(Crédito: Javier Narváez)
(Crédito: Javier Narváez)

Es tarde de feriado y siesta en los alrededores del Jardín Botánico. Sylvia Molloy (1938) llega a la confitería de la esquina de Santa Fe y República Árabe Siria a  paso lento: una caída, un golpe, una rodilla lastimada semanas atrás; de eso habla mientras apoya el bastón en una silla y se acomoda en otra, dispuesta a iniciar la conversación. Se la ve animada, charla con gusto y ríe, ríe seguido ante alguno de sus propios comentarios o en calidad de gentil respuesta a los dichos de su interlocutor. Es tan importante su obra, es tan influyente su modo de leer y de producir lecturas y escritura, que sentarse a conversar con ella es para cualquier periodista cultural una ambición desmesurada que incluye la pretensión de obtener todas las respuestas posibles sobre literatura, crítica, la vida académica y temas vinculados a las cuestiones de género.

(Naturalmente, mi caso no fue la excepción).

Molloy es una lectora exquisita y una escritora tan sutil como inclasificable. Su nombre trascendió la crítica y la academia con novelas como En breve cárcel y El común olvido a las que siguieron el libro de relatos Varia imaginación y nouvelles como Desarticulaciones y Vivir entre lenguas, sin por ello dejar de producir textos críticos como Las letras de BorgesPoses de fin de siglo: desbordes del género en la modernidadActo de presencia: la escritura autobiográfica en Hispanoamérica. Como puede verse, se trata de una obra marcada por la alternancia entre la ficción y el ensayo en lo que es una característica de su estilo, como lo es la construcción de textos breves y luminosos, entre los que se cuenta Citas de lectura, una delicada memoria de su vida como lectora.

Sylvia Molloy vivió desde muy temprano fuera de la Argentina, primero en Francia -donde se doctoró en Literatura Comparada en la Sorbona- y luego en Estados Unidos, donde desarrolló una impresionante carrera como docente universitaria. Enseñó en Yale, en la Universidad de Nueva York y en Princeton: en esta última universidad fue en 1974 la primera mujer que consiguió acceder a un puesto como titular. Crítica y escritora prestigiosa, pionera en los estudios LGTB, Molloy vive en Nueva York aunque, ya retirada, viaja seguido a su casa en la costa del Atlántico y también viene con relativa frecuencia a Buenos Aires.

Infobae Cultura la entrevistó hace algunas semanas. En esa charla, que se reproduce a continuación, habló sobre sus libros, sobre el lenguaje inclusivo, hizo críticas al sistema de cuotas en la universidad y también cuestionó a quienes pretenden sepultar una obra cuando hay acusaciones a su autor de por medio. Más allá de algunas observaciones puntuales, Molloy elogió el ímpetu juvenil del actual movimiento de mujeres y recordó una anécdota sorprendente y poco conocida de Borges durante los años 60, ocurrida en una tienda por departamentos cercana a las cataratas del Niágara.

— Tu hermana y vos se fueron muy jóvenes a vivir a otro país…
— Sí, nos fuimos las dos a vivir afuera pero fue un poco por casualidad, no es que nos fuéramos de la casa. Yo fui a estudiar a Francia, después volví para terminar la tesis de la Sorbona aquí, con la idea de volver a Francia. Mientras estuve aquí de vuelta traté de conseguir trabajo en la Universidad. Era una época tremenda porque tenías que dar reválidas.

— ¿De qué año hablamos?
— Estamos hablando del año 63, 64. Y entonces tenías que dar reválida de un montón de materias y me decían las empleadas de la Facultad: "Usted tiene que dar la reválida porque, por ejemplo, no ha cursado Lengua Francesa". Y yo decía: "Bueno, pero en Francia se habla francés, las clases son en francés así que se asume que todo el mundo habla francés." "Bueno, pero igual no está en el programa." Yo empecé así, tenía que rendir como diecisiete materias adicionales. Y entonces pensé no, acá no, esto no, voy a tener que conseguir trabajo de otra cosa. Y de hecho enseñé durante un par de años en la Alianza Francesa. Pero bueno, terminé la tesis, me fui a defenderla a París y en esa época los Estados Unidos buscaban mano de obra. Qué ironía… con lo que está pasando ahora, ¿no? Buscaban gente porque había muchas universidades nuevas y habían puesto una en un lugar que se llama Buffalo, Nueva York, que yo, con mi ignorancia geográfica, supuse que era como decir Villa Crespo, Buenos Aires. Y no era así, era una ciudad cerca de las cataratas del Niágara, donde hacía un frío espantoso, tenías nieve ocho meses por año, pero bueno.

