Lee Israel: de cómo una autora sin éxito se convirtió en la más brillante falsificadora de cartas literarias

Lee Israel (New York Post)
Lee Israel (New York Post)

Nueva York, 1990: Lee Israel escribe notas y biografías por encargo. Le encanta su rutina de escritora, lo que gana le alcanza para taxis y restaurantes, no pide más de la vida. La editorial le encarga una biografía no autorizada de Esteé Lauder. La empresaria le manda a su abogado con una oferta para que no escriba el libro. Lee desconfía, rechaza la oferta.

Estée Lauder decide publicar su propia autobiografía para quedarse con la última palabra. Lee Israel entra en carrera, se apura a terminar su versión y en la corrida sacrifica al libro. Las críticas son malas, el libro no se vende. "Fue el principio de mi fin como escritora próspera. Adiós a los agasajos con martinis dobles en el Four Seasons", escribe en referencia a los almuerzos de trabajo, o a su ex novia encargada de un bar, quién sabe. No puede pagar el alquiler ni los remedios para su gata.

Tiene cincuenta años y mal carácter, cayó en desgracia: para el mundo en el que vive, es una perdedora, una amenaza, todos la evitan. Busca una salida, siempre dentro del campo editorial. Los proyectos para biografías se traban. Liquida su biblioteca. Se le ocurre la idea de robar y falsificar cartas de celebridades.

La película que cuenta su historia tiene varias nominaciones al Oscar de este año, entre ellas la de Melissa McCarthy como Mejor Actriz por su interpretación de Lee Israel. Basada en el libro escrito por la misma Lee cuando la descubrió la policía, la película termina cuando la escritora deja las cartas, forzada por las circunstancias.

En inglés el título del libro es Can you ever forgive me, tomado de la frase estelar de una de las cartas inventadas por Lee Israel y firmadas, también por ella, en nombre de la escritora Dorothy Parker. Lo tradujeron como ¿Podrás perdonarme?, opción que, por literal, no le hace justicia. El libro es una crónica aguda del ascenso y caída de Lee en la Manhattan de los años 90. La historia, entre policial ocurrente y homenaje a la literatura, tiene su faceta triste y angustiante pero Lee Israel la cuenta desde la perspectiva, que tanto le gustaba a Flaubert, de una "broma superior".

Entre la salida de su libro de memorias sobre el caso, en el 2008, y su muerte en el 2015, Lee gozó de una fama venial, susurrada. A los académicos nunca les cayó bien. Algún comentarista anónimo la calificó de "terrorista cultural" en un blog. Pero en otros ámbitos se convirtió en un personaje de culto, siempre de perfil bajo, defendida por los lectores y la mayoría de sus colegas.

“Can you ever forgive me?”, de Lee Israel
“Can you ever forgive me?”, de Lee Israel

Hay quienes creen, como la propia Lee, que su mejor obra fueron las cartas apócrifas. Pero su libro brillante, breve y enfocado, exento de autocompasión y falsa modestia, tampoco tiene igual. Para empezar, si me disculpan la ironía, la historia es muy original. Pero lo importante, como siempre, es la pluma. El libro está escrito con un humor veterano y áspero, que se convierte en su marca de estilo y funciona de espejo refractario de la vida. La narradora es directa, profesional, pragmática y literaria. Cuando la encargada de una agencia de empleos le recomienda que cambie su mal carácter, por ejemplo, interpreta sin dudar: "menos Saroyan y más Dickens".

"Robé tres cartas de la biblioteca (…) las metí en una libreta, fui al baño de mujeres, las escondí entre la zapatilla y la media… No me dio culpa, las cartas pertenecían al reino de los muertos. Mi gata Doris y yo estábamos vivas…". La compradora le comenta que pagarían mejor por una carta más picante. Es el país del hágalo usted mismo y Lee no pierde tiempo: agrega posdatas a las cartas robadas, escribe otras imaginarias, consigue papel con membrete y máquinas de escribir de la misma marca y año de las originales, además de descubrir un método para calcar las firmas. Los expertos, como cornudos, se dejan engañar. "Si decimos que es verdadera, es verdadera", comenta uno. Circulan biografías de escritores y actores que citan las cartas apócrifas de Lee. De a poco las cartas falsas y las auténticas se mezclan en el tejido de la realidad.

Lee Israel, la autora que realizó su gran obra escribiendo como otros
Lee Israel, la autora que realizó su gran obra escribiendo como otros

Lee Israel afianza el entramado. Es la guionista, directora y productora del gran golpe. Fomenta la inconsistencia snob de los coleccionistas. Como ellos, sabe nadar en las aguas mezcladas de lo genuino y lo adulterado. Es una self-made-woman: confecciona las cartas, también sale a venderlas, tiene labia, construye el relato de cada pieza. Llega a inventarse un tío coleccionista para justificar la procedencia del material. Sobre la marcha, va improvisando una biografía para el tío fantasma y hace de intermediaria entre él y los compradores. Crecen a la par el negocio y la novela andante.
Cuando salió su libro, que provisoriamente podríamos llamar Espero que me disculpes, Lee Israel leyó en un programa de radio, a pedido del entrevistador, una carta de Noël Coward, escrita por ella. Así razona:

(Entrevistador): —Gracias por leernos la carta. Es muy buena.
(Lee Israel): —Para mí es la mejor de todas las cartas.
(Entrevistador): — ¿La mejor de todas las cartas de Noël Coward o de las suyas?
(Lee Israel, riendo): –Lo que pasa es que estas personas en sus cartas eran gente como cualquier otra. Cuando le escribía a sus amigos, Noël Coward no se sentía obligado a ser "Noël Coward". Pero en mis cartas yo incluyo alpinismo, barcos, champán, Marlene Dietrich. Como comprenderá, tenía que hacer que estos famosos se lucieran, que fueran "ellos".

