Frankenstein y el rechazo a lo diferente, en el nuevo libro de un juez de la Corte Suprema

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Este es un ensayo sobre el prejuicio est-ético. O sea, sobre el prejuicio ético que surge de la mirada estética, aquel que asimila lo bueno con lo bello y lo malo con lo feo.

El eje central es el monstruo de Frankenstein, la desdichada criatura nacida de la imaginación de Mary Shelley.

Concebida en la gélida y lluviosa madrugada del 16 de junio de 1816, entre las 2 y las 3 a.m., en un marco lujurioso y hedonista que mezcló la poesía con otros placeres, producto de una apuesta literaria sostenida por un grupo de renombrados intelectuales refugiados en un castillo a orillas del lago Lemán, en Ginebra, durante un verano que insólitamente fue invierno, Frankenstein o el moderno Prometeo fue terminada en 1817 y publicada en 1818, y llegó a ser, en su tiempo, una novela relativamente exitosa. Pero su enorme trascendencia, la que llega a nuestros días, se debió al cine, que convirtió al texto —deformándolo— en un suceso multitudinario primero y luego en un mito que es motivo de estudio (y reestudio) permanente.

La trama de la novela es conocida pero conviene recordarla: se trata de la narración, encapsulada por la intermediación de otros relatos, de las vicisitudes de un médico que, obsesionado por vencer a la muerte, decide construir (o reconstruir) un ser (¿humano?) a partir de partes cadavéricas de varios seres humanos. A medida que avanza en su construcción y desde el momento en que logra su objetivo, la trama —inicialmente concentrada en los avatares médicos del emprendimiento— se desplaza hacia el dilema moral que genera al creador su creación (a quien visualiza súbitamente como un monstruo) y, fundamentalmente, desde el instante en que el engendro cobra vida y huye del laboratorio en que fue concebido, hacia las desventuras de la creación liberada.

El monstruo es un ser diferente a los demás seres vivientes. No tiene identidad, no tiene una cultura heredada ni quienes se ocupen de proporcionársela. Lo que aprende lo aprende a partir de sus experiencias, que, en general, terminan siendo traumáticas. Pero además de ser diferente por su origen, la criatura es diferente por su apariencia. Y esta diferencia estética es motivo de rechazo por parte de su prójimo. Abandonado a su (mala) suerte, el monstruo se reencuentra con su creador para pedirle —en realidad exigirle— que construya una mujer artificial como él y para él, de modo de no sentirse solo. La traición del médico, que primero accede al deseo del monstruo y luego —en mitad de su creación— se arrepiente, enloquece a la criatura, que decide vengarse asesinando a todos los afectos de su creador para luego huir hacia el Polo Norte buscando diluirse en el olvido (y tal vez la muerte).

¿Es razonable analizar algo real y tangible como el prejuicio a partir de algo no real o no tangible como el monstruo de una novela? ¿O se trata de un ejercicio desquiciado, propio de un lunático? "Los actos locos, como los actos cuerdos, esto es, toda clase de actos de conducta, se caracterizan porque son actos de relación. Mediante un acto de conducta un sujeto se relaciona con un objeto (que puede ser inanimado, animado, incluso otro sujeto, hasta él mismo, todo es circunstancial). Los objetos con los cuales el sujeto —todo sujeto— se relaciona o están fuera de él o están dentro de él. A los primeros se les llama objetos externos, a los segundos —recuerdos, hechos, imágenes de objetos, conceptos, interpretaciones que hacemos de los demás o de las cosas que percibimos, etcétera— se les denomina objetos internos. Todo acto loco es, sola y exclusivamente, el error de tratar un objeto interno como externo. Todos los demás errares son errores cuerdos […] Hay actos casi-locos (o casi-cuerdos), porque entre el imaginar que una cosa es y creer que es hay situaciones intermedias; también tienen su lógica, la que deriva de la duda y de los grados de duda. En esos casos no solo se duda sobre si se imagina ser o se es realmente, sino —lo que es torturante— sobre si se está, en ese respecto cuando menos, loco o no se está"  [N. de la E: Carlos Castilla Del Pino, "Lógica de la locura"].

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Entonces, si lo que diferencia a la locura de la cordura consiste en tratar a los objetos internos como si fueran objetos externos, tal vez lo que sigue (considerar a un monstruo literario como un ser viviente) pueda ser entendido como un ejercicio insano.

El monstruo de Frankenstein es en parte verdad (como manifestación cultural) y en parte fantasía (tomado como ser concreto); es en parte hombre (tiene sentimientos humanos y comportamientos humanos) y en parte no-hombre en tanto no-individuo, en el sentido en que Séneca utilizó este concepto: se es "individuo" si se es "indiviso" (aquel que no se puede dividir sin dejar de ser lo que es).

El monstruo no tiene naturaleza, no es "sustancia" en el sentido aristotélico (no es en sí), ni siquiera tiene una filiación biológica unívoca y tampoco tiene una historia "personal" pues carece de acumulación temporal; solo tiene apariciones, "irrupciones" esporádicas en la vida social a través de diversas manifestaciones culturales. Su heterogeneidad, todo lo que "no es" y todo lo que "es a la vez", explica su magnetismo, su atracción y —al mismo momento— la inquietud e incomodidad que nos genera . ¿Por qué experimentamos estas reacciones si solo se trata de una novela con múltiples adaptaciones? Probablemente porque en algún punto —más cercano o más lejano conforme a la sensibilidad de cada uno— el monstruo logra borrar los límites entre lo real y lo irreal, lo posible y lo imposible, lo científico y lo mágico.

Volvamos a la pregunta: ¿es razonable analizar un dato omnipresente en la sociedad contemporánea como el prejuicio est-ético a partir de un monstruo literario? ¿Hasta qué punto las respuestas (o mejor, las reacciones) del monstruo de Frankenstein, sus contrapuntos, sus disidencias, no son sino exteriorizaciones de su costado no-humano? ¿Por qué no buscar la respuesta en algo más tangible como los sectores marginados (los dementes, carenciados, minusválidos, etc .) para denunciar las hipocresías de la sociedad en lugar de apelar al monstruo? ¿No tienen aquellos la realidad de la que este carece? ¿No revelan las contradicciones de la sociedad con "toda la violencia de un insulto", con todo el vértigo del escándalo? Sí, y acaso por esto también tengan límites (humanos) a toda posible denuncia . Sí, y seguramente por ello su versión de los hechos pueda ser atacada (desde la perspectiva del sistema en el que están insertos marginalmente) de subjetiva o —sin eufemismos— de interesada.

El monstruo de Frankenstein, en cambio, asegura al mismo tiempo marginalidad e insospechabilidad; por ello, su perspectiva de análisis es envidiable . Para emplear una percepción que luego utilizaremos con cierta asiduidad, diremos que la criatura se encuentra a la "distancia justa" y con el "desinterés justo" para juzgar. Desde el ángulo de la sociedad, el monstruo siempre "estará ahí"; se lo podrá exhibir o caricaturizar para cuando sea necesario denunciar o callar. En suma, se lo podrá manipular .

Pero él será siempre un espejo.

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