certeza de que la recuperación y las secuelas de lo vivido iban a quedar cerradas por completo y no habría recaídas? El punto final de la narración equivale, por lo tanto, a un punto y seguido en el plano de la vida real. Objetivamente, no había otra manera de acabar.

Durante la escritura de Paz, amor y death metal mi vida ha cambiado profundamente. Mi manera de ver el mundo ya no es la misma que antes; mi humor, las relaciones sociales, las prioridades que ahora tengo… Nada es lo mismo. A nivel profesional, por ejemplo, el cambio fue radical. El atentado hizo que mi trabajo de consultor informático—un trabajo estable que, si bien no me agradaba, no me disgustaba del todo— se convirtiese en un sinsentido existencial. ¿Merecía la pena dedicarle ocho horas al día a algo que no amaba? La pregunta no era nueva, me la había formulado cientos de veces, pero cuando empecé a hacérmela después deestartan cerca de la muerte, la manera de responderla cambió.
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Algo parecido me sucedió con la escritura. Cuando comencé a escribir, allá por la adolescencia, lo hacía a modo de escape y para plasmar aquello que no entendía, después, con el paso del tiempo, escribir se fue volviendo cada vez más una manera de comprender e interpretar el mundo que me rodeaba, hasta que se convirtió en algo indispensable, en una especie de obsesión por relatar sin la cual la vida no tenía sentido. Sin embargo, refrenado por miedos y excusas, nunca tuve el valor deintentar publicar. En este sentido, Paz, amor y death metal representa, por un lado, la culminación de una larga búsqueda literaria y, por el otro, el inicio de una nueva etapa de mi vida que, deseo, vaya ligada a la escritura.
Recuerdo que un tiempo después del atentado, durante una conversación con una amiga, ésta me dijo que lo vivido en el Bataclan me había dado la excusa perfecta para romper con la vida que odiaba. Su comentario, aunque fuese más un reproche que una mera observación, era acertado. En ocasiones, cuando me da por hacer balance de lo ocurrido, me digo que he sido muy afortunado, no sólo por el hecho de haber sobrevivido, sino también porque, empujado por las circunstancias, he sido capaz de cambiar muchas de las cosas que no me gustaban de mi vida.
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Por ello, a mi entender, Paz, amor y death metal es ante todo una historia que habla de cambios. Cambios en la manera de percibir y entenderla vida, cambios profesionales, cambios incluso en lo que el pasado parecía haber enterrado para siempre; pero el más transcendental de todos es el cambio con el que comienza el relato y que supuso una profunda alteración de las reglas cotidianas de la realidad: aquello que creía que no podía suceder, sucedió.
Después, para bien o para mal, nada volvió a ser lo mismo.
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