Su breve y prolífica carrera epistolar se divide en tres etapas. En la primera, se inicia en la concepción, escritura, mecanografiado, firma y venta de cuatrocientas cartas. En la segunda, avisada de los avances del FBI, abandona la falsificación y vende cartas auténticas robadas de distintas bibliotecas del país, a las que ingresa alegando que hace una investigación sobre escritores que empinaban el codo, lo que le asegura un amplio campo de trabajo. Para que nadie sospeche, en las bibliotecas deja copias fieles, si vale la expresión, forjadas en su monoambiente. En la última etapa, la descubren y cumple con el arresto domiciliario de seis meses y la probation de cinco años. También le asignan un régimen de visitas a Alcohólicos Anónimos, y falta sistemáticamente.

(The New York Times)
(The New York Times)

El negocio era redondo. Pero el síntoma de los que mienten es la verdad. Picada por esa tentación misteriosa y típica de los seres humanos que Freud describe en su ensayo Los que fracasan al triunfar, Lee comete imprudencias y corre riesgos innecesarios. Cuando un admirador le pide un autógrafo en una fiesta, firma Margaret Mitchell, en vez de Lee Israel. En las cartas también juega con fuego. Menciona, siempre de parte de otros, los maltratos de Chaplin y de Bogart a las mujeres. Saca a la luz el lado oscuro con comentarios rápidos, colados con habilidad, sin tener en cuenta que en el pasado algunas barbaridades estaban naturalizadas. A los secretos a voces, los escribe. Desde el futuro, cruza algunas barreras. Si un actor o un escritor era homosexual, Lee lo deja hacer alguna alusión, para que en la carta escriba y viva más tranquilo. Pero uno de estos detalles la entrega.

Así llega el FBI y Lee se queda otra vez en la miseria y sin trabajo. Como en la primera crisis, busca la solución dentro del campo editorial y escribe sus memorias. "El gancho de las cartas era el contenido, el estilo, el sentido del humor", dice objetivamente, sin mandarse la parte. Las cartas habían sido una ocupación ideal, su género específico, su orgullo profesional, como si se hubiera entrenado toda la vida sin darse cuenta para escribirlas. Con las biografías por encargo se había acostumbrado a investigar vidas, a ponerse en el lugar del otro. "Decir que me canalizaba no es una exageración".

Dorothy Parker, Aldous Huxley, Eugene O’Neill y Tennessee Williams, algunos de los autores “homenajeados”
Dorothy Parker, Aldous Huxley, Eugene O’Neill y Tennessee Williams, algunos de los autores “homenajeados”

El club de los canalizados incluye a Fanny Brice, Aldous Huxley, Eugene O'Neill, Kurt Weill, los ya citados Coward y Parker, Louise Brooks, Lillian Hellman, Tennessee Williams, Edna Ferber, una compañía de intocables, como se ve, "algo mayores, enfermos, borrachos". Le resulta más fácil copiarles las firmas porque a ellos mismos les temblaba un poco el pulso al firmar. A veces, cuando los describe, parece que habla de ella misma. "Enojada olímpica", dice de una. A otra la califica de apasionada, a otra de gran detractora del mito de Hollywood. Más selectiva que misántropa, la escritora solitaria comenta: "Hasta por carta eran divertidos. Mi preferida era Dorothy Parker".

A diferencia de otros falsificadores, Lee inventaba las cartas. Su crimen "sexy, sin drogas ni violencia, con un tinte intelectual, literario", fue más complejo que la duplicación o el plagio. Nació de la necesidad y se convirtió en un oficio apasionado. Surgió como una apuesta y se transformó en una pequeña empresa. En las cartas concentró su imaginación, sus lecturas de años, su escritura disponible. No copiaba, escribía, aunque podría argumentarse que se inspiraba en la originalidad ajena.

A veces, como una buena deportista, citaba textualmente una oración de los imitados. Intervenía, así, sus cartas apócrifas con frases sueltas de los originales. Ahí quedaron esas frases como una especie de homenaje al nivel del otro, de cita oculta, de apología de lo escrito. En su estafa invirtió talento, dedicación y una atención personalizada. Cuando la pescaron, colaboró para que el FBI recuperara las cartas robadas. Pero las otras, las inventadas, "las graciosas, geniales, divertidas", eran suyas. Las comentaba con cariño y rigor de perfeccionista, arrepentida de algunas comas de más o ciertos errores de estilo.

Melissa McCarthy, nominada al Oscar por su interpretación de Lee Israel
Melissa McCarthy, nominada al Oscar por su interpretación de Lee Israel

Si se publicaran sus cartas completas, podríamos leer en continuado las versiones sucesivas de esta gran transformista literaria. Algunas de sus cartas se cruzan. A veces el que firma una, aparece nombrado en otras. Hay un breve intercambio entre Parker y Louise Brooks. Un catálogo completo nos dejaría apreciar el cuadro general, su geometría ramificada y compleja.

Cuando Lee Israel murió, el New York Times llamó a uno de los agentes del FBI que siguieron su caso. "Era brillante", dijo el detective. "Mi favorita es la carta en la que Hemingway se queja porque llamaron a Spencer Tracy para el casting de El viejo y el mar".

 

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