— ¿Te instalaste sola?
— Me instalé sola. Había otra argentina por casualidad así que nos hicimos amigas. Y era un lugar, en ese momento, muy dinámico porque tenían plata y pagaban bien. Y además traían a mucha gente de afuera. El intercambio era espléndido ahí. Ahí por primera vez oí hablar a Foucault, a Derrida. Lo invitaron a Borges una vez.

— ¿Ahí lo conociste o ya lo conocías?
— Ya lo conocía de haberlo visto en la Biblioteca Nacional, muchos años antes, pero ahí lo conocí mejor. Lo había leído además. Y además me pusieron a cargo de las diversiones.

— Eras algo así como su chaperona.
— Más o menos, porque estaba la mujer también, así que ella era la chaperona. Pero yo era la que lo llevaba de aquí para allá, lo llevaba a pasear. Ahí pasó una cosa muy curiosa que en algún he contado pero que es fiel. A Borges lo llevé a las cataratas del Niágara y Borges decía en el viaje mientras íbamos, estaba como a una hora de distancia, y Borges decía: "Qué absurdo que haya un poema que comience 'Oh, poderoso Niágara' (N. de la R. Se refiere a la Oda al Niágara, del cubano José María Heredia) cuando la palabra Niágara ya encierra en sí la noción de poder". Y la mujer muda, ahí al lado. Bueno, entonces paramos en un lugar porque yo quería que Borges oyera las cataratas, por lo menos. Así que desde arriba, la mujer también pudo oír y ver y cuando vio las cataratas, ¿qué es lo que dice?: "Qué poderoso, ¿no?" (Risas).

— Hay una anécdota con Eleanor Roosevelt, cuentan que cuando vino a la Argentina, viendo las Cataratas del Iguazú dijo: "Poor Niagara"…

— Puede ser. Seguramente tenía sentido del humor. Mientras que Elsa Astete no tenía sentido del humor (risas). En cambio, lo que tenía eran unas ganas de comprar cosas… Entonces decía todo el tiempo: "¿No hay una tienda?" "¿No hay una tienda?" Y le digo: "Sí, hay un Woolworth "

— ¿Vos estabas en tu auto?
— Sí. Entonces entramos al Woolworth ése de morondanga, de Niagara Falls, y ella dice: "Bueno, yo voy para atrás para ver lo que hay, ustedes quédense aquí." Y nos estaciona literalmente al lado de un mostrador y ella se va para ver qué hay. Claro, yo me doy cuenta pero Borges no se da cuenta de dónde está. Yo me doy cuenta de que estamos en la sección de ropa interior de mujer y que estamos parados al lado de unos canastos llenos de bombachas. Y entonces pensaba: soy la única persona en el mundo en este momento que sabe esto. Nadie me va a creer que estamos…

— En medio del Reino de la Bombacha.
— Siiii… hablando de literatura en el reino de la bombacha. Fue muy gracioso. Pero todo eso para decirte que venía mucha gente a la universidad, así que era un buen lugar. Y ahí empezó mi vida en Estados Unidos. Una de las cosas que me empeñé en averiguar, porque me hicieron un contrato de 3 años y yo dije "bueno, ¿qué pasa si yo me quiero ir al segundo año?, ¿me obligan a quedarme los tres años? Porque pensaba que a lo mejor a los dos años me volvía, y resulta que me quedé toda la vida. Pero no en Buffalo.

— A partir de ese momento con Borges iniciás un vínculo más personal y profesional. Eso te acerca a un escritor y a una persona, algo que a veces uno trata de separar, pero se hace difícil ¿no?

— Sí, sí, sí.

