Por Mori Ponsowy

Okāsan no estaba en mis planes. Sólo algún tiempo después de que lo empecé a escribir me di cuenta de que esos textos íntimos, personales, podrían convertirse en un libro. Todo empezó cuando Matías, mi único hijo, al que siempre crié sola, se fue a estudiar a Japón. Cuando tenemos hijos sabemos que algún día se van a ir, claro, pero yo nunca supuse que el mío se iría tan lejos, tan pronto. Lo curioso es que ya antes de cumplir seis años, Mati decía que cuando fuera grande iba a vivir en Japón. Nunca supe de dónde sacó esa idea. Dibujaba con detalle la casa que tendría y, al lado, un círculo. "Aquí vas a vivir tú", decía. "En esta burbuja", y se revolcaba de la risa. Él tendría la llave y cerraría la puerta de mi burbuja desde afuera para asegurarse de que yo no pudiera salir. "¿Por qué no voy a poder salir?", preguntaba yo. "¡Porque vas a ser una viejita!" decía, riéndose otra vez. Nunca supuse, en aquella época, que a los veinte años se iría a vivir al otro lado del mundo.
La primera vez que lo fui a visitar a Japón, en 2016, yo estaba escribiendo una novela y tenía en mis planes seguir escribiendo todas las mañanas mientras estuviera allá para no perder el ritmo. Sin embargo, dos días después de haber llegado, me di cuenta de que no podía seguir con la novela: tenía que escribir lo que estaba viendo, lo que estaba sintiendo durante ese viaje. Ir a Japón no es sólo ir a las antípodas de la Tierra. Es ir a otro lugar del universo. A otra galaxia. La extrañeza que me producía ese país era tan grande como la de ver a mi propio hijo hablando un idioma que yo desconocía, moviéndose como en su casa en un territorio que a mí se me asemejaba a otro planeta. Escribí Okāsan desde ese estupor. Japón era el telón de fondo perfecto para contar la relación de una madre con un hijo que de pronto se hace adulto, con un hijo que tiene que explicarle todo a esa madre que no entiende nada. El hijo, de pronto, parece saber del mundo mucho más que ella.

Empecé a escribir el libro como pequeñas entradas de un diario de viaje que, al principio, fui publicando en Facebook. Pero cuando regresé a Argentina me pareció que todavía quedaban muchas cosas por contar: no podía desprenderme del texto, ni retomar la escritura de aquella otra novela. Comencé entonces a contar no sólo el viaje, sino recuerdos de la infancia de Matías, nuestra vida en distintos países, algunos de nuestros diálogos, nuestros juegos.

Okāsan quiere decir "madre" en japonés. El libro narra, desde una mirada muy íntima, la relación entre una madre y un hijo que se hace adulto. Me gusta pensar que esa misma intimidad, esa cercanía, hace que en cierto modo el libro también cuente algo universal. Al fin y al cabo, todos somos hijos. Todos hemos tenido madres de las que nos hemos alejado, dejándolas solas con ese estupor que provoca nuestra partida. ¿Cómo puede ser que ese pequeñísimo ser que hasta hace tan poco la madre tuvo indefenso en sus brazos parta así, tan de pronto, sin necesitar ya nada de ella? De eso trata Okāsan. Ese es el misterio, la extrañeza inevitable, que intenté contar.
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