— ¿Cómo se hace para poder tomar distancia de la persona cuando uno admira la obra de un autor?
— Yo supongo que, por empezar, no verlos demasiado a menudo, ¿no? Que no se transformen en… Digo, que haya siempre en uno esa noción de que está percibiendo a un escritor pero también está percibiendo una literatura, que surge de esa persona. No sé, está esa idea de cuando te dicen: "Borges el hombre", o "sabemos cómo era el escritor pero cómo era el hombre". No dividamos, el hombre es el escritor y el escritor es el hombre.

— Esta distinción es importante en estos momentos, cuando se están rediscutiendo algunas obras de autores, cineastas, artistas en general porque son denunciados o acusados por abusos sexuales y violencia, por lo que muchos intentan sepultar una obra en función de eso. ¿Qué pensás? ¿Es un exceso de corrección política?
— Para mí el ser humano es un compuesto y hay que tomar en cuenta todo lo que compone a esa persona, no ver a la persona a través de un acto… No sé, me parece empobrecedor. No sé, más temprano te dije que el hombre es su obra o el escritor es su obra y la obra es el escritor, lo cual no impide que en la realidad haya un sujeto humano, hombre o mujer, y haya una serie de libros del otro lado, ¿no? Es decir, se comunican y se identifican hasta cierto punto pero a mí me parece un error sacrificar una obra buscando imponer un castigo sobre el individuo.

— ¿Porque en realidad nos estaríamos castigando nosotros prescindiendo de la obra?
— Absolutamente, absolutamente.

— Es lo que pasa cuando intentan descolgar cuadros en algunos museos o sacar ciertos libros de las bibliotecas.
— Sí, sí, yo creo que eso es tener una mirada muy estrecha y finalmente muy pobre, muy empobrecedora.

— ¿Qué pensás de lo que pasa en algunas universidades en las que están cambiando los programas de ciertas materias en función de, por ejemplo, la ausencia de representación de las minorías? ¿Cómo se evalúa, cómo se hace para ser justo y equitativo en relación con los derechos humanos, los derechos civiles y sostener a la vez los criterios estéticos o artísticos?
— Yo creo que no podés; uno siempre peca o por un lado o por el otro. O sea que de alguna manera eso te está diciendo que ese acercamiento no está funcionando bien. Creo que sí es importante abrir la cultura a múltiples lectores y también promover textos que nos abran las puertas a nosotros como lectores sobre realidades que no conocíamos o que conocíamos mal. Pero lo que me fastidia es el sistema de las cuotas. Bueno, si hay un negro, o si hay un marrón, entonces estamos bien, pero si no hay… Y eso lo hablaba con una amiga más temprano, ese criterio de "yo como minoría…" Que las minorías necesitan representación siempre, no importa cuán tenue sea la minoría o la diferencia. Y me parece que ahí se complica mucho el asunto porque hay, por un lado, un criterio de representatividad y por el otro un criterio de que se le está adjudicando al grupo un poder, ¿verdad? Les está diciendo "bueno, ustedes no quieren representarme, o no quieren incluirme". Hay algo positivo que impulsa esto pero muy pronto se transforma en algo no productivo. No productivo para nadie porque ser el único estudiante negro en una clase de treinta blancos… Es decir, teóricamente, es incluir al estudiante negro en una realidad distinta y donde representa. ¿Pero qué es lo que representa? ¿Se representa a sí mismo, representa otra raza, representa solucionar una injusticia? Es atribuirle una carga simbólica muy fuerte a esta persona. Así que hay como un…

— La pregunta es cómo ser justo cuando habitualmente los elencos de los que toman las decisiones no están conformados de manera equitativa. Porque el sistema de cuotas, lo mismo que en la política, es para evitar la discrecionalidad de quienes conforman esas listas o hacen las selecciones, que en general forman parte de esas mayorías hegemónicas, ¿no?
— Claro, claro. Con lo cual limpian sus conciencias.

— Pero, entonces, cómo hacer para generar armar algo más justo sin que se termine convirtiendo tampoco en una payasada y en como vos decís que se termine cargando simbólicamente a la pobre criatura que ocupa ese lugar ¿no? Es bien complicado. 
— No es fácil, no es fácil. Mira, cuando escribí el libro sobre autobiografías latinoamericanas (N. de la R. Molloy se refiere a Acto de presencia: la escritura autobiográfica en Hispanoamérica) incluí a varias mujeres pero no un capítulo sobre mujeres sino que en la misma corriente del libro, digamos, que es más o menos la línea por épocas, había hombres y mujeres. Es decir, elegí hablar de Teresa de la Parra, elegí hablar de Norah Lange, elegí hablar de Victoria Ocampo…

— Fue naturalmente, es decir, no tuviste que forzarlo.
— Sí, sí. Pero claro, trabajando ciertos temas me daba cuenta de cómo las escritoras mujeres usaban ciertos tópicos de la escritura autobiográfica de otra manera. Es decir, la vida, la infancia, o la vida provinciana trabajada por Sarmiento, por un lado, o trabajada por Teresa de la Parra es muy diferente. Porque Teresa de la Parra rescata una serie de mujeres, de otras mujeres. Pero Sarmiento también va la instrucción, a la lectura de los niños, pero te das cuenta de que lo que está haciendo Sarmiento es contar recuerdos pero armar un ícono.

 

— Se producía su propia biografía.
— Exacto, sí, sí. Y en el caso de Teresa de la Parra, no está esa obligación patriótica, digamos, entonces la recreación de la infancia es una recreación mucho más suelta, mucho más arbitraria también, y no hacia una figura pre construida.

— Estamos viviendo una especie de ola imparable en relación a la cuestión de las reivindicaciones de las mujeres que desde la sociedad se trasladan necesariamente a todas las disciplinas. Con los años que tenés y con los años que venís viendo el tema, ¿cómo lo ves en general en el mundo y acá en la Argentina?
— Acá lo que me impresionó en la Argentina es, y bueno, son observaciones que acaso sean superficiales porque no he estado, me he perdido muchas de las manifestaciones, etcétera, pero la impresión que tengo es que es un movimiento con mucha fuerza y que ha suscitado mucha energía y adhesión en gente joven. Hay como una ola de gente joven que está muy metida en esto y eso me impresiona, me impresiona positivamente, ¿no? Porque hay una apuesta ahí muy fuerte que no es superficial.

— No sé qué trato tuviste de pronto con varones de distintas edades, pero lo que está habiendo es un cambio fenomenal en la conducta del varón en función de todo esto. Están modificándose muchos patrones.
— Sí. He hablado sobre todo con mujeres pero a partir de los varones con los que he hablado tengo la impresión de que acá está pasando algo distinto. Que no es como antes, que no es la reivindicación por el voto femenino digamos, no es por una cosa: es mirar de otra manera pero mirar una totalidad de otra manera. No mirar un derecho que no tiene la mujer o un aspecto de la cosa. Y eso no sé si los hombres están dispuestos a hacerlo completamente pero saben que es distinto. Eso me parece un gran adelanto, porque eso permite el diálogo.

— Entre pares.
— Sí, exacto.

— ¿Y qué te parece por ejemplo que Judith Butler sea un fenómeno cuando se presenta o que alguien como Rita Segato haya abierto la Feria del Libro?
— Bueno, Rita Segato te confieso que no la conozco bien. Pero en el caso de Judith Butler digo, hay una apuesta muy seria. Es decir, ella ha abierto su trabajo intelectual a un feminismo amplio e inclusivo pero sobre todo pensante. Y eso lo veo como una cosa muy positiva, además, porque no es que viene y trae una moda del exterior… Es decir, te da los instrumentos para ahondar en lo que está pasando acá.

— Algo que también está generando mucho revuelo tiene que ver con el lenguaje inclusivo. Vos sos una persona que vivió toda su vida hablando por lo menos en tres lenguas. ¿Cómo te imaginás sumando ahora el "todes"?
— Eso me cuesta mucho… no creo que yo llegue a usar el lenguaje inclusivo. Recurriré a frases medio pesadas como decir "ellas y ellos" o "las mujeres y los hombres", pero no sé si voy a decir "todes" o usar la "x", me cuesta mucho.

— ¿Te parece una moda? ¿Te parece una tendencia? ¿Te parece que puede ocurrir que los más jóvenes arrastren y lleven la lengua hacia algo así?
— Yo creo que cuando cambia el lenguaje cambia desde lugares muy distintos, no es un grupo o una movida que va a cambiar el lenguaje, me parece. Es decir, el lenguaje lo hablamos todos y no me parece que sea muy realista pensar que el lenguaje va a cambiar porque estemos usando este lenguaje inclusivo. No sé, no lo veo… Entiendo que lo quieran usar, pero yo creo que hay que usarlo con la conciencia de que es un artefacto pero no es una lengua que durante siglos se ha desarrollado, ¿verdad?

— ¿Hay algo que te resulte perturbador en el lenguaje castellano masculinizado de siempre que usamos? ¿O lo tenés completamente asimilado?
— Lo tengo asimilado pero siempre procuro utilizar formas que incluyan, si digo "todos", "todos pensamos", por ejemplo, suelo recurrir al más pesado "todos y todas pensamos".

— Es una forma de hacer lenguaje inclusivo sin forzar las letras, digamos.
— Eso, sí, sí.

— Entiendo. ¿Y eso lo hacés desde siempre, lo venís haciendo hace mucho?
— No, no, lo hago más a menudo ahora que antes. O sea que el uso del lenguaje inclusivo, sin duda, me ha impulsado a hacer eso, ha tenido influencia en mí no para usarlo pero si para modificar mi escritura de acuerdo con esa idea de inclusión.

— ¿Hay momentos de tu vida o de tu presente en donde te sale más naturalmente trabajar en ensayo que en ficción? ¿Sentís que la ficción tiene que ver con momentos de tu vida?
— Vos sabés que alterno y habitualmente tengo como dos proyectos paralelos. Uno más reflexivo, uno más de ensayo, y el otro más de ficción. Pero últimamente se me mezclan mucho porque, no sé, cuando escribo esos libros como Varia imaginación, evidentemente es una reflexión sobre la memoria y sobre la edad. Pero no quería escribir un ensayo sobre eso, quería escribir un texto o textos, narraciones, relatos, sobre mi amiga que estaba perdiendo la memoria. O sea que es una mezcla, ¿no? Y esa mezcla me resulta en este momento muy inspiradora o productiva.

— Estimulante.
— Sí, muy estimulante. Cuando escribo sobre bilingüismo no me interesa leer demasiada teoría sobre cuándo el niño comienza a ser bilingüe. Tengo mi propia experiencia. Y a veces leo alguna que otra cosa, pero me interesan los relatos de otros escritores que hablan sobre eso.

— ¿Cómo te definís en términos profesionales?
— Como escritora, punto (risas). Escritora de crítica y ficción supongo.

— ¿Y la docencia adónde la dejás?
— Bueno, cuando lees esas descripciones que hacen de vos que parecen lápidas. A veces, dicen: "Fue profesora", así que yo digo "fui profesora".

— ¿Pero no hay algo así como que uno sigue siendo siempre docente? 
— Uno no deja. Y, de hecho, la gente tampoco te deja. Porque hay gente que todavía se me acerca y me dice: "Yo sé que usted está jubilada, ¿pero no aceptaría dirigir mi tesis?" Y yo le digo: "No, lamentablemente no." Pero mantengo muy buen diálogo. Es decir, lo que guardo de la docencia es un intercambio muy provechoso para mí con la gente que ha sido estudiante mía o que conozco y entablo relación con esta persona que es estudiante en algún lugar, así que continúo. Porque para mí es un diálogo que me enriquece muchísimo. Es decir, lo que me impulsa a pensar es siempre el diálogo con alguien.

— Decime qué pensás de las últimas generaciones de escritoras mujeres argentinas.
— Ah, me parecen muy estimulantes, me parecen muy fascinantes. Leo y las releo porque debo decir que tengo la memoria un poco floja, pero me gusta releerlas.

— ¿Lees en todas las lenguas todo el tiempo?
— No todo el tiempo, a veces privilegio una sobre otra. Leo ficción más en castellano que en otro idioma en este momento. Poesía leo más en inglés. Ensayo, un poco dividido, está entre español y francés, de vez en cuando, más que de vez en cuando. Y, después, me interesa la ficción corta, me interesa mucho, esa la leo en todos los idiomas, así sea George Perec por ejemplo o Lydia Davis.

— Te iba a preguntar qué pensabas de Lydia Davis, cuya obra es tan especial.
— Una maravilla.

— Extraordinaria autora.
— Es mi diosa.

 

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